Hay una frase premonitoria en el testamento de Franco, “… No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta”. Toda una advertencia que, a lo que se ve, no hemos sabido tener en cuenta, ni tampoco la hemos tenido en consideración más allá de entenderla como una frase lapidaria, carente de objetividad. Sin embargo, que equivocados estábamos.

Por supuesto que el enemigo secular de España estaba alerta para dar el zarpazo a la primera oportunidad que se le presentase, como así ha sido y de ello estamos siendo testigos en el tiempo presente.

Cada mañana, cada día, nos despertamos con una nueva noticia de la grave crisis moral y económica en la que está sumida nuestra amada Patria y, a lo que se ve, a muy pocos nos preocupa.

Sin embargo, que nadie piense que nada de esto obedece a la casualidad, al albur, en absoluto. Todo está perfectamente medido, programado y orquestado por instancias, incluso superiores, al servil moncloita y sus adláteres.

El otro día, mientras miles de moros asaltaban Ceuta sin que, en un principio, nadie opusiese la mínima resistencia, este tipo de pantalones pitillo y ademanes chulescos, con una sonrisa cínica en su rostro, hablaba de su plan para 2050, mejor dicho, para 02050 que no se sabe bien qué fecha es esa.

Decía que, para paliar los efectos devastadores del aborto, por cierto, auspiciado por la ideología que este tipo representa, sería necesario permitir la entrada en España de 225.000 inmigrantes al año. Supongo que este individuo, de limitada capacidad intelectual, no se paró a pensar, pues no tiene capacidad para ello más allá de su prepotencia y soberbia delirantes, lo que, con una simple operación matemática supone esta cifra, considerándola tan solo en el plazo de diez años. Háganlo y consideren como variable a añadir que cada una de las mujeres que vengan podrían dar a luz a una media de cuatro hijos. ¡Abrumador el número resultante!

Estos datos, en la práctica, suponen, a nivel europeo, el final de la civilización cristiana e incluso de la raza blanca como tal.

A cambio, los promotores de tales medidas a nivel globalista, lograrán una población de parias, sumisa, manejable, una mano de obra barata de bajo nivel intelectual y fácilmente controlable por las élites que dirigirán los designios de la humanidad, por cierto, ninguno de ellos elegido por nadie.  

Esto es lo que pretende este delirante tipo, perro fiel de sus amos del foro de Davos, de las agendas globalistas, esas que quiere poner en práctica, y de la oligarquía internacional.

Haciendo un inciso. Hablamos de un personaje de tan escasa catadura moral que se atreve a ensalzar la figura del malvado Largo Caballero, el tipo más siniestro y miserable de la historia reciente de España, y que, si en este país tuviésemos dignidad y memoria histórica de verdad, su estatua de Madrid ya estaría retirada y demolida y todas las placas que dan nombres a calles y plazas arrancadas.

¿Cómo se puede atrever este malvado individuo a plantear que, llegado ese “idílico” y “superfeliz” -como dicen los “pijoprogres”- 02050 -puede que en el mismo enunciado de la fecha esté la ficción-, será el gobierno quien determine si podemos comer carne o no y cuando; si podemos viajar o no y porque medio; que vacunas deberemos ponernos; que electrodomésticos podemos comprarnos; cuando podemos ducharnos para no gastar mucha agua; si podemos tomar una copa y dónde; que ropa vestiremos y hasta determinar la fecha en la que tendremos que morirnos?

Alucinante. Sin embargo, tal vez, si buscamos en alguna parte la película “cuando el destino nos alcance” (1974), una cinta que refiere algo parecido a lo que ahora nos anuncian, situándolo en un, por entonces, lejano 2022, comprendamos lo que pretende este siniestro individuo, totalmente desequilibrado, y todos a los que sirve fielmente.

Entre tanto, a nivel más doméstico, España se nos muere y, salvo que lo evitemos, no habrá remedio, será la crónica de la muerte anunciada de un Estado fallido, provocado por la permisividad, por el relativismo, por la pérdida alarmante de valores, por el pernicioso “buenismo” en el que se ha instalado nuestra sociedad enferma.

Ante el silencio, cobarde y cómplice, de la mayor parte del pueblo español, en otro tiempo “tan rico en calidades entrañables”, nos hemos convertido, atemorizados hasta la trancas por este virus creado “ad hoc”, en una masa que hace oídos sordos a estas advertencias y mira para otro lado mientras nos convertimos en el hazmerreír del mundo, postrándonos a los pies del gran moro, mucho más digno que nosotros, y tras abofetearnos y mofarse de nosotros en la cara, encima le premiamos con treinta millones de euros que, por cierto, salen del bolsillo de todos nosotros y van en detrimento de nuestra sanidad, de nuestra seguridad, de nuestra educación, del estado de nuestras carreteras, etc.

