“Obras son amores, y no buenas razones”. Que significa, que lo verdadero se expresa con acciones y no con palabras.

El principal problema de España, por encima de la insurrección en Cataluña -con sus instituciones y autoridades políticas alzadas contra el Estado- y de lo que ocurre en Vascongadas -territorio dominado por la acción ideológica y mafiosa del nacionalismo vasco, ante la que el Estado se muestra condescendiente-, es la inmigración. Y lo es, porque respecto a los anteriores problemas se podría actuar con la Constitución o sin ella.  Esto es, con la ley normada o con la ley de la necesidad, que ambas obligan en determinados momentos. Sin olvidar una consideración por más que hoy esté en las antípodas de lo real, pero que no podemos descartar en el futuro, que la situación revierta en esos dos territorios de España por falta de asentimiento en la población, bien porque el Estado se implicará en ello, o porque esas gentes que hoy forman parte de la peor ralea de la tierra, adquirieran la cordura necesaria para saber que son tan españoles como el resto. Y esto, señores, está en los genes. Está en la sangre, cuyo mayor ejemplo nos lo dan la legión de conversos que ya tenemos, que puede que hasta Puigdemont escriba algún día en este Diario digital.  

El principal y más grave problema de España está en la inmigración, que desde hace años podemos considerar como una invasión silenciosa. Una invasión que no cesa, que no controlamos porque ni tan siquiera hay una ley de extranjería racional, y porque es un problema del que, incomprensiblemente dependemos no solo de los países que nos invaden, sino de esa estructura burocrática, encorsetada y corrupta que responde al nombre de Unión Europea.  

La extranjería que soportamos, y digo que soportamos porque esa es la palabra, es un problema que tenemos encima ejerciendo daño, pero sin que ese daño sufra ninguna alteración, aunque sepamos que terminará arruinándonos. Sin embargo, nada cambia, y tanto es así, que tenemos el cuajo de no tomar medidas contra todas esas bandas “latinas” de una peligrosidad extrema, cada vez más extendidas por todas nuestras provincias. Por no hablar de los cientos de delincuentes extranjeros que pueblan nuestras cárceles, que cumplida parte de la condena (porque eso de cumplir la condena integra es un atentado contra los derechos humanos), no se les expulsa por indeseables. Pero es aún peor, porque encima tratamos de reinsertarlos. Contradicción máxima, porque nadie dejaría entrar en su casa a una persona que le hubiera ocasionado un mal. Y España, señores, es la casa común de los españoles.  

¿Qué beneficio nos aporta la extranjería que soportamos a costa de nuestro beneficio?

Los datos cantan, y no hay forma de disimularlos por más que se maquillen. La inmigración lo que ha hecho, por encima de todo, ha sido aumentar la desigualdad de la distribución de riqueza entre los españoles, por haber constituido un “ejército laboral de reserva” a mayor beneficio de una panda de empresarios, que un Estado nacional pondría en la frontera con lo puesto. Porque vamos a ver, se fían ustedes, pongamos por caso, de Florentino Pérez (un personaje que no inspira ninguna confianza) o de Amancio Ortega, el anciano solidario, un tipo sin estudios ni formación que de vender delantales en su pueblo ha pasado a ser de los cinco más ricos del mundo.

Así pues, la inmigración, como han tenido que reconocer finalmente esas dos organizaciones que llevan viviendo a costa de los trabajadores españoles cuarenta y cinco años, CC.OO y UGT, ha tirado los salarios de los españoles “no funcionarios” a la baja. Lo que por otra parte ha hecho aumentar la diferencia de renta de la población española entre los más ricos y los más pobres, con un cálculo aproximado de hasta un 7,1 %, muy por encima de la media europea, ya que aquí la inmigración ha entrado a destajo. Ha entrado, y lo peor es que sigue entrando merced a colaboradores necesarios como es el caso de Cáritas, organización con la que cada vez se colabora menos, desgraciadamente en detrimento de los españoles más vulnerables económicamente.

