Jamás olvidaré  que,  hace unos veinte años, --cuando aún celebrábamos actos de reconocimiento y gratitud  en honor de nuestros héroes y mártires,  por deberles el poder vivir, en España como nadie en el mundo y per eso nos envidiaban--, en una de mis visitas a Lérida, donde había un núcleo admirable de patriotas, me contaba un excelente amigo,  --patriota, activista, católico ferviente y falangista--, algo sorprendente:

En una noche de “adoración nocturna”, asistió a la misma un  seminarista de Barcelona.; pues bien, en  uno de esos momentos de descanso, a lo largo de la misma, uno de los presentes usó la palabra “transubstanciación y, ante la sorpresa de los presentes, el seminarista preguntó de qué se trataba--; “¡no tenía idea!”…, y, era mayorcito.-  Comprenderán por qué no he olvidado el episodio.

¿Cómo es  posible que, en  un Seminario, de la importancia del de Barcelona,  un aspirante al sacerdocio --y en una fase adelantada de sus estudios--,  pudiese ignorar el significado de esa palabra? Eso explica, evidentemente, muchas cosas de las que suceden, ahora, en el clero catalán. Con razón,  los seminaristas inteligentes,  huían  siempre que podían, camino de Toledo, de Valencia o de Cuenca…

¿Qué por qué se me ha ocurrido tocar hoy el tema de “transustanciación”? Como siempre, lo ha provocado un detalle de la vida cotidiana…. El sábado pasado, oyendo la misa por televisión, --las circunstancias mandan—la celebró en 13 TV, un sacerdote de los que “irradian la Fe que predican” porque la viven. En la Basílica de la Concepción –que,  como he dicho muchas veces,  era la “parroquia de Fuerza Nueva” pues la teníamos en frente y nos bastaba cruzar la calle para hacer una visita al “Jefe” Supremo— pasan bastantes sacerdotes a lo largo de las semanas, pero se repiten periódicamente, y ya los conocemos bien.  Evidentemente, todos dicen la misa conforme a las nuevas normas, muy dignamente, pero algunos “trasmiten”  una fe más convincente. (No juzgo,  es un simple comentario personal -- e “intransferible”-- sobre mis sensaciones)

Todo cuanto presenciamos, nos provoca reacciones; es algo  connatural en el ser racional  y libre. Quienes pertenecemos a esa  “especie rara”, que considera la misa diaria,  “tan necesaria como lo el comer y el dormir”,  diariamente,  para no morir -- ¡o mal vivir!, espiritualmente--, hemos asistido,  en consecuencia,  a decenas de miles veces a las, hoy llamadas “eucaristías” y,  sin proponérnoslo, nos formamos una opinión.

En mi caso he llegado a una conclusión: los sacerdotes que más devoción inspiran, que predican con mayor “hondura de conceptos y más ajustados a las enseñanzas evangélicas, los que menos se pierden “en florituras”,  son aquellos que “consagran en una forma  que  te convencen con su forma de celebrar,  de que,  --para ellos--, el momento de la consagración, o lo que es lo misma cuando como ministros de Dios  “transustancian” las especies sacramentales,, el “pan u el vino” en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo Jesús, es algo único. Lo dice el tono de su voz -- distinto de cuando rezan las oraciones o leen los textos sagrados--… Penetrados de la grandeza del momento, lo sienten y lo trasmiten. Saben que no hay poder más grande sobre la tierra, en manos de los  hombres  que el poder realizar ese “milagro misterioso”, pues es un “poder propio de Dios”  y  lo tienen “ellos”  y solo quienes, como ellos,  han recibido el sacramento del Orden Sacerdotal. Y abrumados por el peso que significa que Dios mismo les obedezca, se  les nota y nos convencen.

Hablar sobre este “misterio” –porque como todo misterio, el hombre no logra entender cómo es posible—ha movido a muchos sabios teólogos a escribir excelentes tratados, y a los que somos soldados de a pie, nos debería preocupar el dar gracias a la Santísima Trinidad por ese don,  cuyo valor no lograremos nunca medir,  por más que lo tratemos y nos esforcemos. De ahí, la importancia de ser agradecidos y sentir un dolor profundo al ver a los católicos de hoy -- en general--, vivir ajenos tanto a su conocimiento, como a la gratitud debida.  ¡Por eso se muere la Fe!…¿Qué nos queda de aquella España que yo viví, cuando la gente se arrodillaba en el suelo de la calle, cuando  pasaba el sacerdote llevando el Viaticó a los enfermos –¡que hoy mueren “sin sacramentos”! como un animal cualquiera?…-- ¿Qué queda de aquellos “Corpus Christi”, (del que Toledo es el último ejemplo) y, sobre todo,  de aquellos “Jueves Santos” con las visitas a los “Monumentos” de las iglesias de la ciudad, --y en el campo a los de los “pueblos vecinos”--?

Todo empieza cuando,  a los seminaristas,  no les enseñan bien, ni salen empapados de esta verdad: “No es posible un milagro mayor en la Tierra, que ‘el que podrán realizar ellos’ -- cuando sean consagrados por el Orden Sacerdotal-- y en el momento de la Consagración “transformen,  el  pan el vino”, en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, unidos a su Alma y Divinidad.

¡Qué tristes los resultados si los sacerdotes no saben trasmitir a los fieles esta realidad por celebrar la misa como si fuera un concurso de lectura o una obra de teatro!

Pensaba glosar una consecuencia que nos tiene a los católicos catalanes conmocionados,  pero creo que sería tirar un borrón de tinta negra sobre el escrito.