La otra noche, mientras miraba de reojo las noticias sentado sobre un cómodo sofá me quedé dormido antes de empezar a notar los efectos del adoctrinamiento al que el Gobierno nos somete para hacer de nosotros ciudadanos políticamente correctos, y allí, inconsciente, comenzaron a desfilar por mi mente, en confusa sucesión, imágenes reales que se habían comentado en el telediario sobre las elecciones norteamericanas, mezcladas con otras fruto de mi pura fantasía. Veía a Donald Trump protestando por lo que decía ser un robo electoral, la rabia y frustración de sus votantes, el asalto al Capitolio y la ceremonia de toma de posesión de Biden. Y contemplaba también  al nuevo presidente en su flamante despacho, muy ocupado firmando ansiosamente mil papeles que le presentaban sus consejeros. Antes o después, o quizás al mismo tiempo, me venían a la cabeza, como fogonazos, mareas humanas saltando muros, invadiendo propiedades ajenas y dejando tras de sí un rastro de miseria, violencia y desolación sobre la tierra que pisaban. Toda la pasión del mandatario parecía consistir en desbaratar a toda prisa un trabajo concienzudo y costoso de su antecesor a cualquier precio como si en ello le fueran la vida y el alma. Pero  detrás de su mesa no veía su inmenso ventanal traspasado de fulgurante luz sino una lúgubre e inquietante  imagen que había contemplado muchas veces en el Museo del Prado: allí estaba  el cuadro de Goya El Coloso, el gigante que avanza amenazador, puño en alto, sobre un pueblo que huye aterrado en medio de la noche.

         De pronto, arrastradas por una leve brisa o un soplo fantasmal, todas esas imágenes se disiparon como si fueran de vaho y el rostro de Kamala Harris apareció en escena para indicarme, con solo el poder de su mirada maléfica, que debía estar atento a lo que se me iba a mostrar. Tal como lo vi y lo sentí os  lo cuento. Meditad sobre ello los que creéis que Dios nos habla mientras dormimos.

         El nuevo presidente de los Estados Unidos de América asistía, para cumplir con el precepto dominical, a la misa que se celebraba en la iglesia de la Santísima Trinidad de Washington, muy cercana a la Casa Blanca. Y llegado el momento de la Comunión  Biden, católico como el que más, se acercaba al sacerdote jesuita oficiante acercándole sus manos para recibir en ellas el cuerpo de Cristo y llevárselo a la boca con devoción, ante la mirada atenta de algunas cámaras de televisión que filmaban la escena para difundirlas por toda la cristiandad. Pero esas manos beatas de Biden acababan de firmar su prometida ley federal para blindar el aborto, de tal forma que no pudiera ser  prohibido por ninguna sentencia emitida por los jueces defensores de la vida nombrados en su día por su enemigo Donald Trump. Veía, como reunidas en una sola,  las imágenes de millones de fetos retorcerse en la entrañas de sus madres sintiendo acercarse a ellos el garfio, el succionador o la tenaza de sus aborteros, esos grandes benefactores del colectivo feminista mundial y de sus propios bolsillos.  Y muchos de ellos, tan creyentes y piadosos como Biden, contemplaban la escena y rezaban por su nuevo presidente, agradeciéndole haberles librado de la amenaza de perder su empleo y tener que buscarse, a su edad,  otro que tal vez fuera honrado. ¡Oh, qué expresión luminosa en el rostro orante del nuevo líder de la nación, que solo Bernini, si le fuese dado el privilegio de regresar de la muerte, sabría reflejar en todo su esplendor a golpes de buril sobre mármol!...

         Biden, ya regresado a su asiento, meditaba en profunda emoción y -cosas propias de los sueños- yo podía escuchar su secreta  oración, que llegaba a mi mente en perfecto español para que yo pudiera, también a buril, grabarla palabra a palabra en mi memoria y revelaros su exacto contenido.       

-“Tú eres quien  portas la antorcha de la libertad que ilumina el mundo: todo lo demás es oscuro, caduco y ominoso. Por encontrar tu luz he subido a lo más alto,  he bajado a lo más hondo, he recorrido lo recto y lo tortuoso, he franqueado las puertas que a otros les son vetadas: nada me ha frenado. Todo te lo di y todo me lo has dado. Pero  no prolongues más esta farsa, porque  siento en mi boca el peso de una rueda de molino que me ulcera la lengua. ¿No ves que se me traba, que ya no sé ni lo que digo?... Ella, Kamala, es joven, vigorosa, capaz:  desea tomar  mi relevo cuanto antes, y yo me merezco un descanso. La más abortista de las mujeres, la mayor enemiga de la cruz, te pagará el tributo de sangre por el que otorgas tu favor a tus elegidos”.