¿Qué aportan los extranjeros al beneficio económico de España? Prácticamente nada, y en la proporción que son, absolutamente nada. Descontando el gasto que empleamos en su adaptación al medio, constatemos que el número de extranjeros improductivos a efectos de la tesorería de la Seguridad Social es muy superior al de los españoles. Lo que ha hecho que el gasto público asistencial que soportamos con nuestros impuestos haya aumentado en favor de estas gentes, que no solo se aprovechan de la sanidad y la educación para sus hijos sin haber contribuido, y sin contribuir, al menos en su justa proporción, pues lo que se ingresa de ellos por IRPF no llega ni para pagar los cuadernos que emborronan sus hijos. En este apartado el dato es escalofriante y llama a la revuelta. La extranjería en España se come en programas sociales una cantidad que escandaliza. Y si es de hablar de los extranjeros que con subvenciones estatales, autonómicas o municipales se hacen autónomos, decir que pagan el primer mes, y una gran mayoría dejan de pagar el siguiente.

¿Qué aporta la extranjería más allá de ser una carga económica al costado de España? Pues de momento lo que sí han aportado son varias decenas de asesinatos, robos y violaciones. Siendo el número de detenidos y encarcelados en relación con la población española de verdadero escándalo.

Pero ¡son muy buenos y muy simpáticos! Dicen quienes mayormente se aprovechan de ellos -que esto también habría que considerar en otra ocasión-. Por mi parte desconozco si son buenos y simpáticos, porque ni les consumo ni les doy a ganar.

La extranjería, en la proporción que ya soportamos, nos conducirá no solo a la ruina económica, sino a algo mucho peor, a la distopía. Porque toda nación necesita para seguir teniendo futuro y desarrollarse una cultura, y esa cultura determinada por el conjunto de los conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a esa nación. Aquí, en España o en Europa, no les cortamos el clítoris a las mujeres, pero ¡qué cojones nos importa si hay otros pueblos que lo hacen!… ¡Qué se civilicen! 

Sé que a ustedes no les importa, pero viene al caso. De siempre me ha gustado el estilo románico, preferentemente el primitivo, el de la primera época. Este verano volví a San Miguel de Lillo, y ocurrió que junto a la iglesia había un grupo de sudamericanos, ya saben, con su manera de vestir… ¡Qué horror! ¡Qué distorsión del paisaje! Lo suyo, pensé, es el Monasterio de Guadalupe, que también se lo construimos nosotros, los españoles. No se trata de ser racistas, que siempre será un atentado contra la dignidad humana, y una forma de no apreciar que todos los pueblos tienen una cultura propia, sea esta más rica o más pobre. De lo que se trata es de aplicar el sentido racional a la vida. Lo dice la sabiduría popular, no se equivoca y es gran verdad… Cada uno en su casa, y Dios en la de todos.

Algo hemos y seguimos haciendo mal entre todos, de lo contrario es imposible que hayamos llegado a esta situación asfixiante, absolutamente deprimente, que terminará por pasarnos factura. El problema que planteamos es muy grave, aunque queramos disimularlo, y tanto, que no quita para que tras el correspondiente vino “español” no aparezcan los espontáneos de la nadería enfatizando su españolidad: ¡toros, flamenco, paella y Fallas! Todo es parafernalia, todo ficción, vivimos en la inopia, atenazados y amordazados, y siempre prestos de lo que quieran vacunarnos.

