A ningún tonto le amarga un dulce; y le seduce tanto el poder que puede hasta matar por no perderlo. Pero si se pierde el poder de la vista... como ese hombre del Protocolo de Sabios de Sión. (¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?) Porque dará gusto, desde la luna, o un balcón estelar, o plataforma al efecto, ver caerse despendolado el planeta tierra. Y no poder darse ni esa satisfacción por despedida...

Contemplar cómo baja a todo gas la esfera entre los demás astros, a punto de rozarlos, incluso haciendo chispas del restregón contra alguno, hasta darse el gran trompazo contra el fondo en gran explosión. Será más que emocionante, aunque sea la última emoción del espectáculo de vivir. Y eso si no impacta antes de plano contra un asteroide, que se cruce en su órbita, y tras el consiguiente estruendo estratosférico final ya no vemos cómo va a parar echo polvo; polvo de estrellas, al suelo del universo.

Lo mismo que el globo terráqueo (tierra y agua) pero de cristal encima del armario que el cabrón del niño, hasta que no lo tiró e hizo trizas contra el suelo, no paró. Y sonó como la bomba de Hiroshima. El niño malcriado no quiso saber lo que cuestan las cosas; le importaron un comino. Sólo quería desarrollar su maldad. Al sorprenderlo y verme, me esbozó de soslayo una sonrisa con gesto impreciso, y se encogió de hombros, simulando haber escuchado él también algo raro:

-Ya me la liaste, so cabrón...

Desde que se lo enseñé con tanta reverencia a sus padres al entrar, no perdió ripio. Así despedí al objeto maravilloso de gran valor sentimental de mi infancia. La esfera que representaba la eternidad del orbe bajo la sabiduría de Dios, y que fue regalo de mi primer maestro en la escuela rural. Con él los niños concebíamos la primera idea del mundo y su geografía, natural y humana. Ahora, ya estrellado y hecho polvo, solo concibo el desastre humano y caos del cosmos, con sus cenizas y miseria.

Al niño genocida todo eso no le decía nada. Pero sabía que así haría daño. De pequeño era un cabrón y luego creció y cuando se hizo grande, era más cabrón todavía, pero el retaco seguía igual de pequeño. Se conoce que los malos no crecen de pura maldad. Sólo progresan en picardías y venganzas. A lo mejor si a los pequeños, les hubieran dicho que eran altos, no serían pequeños nunca. Ni así de malos con el prójimo. ¡Quién sabe!

La niebla cubre de noche el valle de lágrimas del monte Sinaí, y del valle de Josafat, con suspiros de dolor, alguna esperanza, y flores del loto de varios colores. La niebla es como la soledad, o el frío de la muerte y hasta la muerte misma con sus tinieblas frías: acaba en la resignación, o remedio para la desgracia del pobre. Termina al norte, en las cabeceras de los ríos. Adonde más resistió una mesnada al servicio fiel del ricohombre rey del Arbolio. Los ricos también lloran, pero esconden sus desgracias y miserias, por su natural apariencia, hasta que no pueden más, y se desengañan, que son como los demás, muy poquita cosa.

No pongas valentía donde sólo está la maldad. Y menos, santidad. Lo contrario del héroe y del santo, no es el cobarde o el pecador, sino el hombre que va silencioso en zapatillas de andar por casa (un poco rotas, eso sí), sin pisar a nadie y respetando a todos. A veces va a la que salta, comido de impuestos del gobierno ladrón, tratando de sobrevivir con los recursos que le da la naturaleza y su buena administración, no engañando al prójimo, ni haciendo la puñeta a nadie. Y así muere, sin escándalos o estridencias, o gritos molestos al vecindario, como ha vivido. Y sin dejar deudas pendientes (como Sócrates) que alguno ha de pagar, injustamente.

Las tinieblas del pecado y los dolores del moribundo son para todos igual.

-¿Como los dolores del parto?

-Incluso más retorcidos. Pues si Dios castiga por lo que se peca y por lo que aún queda por pecar, ¿cómo va a pasar por alto a cualquier pecador temerario que se precie? Los demás pecadores, comidos de envidia, no resistirían la injusticia del agravio comparativo.

Dios quiso liquidar a la mujer por egoísta; pero vio que así acababa con el mundo. La mujer rompió a llorar con escándalo ensordecedor, quebrando el silencio hermoso del paraíso adornado con el canto de los pajaritos. Dios miró para el hombre, y le dijo: te la pongo por penitencia. Y la mujer calló en seco, como relajada. Dios aún volvió para la mujer y le dijo: parirás y darás a luz tu descendencia. La mujer quedó indiferente, como quien ve llover. Dios lo sabe todo y no se olvida de nada, del pecado original, ni de otros pecadillos veniales. Ni de los gordos, los mortales, plagiados a delincuentes de cuello duro. Y así estamos pagando las deudas toda la eternidad, desde lo de nuestros primeros padres, hasta que se acabe el mundo. Por hacer sus pillerías en el paraíso, llevar la contraria y humillar al Señor, la que liaron. Así el mundo no ha cambiado: lo que unos se divierten, otros lo sufren, igual que lo que unos derrochan, otros tienen que pagarlo. O lo que roban con el despilfarro político. Son habas contadas.

La mujer partía el bacalao, trataba con el demonio y administraba. Por eso Dios se dirigió a ella primero. Cuando le dijo: parirás, no fue como condena ni como premio, por eso no volvió a llorar como una Magdalena, armando otra escandalera, si no que se comportó. Luego vino la gran vergüenza al verse completamente desnudos y la mujer le echó la culpa al hombre. Éste le reprochó: no tenía que haberte hecho caso. Pero se dio cuenta de que era una hembra de rompe y rasga, algo así como Manolita Chen, con muchas tablas en el teatro Gayarre, y desde entonces, ciego de amor, le empezó a hacer muchachos como un desaforado. Vio el drástico cambio mientras la mujer dejaba de estar en pelotas y se cubría con las hojas de las parras jurando en hebreo. El dejó radical de cantar sus propias composiciones aunque la voz cantante la llevara ella. Paciencia para conseguir la ciencia. Podía haber empezado a discutir pero como era muy Adán se dijo, para qué voy a molestarme. Prosiguió con su obsesión sexual, ahora como venganza: fuera parras y estorbos, te vas a enterar de lo que vale un peine. La vergüenza no la perdió porque nunca la tuvo; luego se dio cuenta que ella aun tenía menos. La convivencia que hasta entonces había sido una balsa de aceite, empezó a resquebrajarse con los problemas. En uno de sus disgustos gordos, pensó: a esta egoísta mujer no la aguanta ni Dios; es demasiada penitencia; en cuanto pueda me divorcio.

Uno de los tres relojes empezó a contar el paso del tiempo. El Apocalipsis quedó garantizado, porque todas las fechorías, tarde o temprano, se saldan. No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Somos principio y fin de todo cataclismo. Sueño frío y sombra estival, la nieve que cubre los valles invernales de alta montaña y sus medios hostiles, con su hielo negro y soledad sonora, y la claridad del día azul bañado de sol. Y si Dios nos premia con la bondad de su sonrisa, o está serio, sus razones tendrá. Si se ríe, también. Estar siempre riéndose no es bueno. Mucha gente se muere de risa, por llevar la contraria. Se desconoce el síndrome de la risa, pero así murió el filósofo estoico, Crisipo de Solos, dos siglos antes de Cristo. Debió ser por impresionar a sus amigos, al emborrachar al burro. En dos siglos antes, y veintiuno más, después, murieron de risa millones de almas, pero nadie las contó.