En España, en Europa y en la totalidad del mundo aledaño la sociedad está cada vez más dispuesta a acoger el totalitarismo como un subproducto inocuo de la democracia liberal. Con el lenitivo —la vaselina publicitaria, mediática e ideológica— adecuado, apenas nadie notará el trastrueque. Las libertades y los derechos son jibarizados a diario con el silencio ignaro de grandes capas de la población. El resultado es que cada semana se ultima un peldaño más del andamiaje que soportará en escasos años la dictadura planetaria que sueña con transformar al ser humano y transmutar el planeta en el que este habita. Basta con leer de forma adecuada las señales de la actualidad. Está ocurriendo. Ahora:

En España los hombres están en desigualdad jurídica —sus delitos conllevan una pena mayor— con las mujeres, gracias a una ley aprobada por el PSOE y Podemos; la ex-ministra de Justicia del PSOE, Dolores Delgado, ejerce de Fiscal General del Estado; acaba de ser aprobada una ley por la que se pueden cerrar empresas o requisar la propiedad privada a particulares en caso de “emergencia”; se ha impuesto en una región y es muy posible se extienda a otras tantas más la vacunación obligatoria; hay contactos directos entre el Gobierno de España y un Narco-Estado bolivariano, lo que hace sospechar que el primero pueda ser el emisario del segundo en Europa; se destituyó a un coronel de la Guardia Civil por razones estrictamente políticas; se impuso un “Estado de Alarma” que cada vez parece más claro que fue inconstitucional; aquellos que juran la Constitución contra la propia Constitución y que pretenden destruir España son los socios del Gobierno, que también parece querer fragmentar España; se quiere obligar a los médicos “objetores de conciencia” a practicar abortos y se prohíbe a los profesores enseñar verdades biológicas a los niños, a riesgo, en ambos casos, de resultar despedidos; medios de comunicación no dominados por los “Fondos Buitre” internacionales (BlackRock participa en PRISA, Atresmedia o Mediaset, entre otros) están condenados a la pobreza y son silenciados y censurados de forma sistemática en sus plataformas de emisión; etcétera. Esa es la dictadura nacional.

A nivel europeo estamos todos sometidos a un conglomerado supranacional cuya cara más visible, Macron, viene de trabajar directamente para los Rothschild —igual que Sánchez con Soros—; acabamos de ver como a Hungría se le retiran unos fondos a los que tenía derecho y se le amenaza con la expulsión de la Unión Europea solo por aprobar de forma democrática una ley que evita que los colectivos LGTB adoctrinen a los niños en las escuelas. Como ocurrió con Grecia hace años —porque Tsipras, un preboste del Poder, no quiso cumplir los designios, manifestados por la vía de un referéndum, de su pueblo—, la Unión Europea demuestra ser un club excluyente y totalitario que no admite miembros discordantes de sus postulados esenciales. Además se está aplicando y se quiere imponer de forma coercitiva una vacuna de efectos secundarios ignotos a largo plazo y tan lucrativa para las mismas farmacéuticas (Pfizer) controladas por “Fondos Buitre” más rentables que la mayoría de Estados del mundo (BlackRock), pero que no inmunizan contra el virus (¿cuál es su verdadero fin?). Esa es la dictadura europea.

En otras latitudes como en el continente americano hemos visto cómo, tanto en el Norte como en el Sur del mismo, se producían epatantes fraudes electorales para evitar que lo votado por el pueblo se imponga —como ocurrió en Colombia o como ha ocurrido con Trump— sobre lo anhelado por las élites. Y, a nivel global, cada vez resulta más evidente que, valiéndose de coartadas dudosas y bajo ningún concepto discutidas en parlamento alguno legitimado por una representación verosímil de los intereses populares, se están usando, a modo de catalizador, medidas supuestamente paliativas destinadas con el fin de “crear un entorno sostenible” y “reducir la desigualdad” para en realidad imponer preceptos de ingeniería social que horaden y atomicen de forma radical e inmediata el carácter histórico de los pueblos. Esa es la dictadura global.

La pulverización de las humanidades y el ofuscamiento de la metafísica nos han llevado a la erradicación de la conciencia individual. El objetivo es lobotomizar a la población, reducirlos a una caballeriza o acémila humana, para mejor domeñarlos a corto plazo y extinguirlos sin mayores disturbios a largo plazo. Se pretende sustituir las percepciones subjetivas de la realidad y toda noción de valor universal por una única red homogénea conectada a una entidad virtual controlada en su totalidad por una selecta aristocracia anónima (¿acaso saben algo de Klaus Schwab, Larry Fink, Giuliano di Bernardo o Vaclav Smil?). La manipulación mental y genética, así como el tráfico de datos privados, acabarán con todo resquicio de espiritualidad. De esta forma, el ser humano será finalmente sustituido y antes sometido bajo una tiranía cibernética controlada por la Inteligencia Artificial y algunos individuos humanos supuestamente “mejorados”, sin que nadie se conturbe demasiado por ello. En este Nuevo Despotismo Ilustrado, quienes dispongan del verdadero conocimiento inaccesible para las turbamultas podrán vivir en lugares tan opulentos como el espacio exterior o en suntuosas residencias privadas del todo inaccesibles para la mayoría de humanos. La droga y el consumismo desaforado harán dependientes a las masas de la “paguita” —conocida como “renta básica universal” en la neolengua— que el Estado les proporcionará para tenerles felices, dopados y controlados en sus putrefactas cochiqueras físicas y mentales.

El destino final de este trayecto colectivo que es el siglo XXI es la Utopía idílica de unos pocos que será, en realidad, la Distopía incruenta de los demás. A menos de que alguna de las varias operaciones en marcha —guerras, pandemias, crisis económicas, desastres climáticos, estallidos sociales, emergencias planetarias, un apagón, etcétera— que las élites nos tienen preparadas se les escape de las manos más allá de lo concebible o que un grupo lo suficientemente consistente de refractarios se rebele de forma implacable, la posibilidad de que este escenario tan delirante como aberrante no se encarne en un futuro próximo es una entelequia. A modo de corolario de esta selección de mojones esenciales de lo que está ocurriendo en nuestro tiempo —y de lo que podría ocurrir—, me permito apuntar que, quizá, quienes vivamos —es un decir— en la próxima década seamos los espectadores privilegiados del luctuoso fin de la condición humana. A menos de que tomemos la determinación de evitarlo.