Tan grave es el problema, que hemos llegado al extremo de no comparecernos del drama de las muchas personas que intentan llegar a nuestras costas, mientras a nivel de Estado colaboramos con los sátrapas de esas naciones que hacen huir a sus gentes para poder llevar una vida digna. Ni hacemos caso a quienes son perseguidos por ser cristianos en los países de los que Berglogio ha venido encantado; ni de los que son perseguidos por expresar sus ideas (pongamos Cuba, Venezuela, Irán…); ni los que lo son por su condición sexual (aunque tampoco es cuestión que vengan todos los homosexuales a España, siendo mejor que se reparta esa cuota por toda Europa). Pues bien, ante el drama de estas personas no hacemos nada porque aquí tratamos a toda la extranjería igual, admitiendo a quienes ya jubilados en sus países de origen vienen a sacar lo que puedan al nuestro, olvidando que se debería admitir a aquellas personas que verdaderamente lo necesitaran o que nos hicieran falta.

Por cierto, ¿qué coño hace nuestra Armada, esos chicos y chicas vestiditos de blanco trayéndonos inmigrantes en lugar de forma una línea, y obligarles a volver? ¿Acaso no es la inmigración que nos llega de todas partes del mundo, que padecemos y seguimos sin controlar, un problema que terminará afectando a nuestra unidad, integridad y seguridad nacional? ¡Para qué coño les pagamos sus trajecitos blancos!  

Pues bien, a pesar de todo esto, no se les ocurra decir que están hartos del problema…   

Conversación que oigo accidentalmente en un establecimiento comercial:

-Señora (de unos sesenta y tantos años): Oiga señorita, contrate ayer el envío de mi compra semanal, y después de estar todo el día esperando no me la enviaron.

-Encargada de la tienda (extranjera): No comprendo.

-Señora: Pues hablo muy claro, y doy por hecho que me comprende porque ustedes, los sudamericanos, hablan nuestro idioma.

-Encargada: No siga porque no voy a consentir que me insulte, es usted una racista y voy a denunciarla a la policía.

Resolución: La señora, que en ningún momento ha dicho ni se ha dirigido a la encargada extranjera de forma despectiva o insultante, termina por anular el pedido y pedir que se le devuelva su importe pagado con antelación.

Conclusión: Ser coherentes, defender lo propio y perseverar. Hay muchas maneras de hacer prevalecer lo propio y manifestar que se está hasta las gónadas (cojones).  

Ahora bien, ¿hacia dónde nos conducimos mientras ponemos palos en las ruedas a cualquier atisbo de razón? Pues, desde mi punto de vista, no a otro sitio que a un espacio físico distorsionado por la mezcla de razas, etnias y culturas, a un espacio siniestro y escalofriante, aparentemente racional, pero sin cordura, falto de calma, equilibrio y armonía.

Pese a todo, según noticia publicada el 1 de noviembre, “España será el único país europeo que tendrá el 100 % de sus hogares conectados con fibra óptica en 2025”, confirmándose nuestro liderazgo de despliegue de fibra, incluso en pueblos sin vida ni futuro. Una herramienta más para rearmar el nuevo modelo de sociedad con todos los servicios digitalizados, sin presencia humana, necesario para idiotizar más a nuestra sociedad, de por sí, la más idiotizada de Europa.

“¡Oigo, patria, tu aflicción!”, vuelve a ser el lamento lastimero de España a la espera de un elefante blanco, de un estadista con sólida formación intelectual, católico practicante y heterosexual.

De cualquier forma puede que llegue tarde, parece que anda sobrevolando nuestro espacio patrio un asteroide, y ojalá nos caiga de lleno. ¡Qué se salven las suecas que habitan en Mallorca!... por si tras la catástrofe quedamos “los” de El Correo de España. Más que nada porque a muchos no nos gustan las chicas del CEU, tan pasteurizadas, que no terminan de parir.

Quién nos iba a decir que la sinrazón imperaría. Pero así estamos. Ahora bien, con toda la ruina que tenemos encima, si queremos, podemos; pero, como en todas las grandes cuestiones nacionales, tenemos que estar, si no todos, muchos bajo una coordinación. Y esto no sería alcanzar el cielo, sino no bajar al infierno. Que ya es bastante.