Toda guerra sucia es repugnante, pero lo es más aún lucrarse con ella. Y eso es lo que ha hecho históricamente el socialismo: guerra sucia y lucrativa en beneficio personal y partidista. La Historia del Socialismo es pródiga en ejemplos de este tipo, y los de mi generación lo vivieron hace unas décadas con el GAL, que sirvió para encubrir una doble contabilidad de Estado que enriqueció prodigiosamente al partido y a sus cajeros.

Las excrecencias que deja a su paso un régimen socialista están a la altura de su refinamiento intelectual y moral. Siempre sus hordas dejan tras de sí una sociedad donde a lo zafio -incluida la jefatura del Estado- se nombra campechano y en la cual a la coacción y al abuso cotidianos se les ríe la gracia bajo coartada democrática de amor al pueblo, al diálogo y a la libertad.

El socialismo se encarga metódicamente de conformar un Estado que empequeñece a sus ciudadanos a fin de que puedan ser más dóciles y manejables, sabedor de que con hombres y mujeres miserables se asfixia toda rebeldía y ninguna cosa grande puede ser realizada. La actuación socialista consiste en dividir al pueblo, creando entre la muchedumbre un caldo de cultivo idóneo para la germinación de delatores y comisarios políticos.

Se extienden bulos, verdades a medias y, sobre todo, se miente, negando la realidad, creando confusión por doquier, humo deliberado, tinieblas de encargo. Se procede tildando a alguien de algo y se queda a la espera de que el arcaísmo o servilismo patrio proceda al correspondiente y regocijado linchamiento, como estamos viendo en el presente con mascarillas y vacunas.

El felipismo, es decir, PRISA+PSOE, una rueda más del tenebroso engranaje socialista, fue un régimen de corrupción, estructurado para mantenerse en el poder precisamente gracias a esa corrupción generada y establecida. Cuando ellos crean tales estructuras es con la tentación de mantenerse al margen de la ley. Si siempre se han llevado bien con el dinero, desde el felipismo se forjó un totalitarismo trufado de capitalismo y totalitarismo de izquierdas, bendecido por la plutocracia y puesto en obra por la consabida índole vulgar, primaria y cazurra de los izquierdosos aspirantes a millonarios. Es un contubernio formado por los potentados de toda la vida más los nuevos ricos, adinerados a costa de la miseria del pueblo que dicen proteger.

Como político, Felipe González murió el mismo día que aceptó que subordinados suyos pagaran judicialmente por él. Moralmente había muerto hacía mucho. Pero comprendió que si el socialismo español quería sobrevivir tendría que adaptarse a las circunstancias históricas, como lo han hecho siempre la Iglesia y la plutocracia.

Repasando unas palabras suyas ya lejanas, de octubre del 89, recogidas por El Independiente, podremos entender la actual connivencia entre capital y marxismo: «Los cambios en el Este legitiman el proceder seguido por el socialismo democrático. Si la sociedad que llamamos capitalista no ha sido liquidada, es porque su propia flexibilidad ha ido permitiendo reformas profundas, mientras que la sociedad dogmática que se denominaba socialismo real ha sido incapaz de adaptarse y los dinosaurios terminan por extinguirse».

Para evitar dicha extinción, al felipismo -y después de él a sus herederos socialcomunistas y a sus cómplices- le correspondió el triste papel de gestor y mamporrero de la clase adinerada. Por eso, ahora, el frentepopulismo tiene la gran mayoría del capital a su servicio, porque bajo la administración de las izquierdas, paradójicamente, la gente guapa de las finanzas ha sido la más beneficiada.

Servilismo y pragmatismo llaman a eso. Unos y otros, marxistas y capitalistas, sólo se mueven alrededor de la condición material del ser humano. Nada entienden de su espíritu, ni lo desean entender. Si alguien duda, que contemple los medios informativos, su imperio mediático.

Y en este conglomerado de intereses el patético PP, ya desde antes de Aznar, es su complemento necesario. Formado por una derecha acomplejada ante la propaganda de la izquierda, ha estado integrado por los típicos tontos-listos dedicados a proveer de «distracción y sosiego» social ante la criminalidad del socialismo, a cambio de las migajas del banquete, y siempre con la amenaza de ser ellos los únicos que pagan con cárcel los «errores contables» del Sistema.

La metódica difamación a sus opositores fue la técnica primordial del felipismo, como lo ha sido siempre en la secta política socialista. Sobre ella se erigió el blindaje de un poder impune, pues el chantaje y la brutalidad inspiran respeto a los cobardes, que son inmensa mayoría. Todo está permitido a aquél que dice encarnar la representación y el destino del pueblo. Destruir a cualquier sujeto incómodo, sin límite moral alguno, pasa a ser un axioma. Nadie es nada frente a un Estado dotado de información privada comprometida y violencia. El socialismo se ha hartado de esgrimir su poder contra toda disidencia, especialmente contra aquellos magistrados que intentaron someterlos a la ley común como al resto de los mortales.

Lo peligroso del socialismo es que crea una estructura clientelar dentro del Estado. Sectarios o subsidiados que viven sin dar un palo al agua y que defenderán con uñas y dientes, llegando incluso a la delación y al crimen, a quienes traten de dar la vuelta a la tortilla y negarles sus prebendas. El socialismo, más el añadido separatista y autonómico, gracias a sus terminales ideológicas de vividores, delincuentes y vagos, tiene fidelizados muchos millones de votos. Y si a ello sumamos el poder formidable de un imperio mediático propagador de sus trampas, mentiras y consignas, nos encontramos con una situación harto complicada para todo espíritu libre.

De ahí la jactancia de quienes forman el Sistema, sean amos o esbirros. De ahí el monumento de autosatisfacción que nos muestran cada vez que salen a la palestra para pasarnos por la cara su impunidad, ese tinglado cuasi monolítico que, frente a las gentes de bien, han alzado los plutócratas y sus secuaces, sustentados por su banda jurídico-político-militar, diariamente engrasada.

¿Qué puede hacerse en esta situación, aparte de las inesperadas improvisaciones de la Providencia? Sólo alentar el surgimiento de jueces y de militares que, contra todo pronóstico, defiendan en solitario la dignidad de la justicia, de la persona y de la patria. Es decir, insistir en la creación de un caldo de cultivo que produzca el milagro: la mayoría absoluta de VOX.