         Sé que el sueño de la razón produce monstruos y toros que acometen con furia pero vuelan con alas de mariposa; me encontraba aturdido y empezaba a sospechar que soñaba, que no podía ser real nada de lo que veía y escuchaba: ¿a quién rezaba Biden?... Tras una pausa, su extraña oración continuó:

-“La caridad derriba todos los muros, no teme el rigor de las fronteras, abre todos los cerrojos y rompe todos los candados. Por ella entra la peste en las ciudades y desola los hogares. Ni yo ni los míos la tememos: nosotros, los más ricos entre los ricos, somos inmunes a sus hediondos efluvios pero  muy receptivos hacia sus votos.  Con ellos jamás seremos desalojados del poder supremo sobre el mundo. ¡Y todo a cambio de migajas!...Quisieron apartarnos de esta misión: descubrieron algunos de nuestros trucos y pensaron que podían vencernos en los tribunales;  pero los jueces estaban de nuestra parte y les cerraron sus puertas. Nadie podrá ya detenernos. Continuaremos esta lucha hasta el final, y el final será tu gloria sobre este mundo, porque se avecina el día en que no quede una cruz erguida sobre la tierra”.

          Todo se hizo de noche en un instante, o quizás ya lo era; pero una negrura desconocida cobró vida en aquel espacio y habló dirigiéndose a Biden, que aún permanecía sentado, y como ensimismado, en aquel templo católico, pero al que yo ahora no podía ver; solo intuía su presencia: 

-“Porque sé que no me escuchas te hablo a los oídos del alma y no a los del cuerpo: Si tuviera corazón como tengo cabeza te tendría entre mis hijos más dilectos y con el mayor de los afectos te trataría, pues es grande el servicio que me prestas poniendo en mis manos el cetro del país más poderoso del mundo; pero  si pudieses hurgar en las entrañas de mi pecho no encontrarías víscera alguna sino una raíz de mandrágora que envenena todo mi pensamiento y alimenta todos mis actos. ¿Acaso piensas que no es tóxica tu relación conmigo, que yo hago excepciones?... Tú aciertas al confiar en que yo cumpla todas las promesas terrenales que hago a los humanos: concedo, fiel a mi palabra, poder, riqueza y honores a quienes sirven con diligencia a  mis propósitos; pero yerras por completo al pensar que mi palabra se extienda más allá de la muerte, pues no es por probidad que yo la cumpla en este mundo sino por astucia,  tan alto es el galardón que recibo cuando me entregáis vuestras almas a cambio de los oropeles que ofrezco como preciados tesoros. Porque en las tinieblas donde yo impero no reina nunca la calma que anheláis sino una tempestad abrumadora, y no hay lugar para el gozo sino para la tribulación perpetua. Ved así qué poco nos parecemos, siendo que trabajamos para una misma causa, pues vosotros, a diferencia de mí, tenéis corazón para amar y desamar a vuestro antojo, pero carecéis totalmente de cabeza... ¡Tan necios sois!”

         Se desvaneció mi sueño entre las brumas de la mañana y recordé unas famosas palabras de Martin Lhuter King al pueblo americano pronunciadas junto a la estatua de Lincoln: “¡yo tengo un sueño!, ¡yo tengo un sueño!”…El suyo, hermoso y fraternal, se ha cumplido en parte. El mío, perturbador, amenaza con cumplirse del todo. El aguafuerte de Goya Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer puso fin a mi sueño y me pareció vislumbrar entre sus sombras la imagen del genio de Fuendetodos, que parece seguirme a todas partes, contemplando, expectante y temeroso, lo que se avecina al mundo mientras éste duerme.

         Pero la Divina Providencia encamina el paso de la historia por senderos tortuosos que no llegamos a comprender, y aún queda un lugar para la esperanza;  Dios no abandona a los hombres que elige para cumplir sus designios: solo los fortalece sometiéndolos a pruebas dolorosas. Estad atentos a esto que ha de llegar. Donald Trump no lo ha perdido todo: tiene a más de setenta millones de norteamericanos de su lado. Y las ideas que defiende no morirán con él.