La democracia, con todos sus defectos, puede ser un sistema de gobierno legítimo si se dota de autocontrol y si los gobernantes y las instituciones son responsables ante la ley. Algo que, como es obvio, no ocurre en España. Sin todo ello no puede hablarse de democracia en el significado noble del término, ni por supuesto de Estado de derecho. Para que éste exista la actuación de todos los gobernantes sin excepción ha de estar sometida a las leyes, condición ausente hoy entre nosotros. 

 

En España, democráticamente, se puede ejercer el abuso y la violencia frentepopulista y se puede votar a delincuentes y a dementes. Por otro lado, los votantes desconocen en su mayoría los programas de los partidos que se presentan a las elecciones, porque el concepto de democracia entre el pueblo se reduce a cuatro tópicos y consignas mal asimiladas, y entre la casta política a una noción distorsionada ex profeso, es decir, ley del embudo y doble vara de medir. 

 

En nuestra Constitución no se consigue separar y limitar el poder de forma efectiva, y el ejercicio político de los mafiosos ha logrado, paulatinamente, eliminar -entre otras- la independencia judicial, contando con ello con un buen número de juristas que, escudándose en el «uso alternativo del derecho» promueve su violación en nombre de otros fines políticos. Mientras la cúpula del poder judicial dependa de los partidos, la democracia será una ficción. Es una incongruencia o, peor, un sarcasmo, tener un Tribunal Constitucional, por ejemplo, diseñado para vulnerar la Constitución al servicio de los intereses de la casta partidocrática.

 

Cuando un Estado es representativo, las elecciones tienen por objeto generar en la sociedad política la jerarquía de valores de la sociedad civil, pero en un Estado partidocrático como el que sufrimos, esta relación cambia por completo de sentido. Nuestro Estado de partidos ha anulado definitivamente la genuina finalidad electoral, que no es precisamente la de reproducir la oligarquía política, sino la de representar a la sociedad en el Estado.

 

En vez de afanarse en este leal objetivo, los partidos frentepopulistas y sus cómplices acometen la ignominiosa empresa de instalarse juntos en el Estado para -con todas las instituciones bajo control, incluido lo relativo al recuento electoral- ser plebiscitados, y no elegidos, por la sociedad atemorizada, subsidiada, desinformada o inerte.

 

De este modo, la presencia en el Gobierno de los asalariados del Nuevo Orden Esclavista, más allá de la culpabilidad ciudadana por no afrontar a tiempo la paulatina degradación nacional, se debe a la patología de unos políticos que, para alentar su insensibilidad moral y alcanzar su propósito absolutista, necesitan, previo secuestro institucional, el augusto envoltorio del plebiscito electoral.

 

Como, además de todo ello, los que instrumentan estos objetivos han conseguido, por si vienen mal dadas, refugiarse bajo el paraguas protector de la impunidad, lo cual constituye la burla más trágica y el más grave daño que puede hacerse para la convivencia democrática, puede afirmarse que el Estado español ha sido vaciado de contenido por dicha casta capital-comunista salvaje y no sólo no es democrático, sino que se halla instalado en la ilegalidad.

 

A partir del próximo lunes, una vez pasadas las elecciones, la depresión postelectoral no sólo vendrá dada por el nuevo paso atrás para salir con éxito de la actual y múltiple crisis, o por la confirmación de que la sociedad aún no parece percibirla en toda su extensión y gravedad, sino, sobre todo, por el frustrado afán de libertad e independencia de los hombres de bien, aherrojados por una tiranía moral opresora sin más argumento que su abyecta ambición y sin otra razón histórica que la anacrónica ignorancia consistente en no atender a las leyes de la naturaleza humana, primer deber de todo dirigente y manantial de todos los demás deberes.

 

Llegados aquí y más allá del aspecto político, conviene recordar que nos enfrentamos a hombres sin honor, parecidos a ratas de alcantarilla, entornos éstos donde asientan sus templos de democracia y de progreso. Truhanes que incapaces de desatar mediante la razón los lazos más sagrados que unen a los españoles -nuestros símbolos y tradiciones más distinguidos y queridos-, los roen y desgarran con sacrílego diente o los derriban con sus hoces y martillos de odio. Asalariados del Mal que dan pasto a los incendios y subvencionan a los incendiarios y cuyas lenguas insidiosas obedecen al capricho de su naturaleza y al mandato de sus amos. Bribones de albañal que no tienen más destino que arrastrarse y seguir.

 

A todos, en alguna parte del mundo y en algún momento de nuestra vida, nos aguarda la derrota. España, por sus propios pecados, hoy se halla abatida, derrotada por la alianza capitalista-bolchevique. Muchos son destruidos por la derrota, y otros muchos se empequeñecen y envilecen a través de la victoria. España, pese a la adversidad de hoy, seguirá existiendo y manteniendo su grandeza, porque acabará triunfando una vez más, y a no mucho tardar, sobre la derrota y sobre la victoria. ¡Viva España!