Cientos de miles de votantes creyeron en Ciudadanos. Hartos del bipartidismo y de las corruptelas de PP y PSOE volvieron sus ojos hacía una formación que, por su oposición a los separatistas catalanes, perecía que creía en la Nación española. Desde un principio fue un espejismo. Nada más falso. Ciudadanos nunca creyó en la Nación, porque siempre ha estado del lado de la agenda mundialista. El discurso antinacionalista y anti-identitario de Ciudadanos encaja, más que con la defensa de la unidad de España, con la intención del proceso globalizador que pretende diluir las soberanías nacionales en organizaciones internacionales como la Unión Europea y considera que el Estado-Nación supone un obstáculo para satisfacer las exigencias del nuevo entorno global en el que tan sólo cuentan los grupos de interés y los individuos. De esta manera se camina hacia esa sociedad universal, en la que supuestamente somos más libres que nunca, pero a la vez más impotentes que en ningún otro momento de la historia, porque hemos quedado reducidos a nuestras aspiraciones materiales particulares, pero sin arraigo en instituciones naturales colectivas capaces de plantar cara a ese Estado-corporación burocrático que dirigen las élites globales intercambiables.

Para lograr ese objetivo, Ciudadanos siempre ha querido presentarse como una especie de centro, un partido equidistante de la derecha e izquierda. Se trata de presentar una opción política atractiva a ese segmento mayoritario de las sociedades occidentales constituido por las clases medias, sin posiciones que se identifiquen en exceso con uno u otro sector social, sin cargas ideológicas bien definidas, sin compromisos que impidan ganarse el favor de votantes diversos en momentos diferentes, con una apuesta de imagen más que de contenidos, que, en definitiva, logre contar con el apoyo de un electorado lo más amplio posible al representar la moderación que aporta tranquilidad a todos. Pero en los tiempos que vivimos, en los que los términos izquierdas y derechas ya no encajan para definir el espacio político del futuro, Ciudadanos dista mucho de representar ideas moderadas en la pugna entre globalización y comunidad nacional.

Por ello, el giro de Arrimadas prestando apoyo al PSOE, no sólo se trata de un nuevo cambio de estrategia de la veleta naranja, buscando recuperar su perdida mena de votantes. No sólo es una traición a eso que llaman centro-derecha, sino que forma parte de una estrategia más de fondo, que se ajusta a los planes para España de la agenda mundialista y que pasan de nuevo por el mito del consenso. Un consenso para orientar ideológicamente las enormes ayudas que la Unión Europea va a canalizar para salvar la zona euro, con un impacto tan fuerte para la sociedad, que acabará subvirtiendo su esencia hasta imposibilitar la supervivencia de las soberanías nacionales sin grandes sacrificios, llegando a un punto en que incluso la libertad, tal y como la conocíamos, peligra. Para fabricar la nueva normalidad de la globalización necesitan del consenso, un pacto entre de los partidos de gobierno y oposición, que con la disculpa de las ayudas, abra la puerta, y aquí entra Ciudadanos en su papel de coartada para acompañar a un Sanchez, ya lacayo de Soros y cia, en la aceptación de las condiciones contables, pero sobre todo programáticas, de la Unión Europea para el rescate económico de España.

Sin duda, el mejor destino de este partido de oportunidad, que se ha aprovechado de miles de votantes que creían defender su Nación y unos valores moderados frente a los separatismos y la radicalización política, es su completa desaparición, como en su día sucedió con el CDS de Suarez. Aquel consenso que trajo este tan nefasto como ensalzado personaje de la Transición, en realidad fue el principal sembrador de la cosecha envenenada que sufrimos: Estado de las Autonomías y Estado de partidos. Atentos al nuevo consenso que nos van a vender, porque será el fin de España. Al menos algunos deseamos que acaben ellos en el cubo de la basura de la historia, en vez de nuestra patria.