Nadie pone en duda que las consecuencias de los últimos años de reinado del comisionista, voraz y enamoradizo Juan Carlos I constituyen una pesada herencia para el futuro de la Monarquía. Ahora bien, quedarse en este argumento para justificar su forzado destierro es perder acentos imprescindibles y guardar silencios que luego, en un alarde de contradicción máxima, hablan y definen lo que hay más allá de lo que se argumenta en primera instancia, según lo obligado.

Y cuáles son esos silencios que luego hablan. Pongamos tres ejemplos:  

“El rey Emérito decide dejar España después de meses de presiones del Gobierno para que abandonara y de esta forma cargarse el régimen del 78” (Editorial de El Mundo, 4 de agosto de 2020). “Un gigante histórico que no merecía acabar cargado de oprobio y rechazo, y enviado al destierro” (Ignacio Camacho, El Rey solo. ABC, 4 de agosto de 2020). “Este ataque a la Monarquía pone en peligro la unidad de España” (Ramón Pérez Maura en ABC, 4 de agosto de 2020)

Participemos o no de estos argumentos, lo cierto es que no hay todavía fecha para el hijo, aunque el guión, bien sabemos, se adaptará entonces a los nuevos tiempos sin importar el papel histórico que pueda desempeñar Felipe VI, porque aquí la cuestión es traer la República como forma de Estado, que mucho me temo vendrá entre el ruido y la furia. La única diferencia respecto al padre será que el hijo no tendrá que despedirse de nadie, obligándose a dejar una frase para la Historia. Lo suyo será irse sin más y cerrar la puerta. Puede que antes se la consienta entronizar Reina por un día a la niña Leonor, ya toisonada. Bien es cierto que antes de eso la Corona sufrirá una intervención irreversible de readaptación y reajuste desde la que enfocar su destino hacia su final.

Ahora muchos se darán cuenta del error de no haber tenido un Consejo del Reino formado por hombres capacitados y de sobrada solvencia moral e intelectual, que no un Consejo de Estado formado entre otros por María Teresa Fernández de la Vega Sanz, Alberto Aza Arias o Soraya Sáenz de Santamaría Antón, sin desmerecer al nieto atribulado de Zapatero.   

No tengo la menor duda de que José Antonio será el intelectual a reivindicar tras esta tremenda crisis nacional que gestada al comienzo de la Transición está a punto de estallar. Y lo será, porque es la mente que mejor ha sabido descifrar los problemas colectivos del mundo moderno, mirando la política por encima de la discusión ideológica entre izquierdas y derechas y advirtiendo que el conflicto fundamental era el tipo de Estado. Se volverá a él, y quienes venimos siguiéndole con verdadera pasión, no adscritos a ninguna formación en la que se le achica, nos alegraremos por España.