Si, ya sé, ese dinero estaba ya presupuestado ¿y qué? Todo está presupuestado y, sin embargo, si a alguien lo suspenden de empleo y sueldo por hacer una gatada, no cobra pese a que su nómina figura en la Ley de presupuestos generales del Estado. Por tanto, si este gobierno tuviese un mínimo de dignidad, aquel mismo día, “la pitagorín” oficiaría a su homónimo marroquí para decirle, “oye, majo, de lo dicho nada”.

Vivimos tiempos de una gravedad incuestionable en los que los enemigos viscerales y seculares de España afloran por todas partes.

De una parte, ese partido socialista, el primer cáncer de España, el que provoca esas extrañas ensoñaciones en muchos españoles que, haga lo que haga, lo van a seguir votando porque queda bien, porque así se es más “pijoprogre” o simplemente porque le deben un puesto, una paguita para vivir sin trabajar o una subvención para vivir del cuento.

Junto a estos, todos los demás, empezando por esa tropilla insana de comunistas, perroflautas, manteros, feminazis, ecologistas, anarquistas, okupas, etc., con aquel burdo tipejo del moño sucio y ahora con la “llorona”, a la cabeza, que siempre han odiado a España y a todo lo que ella significa.  

¿Qué se puede esperar de los golpistas catalanes, unos delincuentes que deberían estar en la cárcel? No hay más que oír a ese cobarde Puigdemont, un auténtico miserable que sigue fugado y oculto, sin dar la cara, en su palacio belga, pagado por todos los españoles, y que se atreve a alentar al moro para que ocupe Ceuta y Melilla con un desprecio total a la historia y a la razón de nuestra presencia en aquellas ciudades españolas.

Algo similar sucede con la derechona vasca, la misma que, en 1898, felicitó a los norteamericanos por habernos echado a pique a parte de la Escuadra con la consiguiente muerte de muchos españolitos, incluso algunos de origen vasco. ¡Hay que ser miserables!

Junto a ellos, los filoetarras que han regado con la sangre de buenos españoles las tierras de España y ahora están presentes en las Instituciones y encima en plan prepotente, cuando donde deberían de estar es en la cárcel.

Todos ellos, de la mano de este canalla de pantalón-pitillo y ademanes de chulo de barrio bajo, están llevando a España a la ruina en todos los sentidos y los españoles, al menos una buena parte de ellos, siguen calladitos, sin levantar la voz, sin tirar las mascarillas, no sea que si abren mucho la boca, el virus, siempre atento a horarios, a tipos de locales, a localidades concretas, a las divisiones futboleras -no hay que olvidar que el bichito en cuestión es un avezado aficionado al fútbol y así, como no le gusta la Segunda B, al campo pueden acudir hasta 5.000 personas en la seguridad de que él no concurrirá, pero si juega el Madrid o el Atlético, entonces no puede ir nadie, no sea que al bicho se le ocurra acudir a ver el encuentro- y a otras circunstancias, a cada cual más pintoresca y fuera de toda lógica. Una auténtica tomadura de pelo.

Es imprescindible, echar a este tipo y a sus secuaces como sea y comenzar por ilegalizar a todos aquellos partidos que pretendan acabar con España. Fijar las reglas del juego y a los que no estén de acuerdo ponerlos de patitas en la calle y eso va también por otros, incluso algún pepero con sueños de reyezuelo de taifa trasnochado.

Y, por supuesto, decirle al moro dónde estamos y quienes somos y ojito con nosotros que torres más altas cayeron, sino que se lo pregunten al sátrapa de Napoleón.

Sin embargo, lo triste de todo esto es que, aunque logremos echar a este malvado visionario de la Moncloa; aunque le retiremos todas las pingües subvenciones a la prensa vendida al poder, cómplice de la penosa situación que vivimos; aunque logremos desmontar las mafias de tráfico de personas y todas esas onges, afines al poder, que están provocando dolor y miseria, ¿será capaz de derechona globalista, cobarde y acomodaticia, de enseñarle los dientes al moro o cargarse todas las leyes ideológicas que nos ha colado el maldito PSOE? Sinceramente, lo dudo. Nos dirán que “es mucho lío” y todo seguirá igual. Ya nos lo prometieron una vez y al final, nada de nada, así que mejor no fiarse. Yo, desde luego, no me fío.

Por cierto, para terminar, volviendo sobre el tema de Ceuta. Hemos visto como, instigados por el tal Mohamed VI, se precipitaron sobre la ciudad española entre 7.000 y 9.000 marroquíes, guiados por móviles y razones de todo tipo, algunas tan pintorescas como que Ronaldo iba a jugar un partido en la localidad. De todos los que nos invadieron, como se ha visto en las imágenes, más del 98% no iban provistos de mascarillas, ni guardaban distancia social alguna, ¿qué se apuestan a que en Ceuta no se registrara repunte alguno de contagios de la COVID 19 en los próximos días, como sería lógico esperar si nos atenemos a todo lo que nos han contado y que ha servido y sirve para inocularnos el terror y limitar nuestros derechos y libertades durante más de un año que llevamos inmersos en esta “plandemia”? Ya me lo dirán dentro de unos días…