Qué lejos quedan de nuestra España actual aquellos heroicos defensores de Numancia y Sagunto; los mismos que vencieron en Covadonga, en la Navas, en Garellano, en Otumba, en San Quintín y en Pavía, en las Terceras; los mismos de Cartagena de Indias y de Pensacola; los que se enfrentaron bravamente contra el enemigo el 2 de mayo y en Bailén; los de Igueriben y la defensa del Alcázar de Toledo; los grandes navegantes y descubridores; los propagadores de fe y cultura por todo el orbe. Hoy, de todo aquello, quedan tan solo las gloriosas páginas escritas en los libros de Historia.

Vivimos en una España acobardada, temerosa. La España de los bozales como mejor símbolo de la sumisión y el servilismo a un poder corrupto; la España en la que no se puede abrazar a un amigo ni besar a una novia porque así lo dispone el sátrapa de turno; la España de los pasaportes inventados para diferenciar a los buenos de los malos, a los esclavos de los disidentes; la España que sigue dejando morir a sus mayores en la soledad de sus casas o en las habitaciones de los hospitales con el pretexto del miedo a que nos contagiemos de una enfermedad creada y propagada, de forma intencionada, por un grupo de malhechores que deberían estar sentados ante un Tribunal que los enjuiciase por crímenes de lesa humanidad; la España de los policías de balcón o de esas estúpidas -hay más que estúpidos- que te exigen tener el bozal puesto en un bar hasta que no te sirvan la consumición como si ese bicho, inventado por el globalismo masón, distinguiese entre el que está consumiendo y el que no lo hace. Una España acobardada y temerosa que cree que, si se salva de este maldito virus chino, que todavía nadie sabe siquiera de donde salió, va a vivir eternamente. Pobres estúpidos y estúpidas -más de estas que de los otros- que prefieren vivir de rodillas, sometidos a un poder miserable y totalmente corrompido, que libres con capacidad de decidir sobre su vida y hacienda.

Entretanto, aprovechando esta situación sabiamente creada y manejada por el globalitarismo imperante con el fin de establecer el nuevo orden mundial, que suceden los atropellos contra nuestros derechos y libertades, entrando en escena auténticos parásitos sociales que ni tan siquiera cuentan con respaldo intelectual suficiente.

Ahora, por ejemplo, aparece una subnormal profunda que encima cobra un cuantioso sueldo pagado por todos, una tipeja miserable y analfabeta que, sin recato alguno, se permite proclamar que todos los hombres llevamos un monstruo dentro. Pero imbécil, que nadie tiene la culpa de que tu padre, tu marido o tu novio fuesen unos canallas y unos hijos de puta, que el resto somos gente normal que respetamos a la mujer como se merece ya que, entre otras cosas, es nuestra madre y la madre de nuestros hijos.

Esa misma individua que va a gastar nuestros dineros, con las bendiciones del poder, en promocionar que, en lo sucesivo, no haya mujeres delgadas para que todas se igualen a la baja con esos “baldreus”, como decimos en Galicia, que forman los estereotipos más característicos del elemento femenino de la ultraizquierda, de la podemía malvada y del separatismo miserable.      

Es de suponer que el siguiente paso será promover que las mujeres no se depilen y se dejen pelo como los osos, en este caso osas; que no se duchen y que vayan hechas unas guarras; que no se preocupen por su aspecto externo; que dejen de maquillarse y de ir a la peluquería.

¿Qué pasará entonces con la gran concubina, la nieta de la Rogelia o la felina esa con ojos de gata rabiosa, arquetipos de la pijoprogresía podemita, que ocupan puestos de responsabilidad y que tanto se esmeran en cuidar su imagen cara al público?, ¿también esas dejarán de ducharse, engordarán y no volverán a pintarse ni a vestir ropa cara de marca?

Ya estamos viendo las campanadas del próximo fin de año cuya retransmisión televisiva estará protagonizada por individuas totalmente desaliñadas y encima provistas de un respetable bigote para así merecer los plácemes de la pijoprogresía posmoderna.

De seguir reinando la estupidez, de seguir pretendiendo que las mujeres se igualen a la baja con esas desaliñadas y sucias de la ultraizquierda, habrá que entonar el réquiem por la característica fémina española, elegante, con clase, con estilo que sabe perfectamente ser una mujer, defender sus derechos y sus libertades, ocupar puestos de responsabilidad, sin por ello perder su encanto característico.

Y, entretanto, aquí nadie dice nada, nadie levanta la voz y todo el personal sigue acobardado, deambulando por las calles en solitario, como un alma en pena, oculto tras el bozal y evitando acercarse a nadie para evitar que la nueva cepa, venga de donde venga, lo contagie de este mal bicho creado para que unos pocos, esos que se ocultan tras las sombras para mover los hilos, puedan disponer de nuestras vidas, de nuestras libertades y de nuestros derechos más elementales.

Por vez primera, he de decir que estoy de acuerdo con el Presidente del Gobierno al decir que hay que empezar a tratar esta epidemia o lo que sea como una gripe, dando de una vez por todas la espalda a esos que, guiados por intereses bastardos, pretenden arruinar nuestras vidas y nuestra economía.

Es hora de despertar, de quemar los bozales y de exigir libertad y, de paso, animar al Presidente del Gobierno a que eche a patadas a toda esa patulea de sectarios incultos de la que se rodea ya que de lo contrario lo arrastrará con ella -algo que, a decir verdad, no me preocupa lo más mínimo- y lo que es peor, se llevará a España por delante.

Imitemos a todos aquellos de los que hemos hablado al principio de estos renglones, gente de todas las clases sociales, hombres y mujeres, que un día supieron con valentía defender sus derechos y la dignidad de España.