Hace unos días una noticia del telediario que no superaba el minuto titulaba “NEGACIONISTA DETENIDO”, mientras se veía una imagen de dos policías sacando de una vivienda a un hombre y metiéndolo en un coche patrulla.  El periodista relataba que el peligroso sujeto difundía en redes sociales falsa información acerca de la pandemia y el Covid-19 sin entrar en mayores detalles.

Este sábado participaron en Berlín alrededor de 20.000 negacionistas en una manifestación para protestar contra las restricciones para atajar la pandemia del coronavirus. Fue disuelta por la policía por no respetar la distancia de seguridad entre los asistentes. Si en España un solo negacionista detrás de un ordenador es considerado como un terrorista, qué decir de un par de decenas de ellos y encima alemanes.

Seguí la noticia de la concentración por la RAI, la televisión pública italiana. La transmisión en directo se presentó en plató como la reunión de un conjunto de “negacionistas de extrema derecha y grupos neonazis, enarbolando banderas del Tercer Reich”. Solo faltaron miembros de Ku-Klux Klan, los fans de Miguel Bosé, los terraplanistas y los sostenedores de la teoría de que Elvis está vivo en Argentina, regentando un bar de copas.

Lo curioso fue que cuando el corresponsal en Berlín apareció en pantalla -con la mascarilla en la barbilla-, relató que la manifestación había sido multitudinaria, sin sucesos violentos, disuelta finalmente por las autoridades y poco más.

No me interesa la discusión pandemia vs. plandemia, si el Covid-19 existe o es una mentira, no entraré en ello. En este caso me interesa la introducción de la palabra de moda: negacionista. El uso de las palabras es importante y las consecuencias que acarrean en la vida real, en lo cotidiano para las personas de a pie, aunque no lo parezca en primera instancia, pueden ser de gravedad. La connotación y denotación en su empleo por parte de los responsables de comunicación, y la verdad o falsedad acerca de una información en un momento dado, puede terminan afectando la vida de las personas. Y con esto no se juega.

Llamar a alguien negacionista, con toda la carga negativa que conlleva, anula al señalado, lo invalida, lo deja fuera de juego, lo saca de la realidad, lo cosifica y termina negándolo. Un negacionista hasta hace poco era un sujeto que negaba los crímenes cometidos por el nazismo hacia el pueblo judío, la existencia de los campos de concentración y del plan de exterminio. El negacionista era un cínico malvado, una bestia parda inhumana sin sentimientos, un cruel y oscuro personaje que con el uso de la mentira justificaba el peor de los crímenes hacia la humanidad.

Hoy el negacionista es un ciudadano que no cree o tiene serias dudas acerca de la gravedad de la infección -por cierto, igual que la mayoría de la comunidad científica-, del uso de la mascarilla, la efectividad de las distancias, y que se atreve a cuestionar la eficiencia y eficacia de los responsables políticos al frente de gobiernos, ministerios y organismos que deberían velar por la salud de la comunidad. El negacionista está entrando en la categoría del apologista del crimen racial encarnado en la imagen de un nazi de uniforme negro con las botas lustrosas y una fusta en la mano.

El negacionista es el que disiente del discurso único impuesto a nivel planetario acerca del Covid-19, el que piensa que su libertad no debería ser coartada por dudosas y contradictorias normativas políticas. El negacionista se ha convertido en el enemigo público número uno a combatir. No tiene lugar en la sociedad de la Nueva Normalidad.

No soy científico, epidemiólogo, médico y ni siquiera hice un curso de primeros auxilios. No sé si el virus se contagia de una u otra forma, si tal o cual medida de protección es efectiva o no, o si el virus es letal, o más o menos que una gripe estacional. Pero lo que sí sé es que se está imponiendo un discurso y un pensamiento único por parte de los peores gestores de una auténtica crisis planetaria que dejará terribles consecuencias si se sigue por este camino. Y no me refiero solo a las consecuencias sanitarias.

No se puede criminalizar al que piensa distinto. No se puede mentir en un telediario hablando de banderas nazis -con lo que ello implica en el imaginario colectivo- detrás de una protesta ciudadana ante meses de incertidumbre y miedo insuflado por el conglomerado financiero, mediático y político dominante en la población mundial.

Se detiene a un negacionista que usa las redes sociales, se confinan poblaciones enteras, se obliga el uso de mascarillas, se prohíben las reuniones en un sitio si son más de seis, en otros si son más de diez. Para unos la distancia de seguridad en un lugar es de un metro, en otro de metro y medio o dos metros, pero los niños volverán a las aulas en grupos de 23 y el Metro va a tope de gente, igual que en trenes y aviones. Algo no cuadra.

Se prohíbe fumar en la calle por riesgo al contagio, así como se limitan los encuentros sociales fuera del grupo de convivencia estable. Mientras tanto llegan pateras llenas de inmigrantes ilegales todos los días sin control sanitario alguno y luego campan a sus anchas por el territorio nacional. Se entra por los aeropuertos con una simple inspección ocular y de temperatura, sin que ello provoque alarma en los funcionarios gubernamentales. Algo no cuadra. 

No soy negacionista, sí desconfiado, e intento ser lo más precavido posible. El virus existe, los muertos están ahí y centenares de miles de españoles lloraron a sus seres queridos sin poder acompañarlos en el último instante de sus vidas. Así como existe un virus que vino de China, usado como herramienta ideal para cambiar la geopolítica tal como la hemos conocido hasta ahora.

Según el discurso mediático global, Trump y Bolsonaro encabezan la lista de los peores presidentes al frente de sus naciones por ignorantes, negligentes y negacionistas. Le siguen de cerca otros líderes políticos que no casan con el discurso único de la agenda globalista. El resto lo ha hecho lo mejor posible e incluso estupendamente, más allá de los catastróficos resultados objetivos. Nada en casual.

No soy negacionista, pero sí un convencido de la puesta en marcha del discurso único del miedo, del silencio de masas y del control social de los siervos del nuevo autoritarismo sanitario de consenso planetario, con la excusa de salvarnos de la pandemia. El rebrote o segunda oleada ya está aquí. La única vacuna de la que hoy disponemos, y que hay que empezar a aplicar, es la del uso de la libertad de palabra y de pensamiento contra la manipulación y en búsqueda siempre de la verdad.

RAI_BERLIN