Cada instante de nuestra vida es un momento ideal para agradecer a Dios los infinitos bienes que no ha regalado desde que,  a ti y a mí,  nos creó. Y eso mismo debe saber cada hombre nacido de mujer -- como popularmente se dice-- pero,  nuestras ocupaciones nos lo dificultan. En vista de esa realidad, al menos,  es bueno y necesario hacerlo en días y horas  predestinados –como quien dice—para ese menester. Entre ellos, yo destacaría la “Nochevieja”. Recuerdo que durante mi niñez y juventud,  entre  las asociaciones religiosas, grupos de “Acción Católica” y familias muy bien formadas era normal y habitual reunirse en  los últimos minutos del año que concluía y los primeros del que iba a iniciarse para cumplir con dos obligaciones indiscutibles del cristiano: ¡pedir perdón y agradecer!

Con la “Noche vieja” despedimos un año durante el cual hemos cometido sin lugar a  la menor duda, infinidad de infidelidades a la voluntad de Dios y al mismo tiempo hemos recibido un chorro de beneficios y gracias, resulta pues de pura lógica, acertadísima, esa excelente costumbre  de reunirse ante el Santísimo para cumplir  esa obligación doble: Darle gracias a Dios por todos sus obsequios y pedirle perdón por nuestra mala correspondencia consecuencia de nuestros fallos y pecados.

Desgraciadamente, aunque me imagino que las buenas religiosas y religiosos en sus conventos,  siguen  aún fieles a esa costumbre, ya no es frecuente ni habitual, en las parroquias y asociaciones de apostolado católico, ni en las familias tenidas por muy cristianas,  ver  en uso lo que yo viví de niño y de joven.

Es evidente que, aunque los hombres se olviden de su Creador, la Santísima Trinidad no hace lo propio con su criatura predilecta y por más que nos parezca que nos olvida, la realidad es muy diferente, pues  no nos pierde de vista ni un segundo, Eso sí, por su voluntad, somos libres y nos deja actuar como locos y,  aunque nos empeñemos en suicidarnos,  no nos obliga a ser cuerdos, De ahí se deduce la obligación para quienes aún conservan en buen uso su inteligencia y voluntad de hacer todo lo posible para  recordar a sus hermanos estas verdades de a puño y  el deber de hacer cuanto esté en sus manos para atraerlos al redil y a la sensatez.

 Poniendo los pies en el suelo y como no te será posible reunirte en las iglesias con el resto de los que “viven la fe”, ni intentar rescatar  las viejas costumbres, me parece obligatorio darte un consejo, fácil de poner en práctica pues no precisas colaboración de nadie. Veamos: dos minutos antes de las doce, en vez de estar preocupado por si acabas las “doce uvas” piensa en todo esto que te he comentado,  y agradece a Quien tiene el mundo en su manos, todo lo bueno recibido a lo largo del año 2020 y pídele perdón de tus olvidos, omisiones, errores y pecados, por no haber llenado tu misión para el año que termina.  Y, ofrécele los primeros minutos del año 2021 para que los bendiga y seas mejor,  tú,  en los próximos trescientos sesenta y cinco días.

Si todos los españoles tuvieran esto presente, lo más probable es que Quien rige los destinos de la Humanidad se decidiese a librarnos de la “peste roja” (infinitamente peor que la “peste negra”) esa con la que dos canallas miserables, ladrones, embusteros, y homicidas, nos  llevan  con  premeditación, perfecta planificación y alevosía,  a la miseria, a la hambruna y a la esclavitud.

Para mí sigue siendo incomprensible que la sangre de los héroes de la Cruzada, y de tantos mártires (sin una sola apostasía  entre los sacerdotes y religiosa asesinados por los canallas comunistas, anarquistas, separatistas hace  ochenta y cuatro años)  no hayan logrado impedir la descomposición que vive España. Pidámosles que se unan a nuestras oraciones para que España vuelva a ser UNA, GRANDE Y LIBRE.

¡Viva Cristo Rey! y ¡Arriba España!