En marzo de 2019 el movimiento feminista estaba en su máximo esplendor, parecía como si el feminismo se fuese a comer el mundo; su vigor, su lozanía eran envidiables para cualquier revolucionario, era un torbellino sin freno que parecía no tener límites. El caso de la manada había caldeado los ánimos, todo el mundo hablaba del tema ¿tu que piensas de la manada? Era una pregunta frecuente de sobremesa.

 

En Madrid la manifestación del 8M se llevaba preparando durante meses, la semana previa ya se podía ver a muchas “hoolingans” presumiendo de cartel, con su indumentaria pintoresca y sus miradas provocativas. Yo me dedicaba a cuidar mi caballerosidad y les cedía el paso o el asiento del metro a la primera oportunidad: a un fanático solo hay una manera correcta de tratarlo, con mucho amor y amabilidad.

 

La cuestión es que ver expresiones tan exacerbadas de fervor “revolucionario” hizo que me picase la curiosidad: quería ver con mis propios ojos las extravagancias burguesas de la grey urbanita –será que soy de pueblo y no dejo de impresionarme con eventos de masas– de modo que aquella tarde salí de mi clase de ingles en la plaza de Toledo y puse rumbo hacia Gran Vía, después de una semana muy fogueada en mis temas, me sentaría bien darme un largo paseo por las calles de la capital.

 

lamentablemente el evento no estuvo a la altura de mis expectativas. En la televisión había visto imágenes muy emocionantes de manifestaciones de otros años, a decir verdad si me impresionó la panorámica: nunca había visto a tantas personas juntas en el mismo sitio, pero para nada era aquello lo que prometían los informativos: danzas, cantos y rituales insólitos. Lo que me encontré fue a una mayoría de personas corrientes dispuestas a disfrutar de una tarde con los amigos o con la familia – esa es la triste realidad para las feministas–. La gente compraba cervezas a los vendedores ambulantes, disfrutaban de sus pitillos, hablaban plácidamente; las adolescentes cantaban lemas feministas y exhibían carteles donde exageraban sus frustraciones con el otro sexo; vamos nada que no haga un adolescente cuando va a un concierto. También se veía alguna señora con demasiados años para aquello, pero en fin, esto es relativo y cada uno elige donde están sus límites, la libertad tiene un precio. Puede que “lo bueno” estuviese en el centro del meollo –me fue imposible llegar– y seguramente reservado para las cámaras de la prensa, como si hubiesen plantado a posta a los elementos más radicales del movimiento con fines propagandísticos, pero yo aquello no lo vi, ni me pareció que fuese predominante.

 

La verdad es que el ambientillo era muy bueno, daban ganas de haber organizado una tarde por allí con los amigos; había muchas mujeres muy guapas, jóvenes y alegres, tantas como uno es incapaz imaginar en sus mejores sueños; creo que si plantasen allí a un hombre ajeno a la lengua española y al feminismo, tendría serías dificultades para distinguir entre una manifestación reivindicativa y un paraíso terrenal: la mayoría iban vestidas correctamente, y nada tenían que ver con el arquetipo de feminista radical del imaginario colectivo.

 

El caso es que después de aquella experiencia cambié mi visión sobre el feminismo, como diría Bacon: derroté a los ídolos de la plaza pública, y me quedé mucho más tranquilo. El feminismo me parecía un movimiento triunfante y con un largo recorrido por delante, pero esa tarde descubrí que no es tanto la enfermedad como un síntoma de la dolencia. El feminismo actual es un efluvio del marxismo cultural –esto no es nada nuevo– pero que no deja de ser algo temporal y condenado a desaparecer por necesidad: los eslóganes, los cánticos, la propaganda… son elementos pasajeros que solo duran lo que dura la emoción de su novedad; con el tiempo se convierten en repetitivos y terminan por cansar al personal. En los últimos años el feminismo en España ha sido tan intenso y radical que se ha consumido por su búsqueda de novedad, ha mutado en una cosa irreconocible, en la que ya no se sabe si defiende a la mujer o la desdibuja en otros elementos revolucionarios, ya es tan disparatado que la gente empieza a bajarse del barco “esto no es no lo que nosotros queríamos” parecen decir. Es un movimiento que se cae por su propio peso, su axioma básico es el del patriarcado, y de allí se parte en una deducción delirante. El patriarcado no existe, ni a existido, ni existirá… y menos en España que venimos genético-culturalmente determinados por organizaciones de base matriarcal. El patriarcado, la raza o la razón pura son puros mitos, y por tanto adolecen de una cojera fundamental: no son necesarios y en consecuencia solo son capaces de imponerse por la violencia: por el descrédito, el insulto, la coacción y en último término compeliendo a la persona – esto le encanta los extremistas de todo género–.

 

Gracias a Dios el tiempo del feminismo está pasando, pero ahora el marxismo cultural o globalismo redirigirá su carga afectiva a otro objeto distinto: algunos ya estarán viendo hacia que, en todo caso hacia un fin totalitario que es lo propio del poder. Pero por ahora disfrutemos del momento presente, a ver si podemos recuperar sin complejos esa sana y divertida crítica hacia las pequeñas frustraciones que nos produce el otro sexo, el compañero de vida, y que tantos buenos momentos nos dan en las tertulias con las amigas y los amigos: “todos los hombres sois iguales” “todas las mujeres hacéis lo mismo”… en fin, esas maravillosas diferencia en el otro que nos inspiran, que nos apasionan y que nos dan motivos para vivir; y es que en esta vida no hay nada más hermoso que encontrar el amor en otro: sea de la raza, del sexo o la ideología que sea; decía Epicuro que la amistas es lo más necesario para la vida, yo también lo creo.

 

«nada de malo hay en ello, Efestión también es Alejandro»