No vengo a decir cuáles son las verdades ocultas entre tantas mentiras, sino cuáles son las mentiras que impiden el paso a tan pocas verdades. D. Carlos Pereyra (abogado, diplomático, escritor e historiador mexicano, miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, miembro de la Academia Mexicana de Historia).

 

Este veinte de noviembre, volverán a celebrar fastuosamente, todo lo fastuosamente que se pueda, la Revolución Mejicana; conferencias, artículos, desfiles, exposiciones… todo será poco para exaltar el magno acontecimiento y entretener a las masas.

Pero, bien entrado ya el siglo XXI, quizá sea conveniente plantearnos la oportunidad de la celebración de un acontecimiento que dejó un millón de muertos, una economía severamente deprimida y un desorden endémico.

Las justificaciones del estallido de aquella revolución son conocidas de todos, en la escuela lo explican muy claramente, y se pueden resumir en uno: la búsqueda de la justicia social.

El primer y más sobado es el de la tierra (la tierra es de quien la trabaja, decían), el reparto equitativo para los más desfavorecidos de las tierras de labranza; pero, al final de aquella revolución, más de la mitad de los indios (los pobres), se quedaron sin tierra.

El gran pretexto para ese movimiento de despojo de unos y donación a otros, se basaba en un sofisma que desmiente, entre otros, de manera diáfana y magistral, D. Carlos Pereyra en su libro, de sugerente título, que publicó en España, donde residía, Méjico falsificado, en el que nos vamos a apoyar hoy especialmente, y que aquí expone por boca de D. Emilio Rabasa:

La afirmación de que la propiedad en Méjico está acaparada en pocas manos, se aceptó desde hace algunos años, a fuerza de repetirla, y sobre todo, porque la hizo suya un jefe de Estado (Wilson) en quien no se sospecha ligereza; pero nunca se fundó en pruebas, ni se apoyó siquiera en números, más o menos inventados. Los que sobre el punto escribían, miraban al propósito de su trabajo y no a la investigación; los lectores creen fácilmente lo que leen y propagan inconscientemente. La situación de la propiedad fue exagerándose de día en día, hasta haber mejicano que declarara en prensa de país extranjero que en la República no había más que doscientos cincuenta terratenientes, que se habían repartido el territorio nacional. Todo esto iba encaminado a demostrar que la dictadura del general Díaz había sido protectora de una aristocracia burocrática, de los “hidalgos”, y que deliberadamente quiso destruir a la clase media, que le inspiraba temores”.

Sí, quitar a D. Porfirio, que se eternizaba en el poder, un poder, que por cierto, con todos sus errores, ofreció el periodo de mayor progreso y estabilidad de la historia de Méjico desde la secesión. La Revolución quitó la dictadura personalista de D. Porfirio Díaz, y entronizó la tiranía de un sistema neomarxista con vocación de perpetuidad. La Revolución Rusa llevó al pueblo ruso el nuevo zarismo tiránico de la utopía marxista, y la Revolución Mejicana trajo al pueblo mejicano, la nueva tiranía neomarxista que supo oficializar Calles, el famoso comisario de Agua Prieta, el que se autonombró jefe máximo de la Revolución.

Y es que todas las revoluciones tienen algo en común, desde la más sacralizada, la Revolución Francesa, pasando por las distintas revoluciones comunistas, hasta esta especie de revolución modernista actual, que trastoca el orden social conocido y la razón más sencilla y cabal, apoyada en la propaganda de las falacias intelectivas más ridículas, corrompiendo pueblos enteros. O la que se inició en 1936, pero pudo ser frenada por la España auténtica que se negó a ser aniquilada, y volvió a mostrar al mundo su grandeza con la nueva gesta de su raza.

La línea de la falacia histórica seguida por la Revolución Mejicana era la siguiente, en palabras de Pereyra: Un libro mejicano, publicado en inglés, para fines de propaganda política hizo el falso resumen de la historia agraria de Méjico, inventando la fábula de la propiedad indígena precortesiana usurpada por los españoles, restaurada por Juárez, para la formación de una democracia, contra la cual se armó la intervención francesa. Después de Juárez y Lerdo, Díaz, según esa patraña, acabó con la pequeña propiedad y con la democracia, entregando la tierra a sus favoritos.

Decía aquella revolución, luchar por la libertad del pueblo y la justicia social, y dejó un país desolado, en situación muy precaria, con una nueva tiranía rubricada con el desorden, el abuso y la pobreza de la gran mayoría de la población. De su herencia tenemos hoy, a un siglo de ella, un país con un índice de pobreza escandaloso, que supera a la mitad de la población, y que tiene a gran parte del resto en situación inestable. En los últimos dos años, la pobreza en el país volvió a aumentar en dos millones de personas, para estos manipulados y despreciados hijos de la Revolución; un millón por año, no está mal.

