Compañero de prisión de Luis Candela, un bandolero un tanto atípico ya que su gran especialidad, y precisamente la que le llevó a su ejecución era más el secuestro que el asalto de diligencias y viajeros. Viene a esta sería de artículos por sus movimientos por la sierra entre Guadarrama, La Pedriza y Somosierra, como lugares de refugio.

 

Como ya se ha dicho, estuvo junto a Luis Candelas en la cárcel del Saladero de Madrid, de la que escapó, formando parte de la partida de éste. Incluso fue proclamado jefe de la misma cuando el famoso bandido madrileño fue ejecutado en 1837. No obstante, y aunque llevó a cabo algunas acciones en Madrid, su refugio estaba en la Pedriza y en Guadarrama, y Somosierra. Trabajando bajo las órdenes de Luis Candelas no tuvo prácticamente ningún problema, pero al morir éste quiso abarcar más de lo que podía, y eso supuso su final.

 

Se reunía con su banda y Luis Candelas en tabernas próximas a la Plaza Mayor y al barrio del Avapiés (Lavapiés), tales como del Cuclillo, del Traganiños, del Tío Macaco…

 

En 1839 realizó el golpe más sonado, y el que le iba a llevar al patíbulo. Se trató del secuestro de los dos hijos del Marqués de Gaviria, realizado mediante una hábil estratagema en la puerta de su colegio, en la calle Hortaleza, donde se hizo pasar por cochero de los marqueses. Este golpe lo dio junto con Mariano Balseiro, acción que es relatada de una forma extensa y directa por el inglés George Borrow.

 

Con su banda y los secuestrados se refugió en La Pedriza, haciendo que un pastor de la localidad de Manzanares llevase el mensaje hasta los asustados padres pidiendo de rescate la cifra de tres mil onzas de oro.

 

Querido Papá: si quiere usted volver a ver a sus hijos, que se hallan en medio de doce hombres, y que no perezcan, envíe usted inmediatamente con el dador a una persona de confianza con 3.000 onzas de oro y no pereceremos. Que esto, por Dios, no lo siente la tierra”.

 

 

Pero antes de recibir el pago, y posiblemente gracias a la propia intervención del pastor, y la del encargado de la fábrica de papel de Manzanares, que conocía la zona, la partida del bandolero fue cercada en su refugio, el Canto del Tolmo, por soldados del Regimiento de la Reina

Gobernadora, enviados para capturarle. Gracias a su conocimiento de la zona, pudo escapar, pero su cabeza estaba ya más expuesta. De hecho un año más tarde, y cuando transitaba tranquilamente por las calles de Madrid que anteriormente a este secuestro recorría sin ningún problema, fue reconocido, denunciado, detenido, encarcelado, juzgado y condenado a muerte. La sentencia se llevó a cabo en el patíbulo sito en el paseo de Pontones, cerca de la Puerta de Toledo, el 20 de julio de 1839.