Cuando el sábado 8 de Febrero, apenas unos meses después de haber exhumado a Franco ,me topé en el telediario con las imágenes de Pedro Sánchez y su flamante gobierno campando a sus anchas por Quintos de Mora , con atuendo informal, poco antes de posar ,ufanos y risueños, para los medios gráficos, sentí  una extraña mezcla  de desazón y nostalgia.
   No en vano fue en esos idílicos parajes donde siendo mi padre ministro de Hacienda de Franco en la década de los sesenta  pasé con mi familia una Semana Santa y mi progenitor abatió un  ejemplar macho de cabra hispánica, cuya cabeza disecada presidió, con sus cuernas anilladas y robustas y la barba oscura bajo el mentón , el recibidor de nuestra casa de Madrid constituyendo parte del acervo familiar.
   Aunque apodado el «rancho de Aznar» por Condoleezza Rice, y considerado el Camp David español por haber acogido, entre otros ilustres mandatarios internacionales,a George W. Bush, Tony Blair o Lula da Silva ,lo cierto es que ésos paradisíacos predios fueron comprados por el gobierno de Franco al pueblo de Mora de Toledo en 1942 y allí se retiraba el Caudillo cuando disponía de unos días de asueto para su solaz y esparcimiento a practicar sus dos aficiones favoritas:la caza y la pesca.
   En un Land Rover desvencijado transitamos ésos caminos forestales con las ventanillas abiertas, respirando el aire puro del bosque, perfumado de jara y tomillo, entre brezos, alcornoques y madroños, mientras divisábamos conejos y jinetas en medio de un denso silencio sólo roto por el rumor de un arroyo o el zureo de las palomas torcaces.
   Desde lo alto de un peñasco enfocamos con los prismáticos la sierra de Toledo,el majestuoso y cenital vuelo de un águila imperial ,y distinguimos entre el follaje una manada de muflones salvajes.
   Una radiante mañana ,mientras arrojaba guijarros de canto con mis hermanos sobre la superficie del río de las Navas, donde se zambullian los sapos y las ranas ,avisté una nutria buceando en zig zag  hasta emerger abruptamente de las aguas cristalinas con su pelaje oscuro y reluciente, escabulléndose entre los juncos y los herbazales.
   Alrededor de la vivienda, enclavada sobre una raña  y rodeada de un patio con arcos, perseguíamos saltamontes entre las flores silvestres, trepábamos por las encinas y le suplicamos a mi padre que nos aupara a la grupa de la escultura de un ciervo bramando que se alza junto a la puerta.
   Al languidecer el día, nos refugiábamos en la casa ,decorada con vigas de madera, trofeos de caza y rústicos muebles castellanos por cuyos largos pasillos jugábamos al escondite, ocultándonos tras las cortinas, dentro de los armarios o bajo las camas de todas las habitaciones menos una: la de Franco ,que envuelta en un halo de misterio permanecía cerrada a cal y canto.
   En aquella España impregnada de un espíritu místico y religioso se respetaba escrupulosamente la Cuaresma y comíamos en una mesa, grande y rectangular ,verdura y pescado fresco capturado en los afluentes del Guadiana: trucha, corvina, cangrejos de río...y torrijas aromatizadas con canela y vainilla, para merendar.
   Como la televisión, una arcaica telefunken, solo emitía procesiones, los santos oficios o música sacra, nosotros nos distraíamos con los juegos de mesa que había en la casa guardados en el cajón de una alacena:un parchís,un dominó,una baraja española con los naipes gastados con la que jugábamos a las siete y media...aunque lo que a mí me tenía fascinado era un ajedrez con las piezas de madera de boj y una base de fieltro verde que se deslizaban suavemente sobre el tablero revestido de cristal frente al que mi hermano y yo nos devanábamos los sesos.
   -No perdáis ninguna pieza, por favor...-nos advirtió mi padre una tarde lluviosa mientras leía el periódico junto a la chimenea en la que chisporroteaba la leña.-Y luego, mirándonos fijamente por encima de las gafas, añadió algo que  me impresionó-: Es el ajedrez de Franco...
   El Sábado Santo, la víspera de regresar a Madrid,nada más terminar la partida yo me encargué de guardar las piezas en la caja separando cuidadosamente  las negras de las blancas.