Y no hablaremos por no extendernos mucho, del bilimbique, aquel papel moneda emitido sin control ni fundamento, que arruinó a los menos favorecidos, como al jornalero, el pequeño comercio, las viudas que tenían algunos ahorros, al labrador. Es decir, un desastre económico que se sumaba, en consonancia, al caos social, y que hoy parece olvidado por todo el mundo.

En la locura del frenesí revolucionario, unos se mataban a otros, aunque todos se tildaban y enorgullecían de ser revolucionarios; leamos estas fuertes palabras de D. Carlos Pereyra:

Villa, el asesino, y Zapata, el Atila del Sur, no dejaron las huellas de sangre, rapacidad y desorden  que señalaron con su paso  los ejércitos de Carranza. Los pueblos respiraban cada vez que se alejaban los soldados del siniestro Primer Jefe. El verbo carrancear, creado entonces, no expresaba solamente el ataque a la propiedad, sino la insolencia del despojo acompañado de crueldad contra las víctimas. Carranza y Obregón eran dos egolatrías que daban resoplidos de satisfacción. Ultrajaban para vengarse del desconocimiento de sus méritos opacados. El uno, solemne como un romano de Plutarco, y el otro, dado al regocijo de la bufonada en que se complacía su chispeante agudeza nutrida de chascarrillos, los dos héroes pasearon por el país las demasías de las victorias que el segundo jefe obtenía para el primero, o de las retiradas que no podía evitar.

Dice D. Carlos Pereyra: Gruening habla de la aplicación de la ley en aquel estado caótico, desde el punto de vista que señala sus simpatías y afinidades:

«Nunca durante el transcurso de medio siglo, el país se había hundido tan profundamente en la anarquía; nunca la autoridad fue tan difusa y nunca se diseminaron más las fuerzas disolventes. No había gobierno nacional, no había centro que sirviese de capital y no había otra ley que la de la fuerza: la de los militares de cada localidad, la de los hacendados con sus “guardias blancas”, la de los ladrones, revolucionarios o bandidos, que se mezclaban y confundían unas con otras sin que fuese posible distinguirlas».

Una ostentosa moralina de patrioterismo sazonaba todo el ambiente, y el petróleo fue materia de añagaza de patriotismo. Carranza proclamaba su patriotismo luchando contra el imperialismo yanqui, dispuesto a expulsar a todas sus compañías petroleras y defender el petróleo nacional (¡ya desde entonces!).

Nos dice al respecto D. Carlos Pereyra: Muchos de los que han escrito, bien pagados para mentir, y no pocos de los que han hablado sin saber lo que dicen, presentan las innovaciones de la legislación petrolera como un acto de lucha contra el poderío colosal de los Estados Unidos. No hay nada más falso. Carranza empezó sus campañas apoyado por el gobierno de Washington, y apoyado por ese mismo gobierno pudo establecer su dominación. Las grandes empresas petroleras norteamericanas que tenían negocios en Méjico, secundaron esta inclinación protectoral de Wilson, para ser gratas a su gobierno… El petróleo imperialista empezó por ser un buen amigo de Carranza. Después lo sería de Obregón y de Calles.

No explicaremos más aquí sobre las acciones contra las empresas petroleras norteamericanas por parte del gobierno mejicano, circunstancia dirigida por Wilson, como parte de su peculiar política desarrollada en Méjico, manifestación de su exacerbado talante demócrata liberal.

Todos los regímenes políticos, para imponerse en una sociedad, necesitan crear sus propios ídolos que justifiquen su imposición. La Revolución es el principal tótem del nuevo sistema de ella surgido. Defendida y falseada hasta la saciedad. Embaucador favorito del inconsciente colectivo.

Y lo más dramático es que, como bien dijo Calles, la Revolución no ha terminado, ni entonces ni ahora, y los nefastos humos de aquella siguen envenenando el presente. Lo diremos con las palabras del Jefe Máximo de la Revolución, el Nerón mejicano, en la Segunda Convención Nacional del PNR, el llamado Grito de Guadalajara:

La Revolución no ha terminado… es necesario que entremos al nuevo período de la Revolución, que yo llamaría psicológico: debemos entrar y apoderarnos de las conciencias de la niñez, de las conciencias de la juventud, porque son y deben pertenecer a la Revolución. Es absolutamente necesario sacar al enemigo de esa trinchera donde está la clerecía, donde están los conservadores; me refiero a la educación, me refiero a la escuela.

Y en ello andan, que, al fin, ningún gobierno se atrevió a atajar la mentira de forma racional y decisiva, para fluir tranquilos en las olas de la inmundicia sectaria ya establecida con fuerza en el inconsciente colectivo.

Del odio solamente puede surgir el odio, y de aquella Revolución surgió la Constitución de 1917… Pero esa, esa es otra historia, que no dejaremos de contar en su momento.

Cuanto más estudio sobre la Revolución Mejicana, más comprendo y encuentro semejanza con las dolorosas narraciones de mi abuela, Dña. Oliva, sobre sus vivencias en aquel triste periodo de la historia nacional mejicana.