La expresión facial de Pedro Sánchez durante su declaración institucional, el pasado sábado 14 de marzo, era todo un poema. Ese rictus de hombre superado por los acontecimientos se hizo aún más patente al tenernos  el personaje acostumbrados a su actitud chulesca habitual, tan sobrado de sí mismo, tan perdonavidas ante las cámaras. Sabía de su falta de responsabilidad al haber permitido las manifestaciones ultra-feministas del 8 de marzo, por conveniencia política, a la vez que por las presiones de Pablo Iglesias, su “leal” vicepresidente segundo. Apostó por los supuestos beneficios político, en contra de la salud de los españoles. Manifestación en la que probablemente se contagiara su esposa, circunstancia que ocultó durante varios días. El ilegítimo presidente del Gobierno es un vulgar marrullero, un trilero, un farsante sin escrúpulos, capaz de sortear las denuncias de una tesis doctoral plagiada en un 21%, y mentir en campaña electoral sobre con quienes no pactaría, y pactar con separatistas y terroristas, y formar Gobierno con comunistas aliados de dictaduras sustentadas por el narcotráfico. Pero no es Sánchez un sujeto rudo, con agallas, inteligente y capaz. Jamás pasó por su cabeza tener que afrontar una crisis del tipo y de la importancia de la que ahora padecemos. Su inacción ante la crisis del coronavirus y las presiones de Iglesias —que siendo tan malvado como él, e inmune como él a escrúpulo alguno, es mucho más listo, más sibilino—, terminarán desencajándole la quijada. Sabe que se la va de las manos la crisis del COVID-19, y eso sería la antesala de la pérdida del poder, por cuyo mantenimiento está dispuesto a lo más inconfesable.

Es entonces cuando llega de nuevo a su rescate Iván Redondo, el asesor ideal para un amoral como Sánchez; otro amoral que adora el poder a su manera, a su nivel, y la plata que éste le renta, a costa de machacar sus propios principios, porque alguno ha de tener. Se destapó sin pudor Redondo, cuando habló de cómo manejar al votante; de las tres emociones con las que se puede (y debe) jugar en campaña electoral, si se quiere ganar: el miedo, el rechazo, y la esperanza (la ilusión). El votante se emociona primero y luego piensa; primero siente y luego decide. Así nos manejan. Y de nuevo salió a escena Sánchez. Este martes 17 nos presentó el presidente del Gobierno las medidas que salvarán a la Nación de una crisis adicional, la económica, la ruina de no sé cuántos cientos de miles de autónomos y pequeñas y medianas empresas, consecuencia del parón productivo en seco, con la resulta inmediata del aumento millonario del desempleo y la consiguiente pérdida de recursos de la ciudadanía. Es cuando se observa la mamo de témpano que entra en el presidente, la del maestro de escena Redondo.  Cual guiñol, el presidente ejecuta, a la “perfección” de un pésimo actor, la interpretación auto encomendada, fundamentalmente urdida para la propia salvación. No hay una palabra de autocrítica; pero sí minutos interminables de justificación y de tirar balones fuera recordando que la crisis es generalizada, mundial. Hasta que llega el instante estelar del pésimo comediante, en su impostura más patética y desagradable: «Debemos combatir simultáneamente en el frente sanitario pero también en el frente económico y social. Debemos parar al virus y vencerlo, y debemos proteger nuestro empleo, nuestras empresas, nuestras familias, con un escudo económico y social, que sólo pueden forjar los poderes públicos; es decir, que nadie quede atrás», repetirá hasta la saciedad ésta última calculada declaración de intenciones. Y habla de hitos, y repite hasta el hastío: «Y para que la salida de la emergencia económica, en la que desgraciadamente estamos inmersos, sea una ‘V’ y no una ‘L’, para que la caída venga seguida de una recuperación, y no de un estancamiento. Y para ello tenemos que ser contundentes, y por ello, hemos decidido reforzar las iniciativas…», etcétera, etcétera, etcétera. No menos del 80% de lo expuesto por Sánchez fue teatralizada retórica ante la ciudadanía, frases huecas, humo, reiteraciones, ambigüedades, obviedades, despistes para enmarañar su deplorable partidista actuación en las primeras semanas, luego del conocimiento de la irrupción del coronavirus COVID-19, de las medidas tomadas en China, en Corea y del alarmante debacle en Italia.

Pero no quedó en morrocotudo rollazo lo que nos espetó el trilero de la Moncloa, porque volvió a tratar de engañar a los españoles, puesto que los importes de medidas salvadoras que ha aprobado él, el único, el incomparable, el irrepetible, no son específicas para aplacar la crisis, como afirma reiteradamente. Anunció con la solemnidad del estadista que sueña ser —y debe ensayar frente al espejo—: «Les anuncio (redobles de tambor, si le hubiese dejado Redondo) que vamos a movilizar hasta 200.000 millones de euros. Repito la cifra: 200.000 millones de euros, cerca de un 20% de nuestra capacidad de producción de riqueza anual, de nuestro P.I.B. (…) Insisto (y aquí enfatiza dejando el alma y la expresión facial de compungido padre de la Patria que vela por sus hijos), la mayor movilización de recursos económicos de la historia reciente de España, y en un corto espacio de tiempo, muy corto espacio de tiempo», más reiteraciones para que cale el mensaje en el ciudadano incauto. Engaño digo porque ha metiendo en el saco importes que son parte de reclamaciones, ya en los tribunales, de las comunidades autónomas para la Sanidad Pública, 2.800 millones. Otros mil millones ya previstos (y presupuestados) para estas ocasiones por el Fondo de Contingencia. Suma y sigue. Más otras medidas que sólo engordan la literatura, por su ineficacia, como créditos a través de líneas ICO, entidad que concede préstamos exclusivamente si el negocio es viable, sí o sí. ¿En estas circunstancias? ¿Y los autónomos? Te facilito el acceso a la prestación social por cese de actividad —¡oh, cuánta generosidad!—, pero tendrás que seguir pagando la cotización social. Y pan y ajo. Tanta morralla, tanto embrollo que reputados economistas están aclarando y destapando sus trampas.  

Entre tanto, ya están instruidos los medios amigos, las televisiones del régimen frente populista, para que ante la mínima crítica que un científico, o un contertulio, o cualquiera que se niegue a arrastrar su dignidad por los consabidos platós, haga una crítica que se salga de la disimulada línea establecida. De inmediato espeta el conductor del programa la consigna: «No es el momento para hablar de tales cosas…». Nunca es el momento. Y caen muchos en la trampa. La crítica a la infamia de quienes nos gobiernan siempre es preceptiva, y hoy lo es, puesto que no implica el abandono de nuestras responsabilidades. Sólo espero que cuando esta crisis sanitaria sea controlada y vuelva la normalidad a la sociedad española, esta misma sociedad salga de su letargo y clame hasta la extenuación por sacar de la Moncloa al más falso y amoral gobernante de Occidente, y no calle hasta conseguirlo. Por el bien de todos.