Cualquier persona medianamente informada o interesada en la realidad social puede preguntarse si, en la actualidad, es la Iglesia, como institución, un apoyo o un obstáculo para el fervor de los cristianos. La caída de la Iglesia en la más profunda decadencia, como parece ser hoy su caso, no es una noticia nueva, ni sorprendente, pues se ha repetido a lo largo de su milenaria historia. Durante la Edad Media, por ejemplo, hubo numerosos momentos en los que el estado moral de la cristiandad se halló en situaciones semejantes.

La institución, de la mano de sus representantes, ha acabado en distintos períodos históricos inclinándose hacia lo material para integrarse finalmente en el siglo. Los pragmatismos, los abusos, el abandono de la devoción en su forma más auténtica, han sido, y son, ante todo, una consecuencia del sistema de beneficios eclesiásticos o de los correspondientes abrazos ideológicos, mediante los cuales la Iglesia se viene asegurando su existencia temporal. La Historia, pues, nos advierte de que, muy a menudo, la Iglesia se va de suerte con los poderosos, dejando en la estacada a los sacrificados y humildes.

Es decir, beneficios de toda clase y cantidad para la jerarquía eclesiástica, desde el papado y los obispados hasta las más simples capellanías o parroquias, llegando hasta un punto en que la noción de beneficio acaba resultando más sugestiva que la del servicio sagrado. Ya no se habla entonces de vocación sacerdotal, sino de carrera eclesiástica, convirtiéndose así dicha jerarquía, con las excepciones de rigor, en otra especie de casta política, pues a tal extremo y connivencia son capaces de llegar unos y otros. El espectáculo así montado puede durar décadas, y los asistentes, católicos o no, cristianos o no, ven agitarse ante sus ojos un mundo infernal, en tanto Cristo sigue sufriendo la repetición de su muerte, y la Virgen su desfallecimiento.

Son períodos históricos en los que obtener sinecuras es una ambición que comparte toda la escala social, porque la corrupción se ha generalizado bajo la dirección de las oligarquías. Así, las personas que disponen del derecho o privilegio de otorgar una prebenda -ya sean reyes, papas, presidentes, obispos, políticos, o patrones y empresarios laicos, suelen exigir a cambio algún servicio personal, siendo el más frecuente la total sumisión del prebendado.

Con el propio provecho o la complicidad y aquiescencia de la Iglesia, no sólo los plutócratas, también sus cortesanos, favoritos, clientes y esbirros se aseguran enormes rentas por el sistema de acumulación de beneficios, en detrimento del pueblo, al cabo ignorado y humillado. Resulta demasiado largo exponer todas las artimañas jurídicas, todos los abusos y prevaricaciones, todos los nepotismos que tratan de disimular o justificar una inmensa red de comercio prebendario, una inimaginable estructura de corrupción puesta al servicio de los amos y sus siervos, aplaudida por los malvados y tontos útiles que los votan, y pagadas mediante el esfuerzo de los escasos productores que deambulan fantasmales e irredentos por la sociedad esquilmada y degradada.

Como consecuencia de la omnipresente corrupción, una gran parte de los titulares eclesiásticos no atienden sus labores. ¿Quién cuida y protege, pues, a los fieles, a los sojuzgados, quién combate hoy espiritualmente las doctrinas diabólicas de las agendas, y quién, de buena fe, realiza los servicios pastorales? Antiguamente, en las edades media y moderna, existía todo un proletariado de sacerdotes desprovistos de beneficios, quienes, procedentes casi siempre de regiones pobres o distantes, alquilaban sus servicios y su escaso saber. Pero cuando eso no existe, ni ha lugar, ¿quién puede sustituir a los obispos que deshonran sus diócesis y traicionan a sus feligreses y, más allá, a la humanidad por la que se sacrificó Cristo?

Carente no sólo de rumbo sociopolítico, sino también de dirección espiritual, un pueblo de raíces y tradiciones católicas, como el español, se encuentra sin nadie que corrija sus modernas costumbres. Tiene al frente, llevándole de la mano, a sus enemigos, que acabarán por despeñarle, pero le falta la cabeza de la autoridad doctrinal, religiosa y jurídica, exclusiva de la Excelencia o de la Iglesia, únicas que podían imponerla a las sectas, hermandades y confabulaciones laicas.

El mal no radica -ni radicaba- sólo, ni primordialmente, en el clero inferior ni en el episcopado. Está -y estaba- en la propia Roma. Cuando un papa vive más preocupado por los asuntos políticos manipulados por la plutocracia que por el cuidado de la Iglesia universal, los asuntos del alma no pueden funcionar con rigor y justicia. Cuando en el Vaticano saltan a menudo los escándalos, cuando su imagen se desacredita porque la calidad moral que cobijan sus salones se desvanece, cuando se halla involucrado o es absorbido por intrigas diplomáticas o campañas injuriosas de propaganda, y no se muestra lo suficientemente opuesto, ecuánime o imparcial en asuntos de ideología o incluso de guerra, no cabe duda de que los asuntos espirituales están menoscabados, y que lejos de ser un cobijo cristiano es una corte mundana, un hervidero de intrigas, envidias, resentimientos y ambiciones.

Cuando «todo vale», todo tiene un precio y todo - incluso la vida- se compravende, la corrupción no puede ocultarse. Parece claro que, hoy, la Iglesia no existe para el servicio y la salvación de las almas, sino para el logro de sus propios fines, obviamente mundanos. Nada que ver con la vida espiritual de las parroquias, con la salud moral y religiosa de la ciudadanía. Nadie se pregunta, o lo hacen muy pocos, acerca de la abnegación y la instrucción del clero, ni de si en él existen buenos, malos o piadosos predicadores, tal vez porque son muy escasos los fieles que acuden con asiduidad a los oficios o a recibir los sacramentos. O tal vez porque se está amputando la religiosidad innata en el ser humano, mediante propagandas abductoras.

La falta de fe y de exigencia de la Iglesia coincide con la falta de fe y de exigencia de los ciudadanos, sean fieles o no. De este modo, la vida eclesial es hoy formalista, en la cual la asistencia puntual a ciertos ritos basta para satisfacer a todo el mundo. En ello influye el hecho de que los ciudadanos alimentan su natural devoción en las televisiones: una ciudadanía -y tal vez un clero- ignorante, al menos en lo esencial. Cultura rudimentaria y permisiva, enseñanza anquilosada y, en paralelo, estudios teológicos practicados con dudoso entusiasmo... todo ello coadyuva a un ambiente social vacío de sustancia.

El sistema filosófico predominante -la felicidad sin humanidad- anula por completo la realidad y la razón inconvenientes y, por supuesto, extirpa absolutamente el albedrío, sometiendo a su titular al arbitrio absoluto de los nuevos demiurgos. Los seres humanos, por lo tanto, al no poder demostrar ningún tipo de verdad, deben abandonarse a esa nueva fe que explícita e implícitamente puede leerse en los catecismos plutocráticos, conocidos como agendas. Con el consentimiento, por supuesto, de esta Iglesia, secularizada y a la deriva.