   -¿Están todas?-me preguntó mi padre pasándome la mano por el hombro.
     -Sí -le aseguré yo satisfecho.
   Después de cerrar la tapa ,no sin cierta nostalgia ,deposité la caja de cartón piedra sobre el tablero de un golpe seco y comprobé desolado que el vidrio se había resquebrajado.
   Miré a uno y otro lado y, tras cerciorarme de que no había testigos del estropicio, coloqué disimuladamente el ajedrez hecho añicos sobre un anaquel de la librería aunque el sentimiento de culpa me atormentó durante días...
   Por eso, cuando semanas más tarde, una luminosa mañana de domingo, en el Paseo de la Castellana, engalanado con banderas de España ,segundos antes de arrancar el Desfile de la Victoria un estridente toque de clarín anunció la llegada de Franco no pude por menos que dar un respingo.
   Tras protegerme de los rayos del sol con la mano ,a la vez que sonaban los acordes del himno nacional, avisté al Generalísimo desde la tribuna de invitados ,donde estaba sentado junto a mi madre y mis hermanos ,avanzando lentamente hacia nosotros en un imponente Rolls Royce descapotable, custodiado por la Guardia Mora  con sus pomposos uniformes trotando a lomos de los caballos, y vitoreado por la muchedumbre enfervorizada mientras yo poco a poco me «jibarizaba»... hasta que se detuvo justo a nuestro lado.
   En cuanto descendió del vehículo ,el Caudillo fue cumplimentado ceremoniosamente por sus ministros, entre quienes distinguí ,con orgullo, a mi padre; luego trepó a la Tribuna Presidencial ,y posteriormente ocupó el arengario ,entre el ministro del Ejército y el Príncipe Juan Carlos.
   Precedidos de grímpolas, banderas y estandartes desfilaron con marcialidad soldados de los tres ejércitos entre jeeps, tanques y carros de combate; escuadrones motorizados, unidades de la Policía Armada y de la Guardia Civil jaleados por un público entusiasta que abarrotaba los andenes mientras los atronadores aviones surcaban el cielo raso de Madrid dejando una estela rojigualda en el aire sin que yo dejara de mirar con el rabillo del ojo a Franco que, luciendo sus centelleantes condecoraciones en la pechera ,permanecía erguido e inmóvil, como una esfinge ,en el estrado hasta que poco antes de terminar la Parada mi padre se acercó presurosamente a nosotros desde la tribuna de al lado.
   -¿Queréis saludar a Franco?-inquirió.
   -No-respondi yo demudado con un hilo de voz.
   No sé yo si por tener tan buenos recuerdos de aquella Semana Santa en Quintos de Mora -pese al accidentado episodio del ajedrez del Caudillo- me resultó particularmente obsceno contemplar a nuestro Presidente del Gobierno paseando como Pedro por su casa por ese entorno bucólico ,hollando aquellas tierras que- insisto- compró Franco ,tras haberlo desenterrado aviesamente ,desoyendo el clamor de su familia ,aunque en medio-eso  sí- del silencio ominoso y cómplice de la mayoría  de la sociedad española.
    Desde que es Presidente-y dada su querencia por el lugar-,Pedro Sánchez se ha instalado en Quintos de Mora  en numerosas ocasiones pero concretamente fue esta última Navidad- aunque no haya testimonios gráficos que lo acrediten por tratarse de una estancia privada-la primera vez que se estableció unos días tras la exhumación de Franco, de la que se felicitó exultante en su comparecencia televisiva el 24 de Octubre ,avalado por la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo ,anteponiendo los derechos que proceden de la ley a los que- inherentes a la dignidad del ser humano- la preceden, es decir, el Derecho Natural.
   Es fácil imaginar a nuestro hombre ésas jornadas navideñas en el interior de la vivienda de Quintos de Mora, adornada con velas doradas y piñas secas,entre las frondosas hojas rojas de las poinsettias y las titilantes lucecitas de colores del abeto ,en vísperas de la sesión de investidura que tuvo lugar el 5 de Enero ,sabiéndose ya Presidente« in pectore»,ebrio de gloria, acaso frente a la chimenea, retrepado en un sillón de orejas con los pies apoyados sobre una banqueta, contemplando el fulgor del fuego que ,como dijo Borges, «ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo».
