El mundo no soporta la verdad; menos aún si quien la nombra lo hace cara a cara, vive nuestro presente. La sociedad no soporta que se le diga que está plagada de espíritus esclavos y ruines que viven a gusto su naturaleza esclava y ruin. Ni soporta el hecho de que en ella también abunden los esclavos que, conscientes de su deformidad, tratan de disimularla creyéndose libres o haciéndose pasar por libres de cara a los demás. Pero el caso es que ningún ser humano debiera comportarse como esclavo humillándose ante los tiranos, y menos aún cantándoles loas mientras ellos los destruyen.

Si de verdad se quiere destronar a los tiranos, lo primero que hay que hacer es verificar si no es en nuestros corazones donde se asientan sus tronos, porque la queja, el temor del que quiere zafarse de ellos, numerosas veces tiene su raíz aclimatada en nosotros mismos y no en las manos ni en el poder del déspota. Y más aún: si se mienta a Dios para que nos libere de ellos, será necesario comprender que Dios no escucha las palabras de los pusilánimes ni de los hipócritas; sólo atenderá aquellas palabras que Él mismo pronuncia a través de nuestros labios.

Y lo mismo podría decirse de quienes tienen su fe puesta en las ayudas e intervenciones exteriores, que vengan de fuera a echarnos una mano. Algo que ni es factible, dada la coyuntura; ni es realista, teniendo en cuenta los intereses foráneos que procuran una España débil; ni por supuesto es honorable. Si queremos alcanzar un renovado ideal para nuestra patria habrá que procurarlo en el ámbito de la nación, mucho mejor que en el espacio internacional. 

Lo innegable es que nuestra actualidad es sombría. Y salvo las almas resentidas, generadoras de odio, y los vagos, okupas, delincuentes y subsidiados que viven gracias al partido de turno o de las sinecuras proporcionadas por el Estado partidocrático que nos aherroja, los ciudadanos se quejan de ello; la mayoría incluso amargamente.

Dentro de un mes en la Comunidad de Madrid habrá elecciones. Una cita electoral que si se lleva a cabo con limpieza, lo que está por ver, podría ser fundamental para el devenir de la patria y de los patriotas, es decir, para todos aquellos que se dignifican a través del trabajo, de la educación, de la cultura, del derecho, de las tradiciones, de la religiosidad y de la familia.

Hemos tenido numerosas citas electorales decisivas, en realidad todas lo son para las sociedades poseedoras de cultura cívica, y casi todas las hemos desperdiciado. Y en esta próxima es muy posible que repitamos los funestos errores cometidos anteriormente, volviendo a dilapidar una nueva posibilidad regeneradora. Digo esto porque, obviando lo esencial, contemplo con dolorosa estupefacción discusiones de cosas que no son del tiempo, es decir, discusiones acerca del sexo de los ángeles o que se centran en el dedo en vez de observar la luna.

Por ejemplo, votar a Ayuso o votar a VOX, lo cual, enunciado así, resulta engañoso, pues tratamos de ignorar o ignoramos que en nuestra ley electoral no se votan nombres, sino partidos. No se vota a Ayuso, sino al PP, un partido corrupto y traidor que, en su corta existencia y tras su máscara ecléctica, arrastra una historia de creciente ignominia. Una formación caracterizada por la reiterada deslealtad hacia sus votantes, a quienes con absoluto cinismo ha engañado una y otra vez, entregándose en manos de los enemigos naturales de éstos, y que es copartícipe, de la mano de los frentepopulistas, del estado de putrefacción en que nos encontramos.

Muchas voces están tratando y van a tratar de que veamos la paja en el ojo del único partido parlamentario inocente -al día de hoy, si deja de serlo en el futuro ya se lo demandaremos-, de esta barbarie asfixiante que nos envuelve, evitando que contemplemos la viga en el ojo de los restantes -con el PP a la cabeza-, verdaderos culpables del desatino durante décadas.

Votar a Ayuso, desestimando a VOX, supone caer en una pista falsa, en un error que sobrepasa lo político, como tantas veces han caído los seres humanos a lo largo de la historia. Las leyes totalitarias promulgadas por el PSOE, requeridas y jaleadas por los restantes frentepopulistas y bendecidas por el PP, todos los atropellos de la casta partidocrática, seguirán secuestrando la voluntad de los espíritus libres, pues a estas alturas no me atrevo a referirme a una voluntad popular que quepa secuestrar.

Dice la agudeza y experiencia popular que si te traicionan una vez, la culpa es del traidor; si te traicionan dos veces, la culpa te la tienes que repartir con el traidor; y si te traicionan tres veces o más, la culpa es tuya. El PP, es necesario insistir en ello, ha traicionado a sus votantes no tres, sino incontables veces.

Y no han sido traiciones veniales o sin consecuencias; por el contrario, en todas las ocasiones en que perpetró su deslealtad lo hizo de manera gravísima, consciente de que con su falacia contribuía al hundimiento de la patria en colaboración con las izquierdas resentidas. De ahí que votar o renovar el voto a este partido constituya una incoherencia, un masoquismo, una ingenuidad o una torpeza. En todo caso será un error de incalculables consecuencias negativas.

Resultaría paradójico que no fueran los enemigos de la verdad y de la libertad -a los cuales los tenemos definidos y aborrecidos- quienes frustraran la posibilidad regenerativa, sino los nuestros. Que fuera el fuego amigo el causante de unas bajas dolorosas, más penosas si cabe por demoledoras para la causa. No sería la primera vez, pero, en fin, quien por su propia culpa muere, nadie le llore.