Cuando allá por junio de 1979 me despacharon Inspector del entonces Cuerpo Superior de Policía, conocía ya cual iba a ser mi primer destino: Bilbao. Un destino que acepté, convencido que era el lugar en el que tenía que estar en aquellos momentos tan complicados que pasaron a la historia como “los años de plomo”.

Allí estuve hasta 1984, prestando servicio primero, en la Brigada de Policía Judicial, y más tarde, en la Inspección de Guardia de la Comisaría del Distrito de Santiago, en pleno casco viejo de la capital vizcaína, una zona en la que, generalmente, se concentraba el mayor número de independentistas y simpatizantes con los miserables asesinos de la banda terrorista ETA.

Renuncio a contar las muchas vicisitudes que tuvimos que sufrir los que estábamos destinados en aquella dependencia policial que van, desde el asesinato de uno de los Comisarios que la mandó -el Comisario Moya-, hasta tener que soportar más de un ataque a la Comisaría, en una de las ocasiones estando yo al frente del servicio. Eso, sin contar, lo desagradable que era para nosotros tener que aguantar, diariamente, a un tal Mikeldi, un personaje muy próximo al movimiento pro etarra que poseía un bar enfrente de nuestra Comisaría.

Sin embargo, he de decir que los años que estuve en Bilbao para mi resultaron, gracias a Dios, muy gratos e incluso me granjeé la amistad de muy buenos vascos con los que compartí charla y mesa y mantel en varias ocasiones.

De todas formas, fueron años muy complicados en los que, desgraciadamente, cayeron muchos de mis compañeros, tanto del Cuerpo Superior de Policía, como de la Policía Nacional, la Guardia Civil o las Fuerzas Armadas, que entregaron sus vidas, cayendo víctimas de la bala cobarde y asesina o de la bomba traicionera por haber cometido el “gran pecado” de jurar defender a España y a la sociedad española de la vil zarpa del terrorismo criminal.

Por tanto, que sepa el tal Urkullu ese, que no merece que le llame señor, pues dudo mucho que lo sea, que no todas las víctimas son iguales, ni tampoco nunca lo fueron. Nosotros, los buenos, éramos fieles cumplidores de nuestro sagrado deber, y ellos, los malvados, solo una banda de asesinos a sueldo.

Unos, estábamos allí para defender la Ley, el orden constitucional y la legalidad vigente, dedicando nuestros esfuerzos a garantizar el libre ejercicio de los derechos de los ciudadanos y la seguridad de sus personas y bienes. Fuimos allí, en la flor de nuestra vida, con nuestras ilusiones de futuro, con nuestra esperanza puesta en el porvenir, dejando atrás a mujeres, novias, padres y madres que nos aguardaban, con el alma en un vilo, en nuestras tierras de origen. Para nosotros, no había fines de semana, ni festivos y trabajábamos igual el día de Nochebuena que cualquier otro día del año y siempre dispuestos a acudir en auxilio de cualquier ciudadano, sin importarnos su ideología, su raza, su sexo, a sabiendas que, incluso, podía tratarse de una trampa y a la vuelta de la esquina encontrarnos con una bala en la nuca ya que, de frente, aquellos “valientes” etarras no se atrevían a atacarnos.

Por supuesto que no éramos iguales en nada. Nosotros, éramos gente de bien que solo cumplíamos con nuestro sagrado deber de defender a España cada día, en cualquier parte de su territorio nacional. Ellos, unos vulgares terroristas de la peor calaña.

Nosotros nada teníamos que ver con aquella siniestra gentuza, malditos etarras, que ocultos tras una capucha, escondidos en una esquina o colocando una bomba asesina sin saber muy bien cual iba a ser el resultado final de la acción, se ponían de rodillas y levantaban las manos gritando aquello de “somos de la ETA” para evitar caer en una refriega cuando ya sabían que tenían todas las perder.

Nosotros, jamás fuimos unos cobardes que nos cagamos vivos -es literal-, como en el caso del canalla de Jesús Zabarte Arregui, el “carnicero de Mondragón”, que se vino piernas abajo cuando iba a ser detenido por la Guardia Civil.

Nosotros, éramos gente de honor, esto que te quede bien claro Urkullu, no una pandilla de asesinos a sueldo que encontraron en el terrorismo y en sus atentados un modus vivendi. Por tanto, no tenemos nada que ver unos con los otros. Afortunadamente, los nuestros, los que cayeron vilmente asesinados, son unos héroes que entregaron su vida por España, en tanto que los otros, pese a que los que ahora dirigen los designios tanto de España como de su región vasca pretendan lavarles la cara por sus indignos intereses políticos, son la canalla etarra, esa que tú y los tuyos protegéis, como hicisteis siempre, un montón de miserables, cobardes y canallas asesinos.

Todavía recuerdo a mi compañero de mesa en la Escuela General de Policía, Javier Moreno Castro, un muchachote coruñés que había servido en la gloriosa Infantería de Marina, a la que me honro también en pertenecer. Javier, era una excelente persona, un joven alegre, buen compañero, con muchas ilusiones y con toda su vida por delante. Cuantas veces hablamos de fe y esperanza en el futuro, en aquellas largas jornadas de aprendizaje en el viejo caserón de Miguel Angel 5.

A él, aquel 30 de junio de 1979, la suerte le deparó otro destino: Eibar. Allá se fue con su maleta llena de ilusión a trabajar para defender los derechos y libertades de los habitantes de aquella población guipuzcoana. Su aspiración, poder hacer carrera en la Policía Española y llegar al retiro con la satisfacción del deber cumplido, como gracias a Dios, hemos llegado muchos de aquellos que juramos el cargo el mismo día que él en el Colegio de Huérfanos de Carabanchel.

Al bueno de Javier, la vida, el amor, lo llevó a conocer a una chica, una linda vasquita, que vivía en Eibar y un día, el 11 de diciembre de 1980, cuando se encontraba en compañía de ella en el bar “Bikini”, un canalla asesino, Fidel González García, un “maqueto” con ocho apellidos vascos, decidió que Javier ya había vivido bastante, así que, en un gesto de “valentía”, al no atreverse a cometer solo “su hazaña” por temor a que Javier pudiera defenderse, corrió a buscar a dos de sus compinches, Ángel María Recalde Goicoechea y Fermín Ancizar Tellechea, y una vez juntos, regresaron al bar y, por la espalda como suelen hacer los “valientes” etarras, le descerrajaron dos tiros en la nuca. Allí, en el suelo de aquel bar se quedaron todas las esperanzas de futuro de Javier Moreno, que contaba con veintisiete años de edad y llevaba destinado en Eibar un año y medio.

Nosotros, Urkullo, no somos como ellos, ni siquiera somos como tú a Dios gracias. Somos gente de honor, españoles que amamos nuestra patria, defendemos la legalidad vigente, protegemos a nuestros conciudadanos y estamos dispuestos a derramar por España hasta la última gota de nuestra sangre como juramos el día que besamos la Enseña Nacional.

Javier, lo había hecho en una de las gloriosas enseñas de nuestra querida Infantería de Marina y aquello lo convirtió en ¡valiente por tierra y por mar! Descansa en paz, amigo, compañero, hermano, camarada.

Y tú, Urkullo, tipo indigno donde los haya, no se te ocurra comparar jamás a nuestros gloriosos caídos con los miserables etarras. Los nuestros son y serán para la eternidad, unos héroes. Ellos, los etarras a los que tú pretendes lavar la cara, una miserable canalla terrorista que más hubiera valido que no nacieran nunca. Gracias a Dios, los nuestros, no tienen nada que ver con ellos.