   Ni siquiera él.
   O quizá en cuclillas, avivando las brasas con los resoplidos del fuelle del mismo modo que ha atizado el enfrentamiento entre los españoles.
   Y...¿por qué no?dando un paseo nocturno por el jardín iluminado cuando sopla la brisa fresca de  la sierra de Toledo  mientras los grillos redoblan su canto, antes de entrar en el aposento que durante no pocos años habitó el hombre cuyos huesos ordenó sacar con cajas destempladas de su lecho de muerte para dormir a pierna suelta...
   Ni en la antigua Roma llegaron tan lejos...
   La «damnatio memoriae»,la condena de la memoria, permitía al Senado decretar el olvido de un emperador repudiado:destruir sus esculturas, borrar sus inscripciones, eliminar sus imágenes y hasta pronunciar su nombre pero nunca perturbar el sueño de los muertos aunque sólo fuera por temor a destapar la caja de los truenos...
   Si todo eso no fuera bastante, a Pedro Sánchez todavía le faltaba algo por hacer:volar en el mismo helicóptero que-«habilitado»para la solemne ocasión- trasladó  el ataúd con los restos mortales de Franco desde el Valle de los Caídos hasta el cementerio de El Pardo adonde fue póstumamente «transterrado»,por emplear un término que acuñó un antifranquista redomado:José Gaos.
   Y lo hizo...
   El 20 de Enero, con ocasión del cincuenta aniversario del Foro Económico de Davos, el Súper Puma AS Cougar del ala 48 del Ejército del Aire,matrícula HT 27 02 ,código táctico 402 25- aparatos que fueron adquiridos por el Gobierno de Franco en el verano de 1975 y estrenados por el todavía Príncipe Juan Carlos-despegó de la base de Cuatro Vientos y se dirigió al Palacio de la Moncloa ,en cuyo complejo aterrizó.
   Tras montarse en el helicóptero a buen seguro Pedro Sánchez se atusó el cabello alborotado por el remolino de las aspas y mientras ascendía a los cielos probablemente sintió una honda emoción sin reparar en que tal vez acabaría corriendo la misma suerte que Ícaro por desafiar al sol.
   En la base aérea de Torrejón de Ardoz le aguardaba el Falcón 900 B que acto seguido le condujo a los Alpes.
   Durante el trayecto, y antes de llegar a su punto de destino ,mientras  las alas del avión rasgaban los cirros sobrevolando  las cimas nevadas  de Davos, cumbre del capitalismo mundial, acaso el Presidente aún tuvo tiempo de repasar las notas de su discurso que, con su inequívoca fraseologia trufada de lugares comunes y lenguaje inclusivo, versó sobre el cambio climático.
   Aquel sábado 8 de Febrero, al caer la tarde, cuando concluyeron las« jornadas de convivencia» campestre en Quintos de Mora , que  sirvieron para «engrasar» las relaciones de los socialistas  con sus socios de Podemos, lo que menos pudo sospechar Pedro Sánchez , atlético y jovial ,mientras se despedía ,entre bromas y chanzas  ,al pie del estribo del autocar ,de sus ministros- y ministras-, puesto que él pernoctó en la finca ,era el horizonte distópico  -y luctuoso- que se avecinaba pero en el cielo de los Yébenes los murciélagos del crepúsculo ya habían empezado a revolotear...
   «La verdadera patria del hombre es su infancia»,dijo Rilke; y la mía está ligada a aquellos años en los que mi padre fue ministro de Franco.
   La sierra de Cazorla,el monte de El Pardo, las vacaciones estivales en las Casas de los Oficios frente al Monasterio de El Escorial...forman parte del paisaje de mi niñez,como un tesoro espiritual enterrado en la arena de una playa o arrumbado en el fondo del mar, de igual modo que esa arcádica finca de Quintos de Mora en la que descubrí la Naturaleza en estado puro y a cuyos parajes de ensueño 
alguna vez  he «regresado» a través del amargo sabor de las bellotas.

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MIGUEL ESPINOSA GARCÍA DE OTEYZA.
Escritor.