Nota previa. —Hoy, oficialmente,  Raúl Castro se “jubila como político” al concluir el Congreso del Partido Comunista que esclaviza al pueblo cubano. Lo hace forzado por su salud,  que lo ha dejado sin fuerzas para gobernar. Esta noticia me da la oportunidad de hablar de la “Perla de las Antillas”, la preciosa Isla en la que transcurrieron maravillosamente  los primeros años de mi juventud –desde los diecisiete a los treinta y uno—y deseo hacerlo con cierta amplitud, en los artículos que sean necesarios.

Así llamaban los cubanos a la preciosa isla del Caribe cuando llegué en 1945. Y, en atención a que hoy Raúl Castro se retira de la “política” –o lo retira la mala salud y la impotencia para gobernar—que hoy concluye el Congreso Comunista que  tiene  esclavizados a todos los cubanos me ha parecido oportuno dedicar un espacio amplio a  la “perla del Caribe”.

Allí viví catorce años inolvidables de los

El 6 de agosto de ese año  le criminal Truman –por supuesto sin pasar luego por el tribunal de Núremberg-- ordenó masacrar la ciudad japonesa, Hiroshima, donde había más católicos japoneses—lanzando sobre ellos la primera bomba atómica. Murieron 120 000 civiles y quedaron heridos 130 000. El día 9 volvieron a lanzar otra bomba atómica sobre Nagasaki  con  80 000 muertos más. Ante esa terrible realidad el Emperador del Japón se rindió a los Aliados y el 1 de agosto acabó la Segunda Guerra Mundial.

Desde ese momento los océanos en especial el Atlántico volvieron a  ser utilizados para la navegación comercial. Durante seis años solo circulaban submarinos, barcos de guerra y mercantes al servicio de la Guerra. El turismo y los viajes de trabajo o negocio quedaron bloqueados.

El primer viaje entre España y Cuba correría a cargo del Marqués de Comillas que salió de Bilbao el domingo 2 de septiembre y llegaba a la Habana el día 28 viernes. En  ese primer viaje se embarcó el que firma esté artículo. Salimos de Bilbao y paramos en Vigo, luego nos detuvimos en Lisboa y de ahí fuimos a Funchal (islas Madeiras) y luego a Santa Cruz de Tenerife. N os despedimos de España y nos dirigimos a Curazao y  Puerto Cabello—donde por cierto cargaron agua que sabía a petróleo… Y, finalmente tras veintiséis días en el mar llegamos a La Habana el último viernes del mes.

Lo habitual era desembarcar en el muelle San Francisco, pero nosotros llegábamos desde España, y los Estados Unidos nos habían condenado a ser “leprosos” por lo que nos desembarcaron en Tiscornia. Al lado de La Cabaña al otro lado de la bahía. Era el lugar reservado para tener en “cuarentena” a todos los que por razones diversas, principalmente enfermedades contagiosas, como es norma viejísima. No se rían pero, probablemente la “peste franquista” podría haber causado estragos en Cuba si a los españoles nos dejaban entrar directamente… Con risa o sin ellas la realidad es que allí nos llevaron y tendríamos que dormir en ese lugar –que por cierto era precioso—y nos mirarían los pasaportes y nos “filtrarían” antes de admitirnos en la ciudad.

Probablemente se extrañen que setenta y seis años después de ese día recuerde que era “viernes”. No se extrañen, aparte de que gracias a Dios conservo la memoria hay un dato que me impide olvidarlo. Verán. En ese viaje donde venía gente famosa que había esperado meses y años para volver a América, iban muchos judíos pues la España de Franco había sido su mejor asilo durante la Segunda Guerra Mundial, como todo el mundo debería recordar y han olvidado. En el viaje trabé amistad con dos jovencitos hermanos judíos –David y Raquel Bominger, algo más jóvenes que yo—a los que enseñé a jugar al ajedrez  e hicieron más llevadero el largo viaje. Su familia se ve era fiel a sus tradiciones y el sábado, cuando nos llamaron para presentar pasaportes y hacer el resto de gestiones para autorizar la entrada, ellos no acudieron pues el sábado es sagrado para los judíos ortodoxos… y como el domingo lo es para los católicos, pues, hasta el lunes tuvieron que seguir en Tiscornia, con lo cual me despedí de ellos el viernes- Ya no los volví a ver.

Dos recuerdos más inolvidables de “Tiscornia”: Cuando llegó noche todos quedamos deslumbrados por la luz que la convertía en día, ¡Aquella “luz blanca" que nunca habíamos visto!. Y desde allí contemplamos la Habana iluminada. Habíamos dejado una España prácticamente a oscuras, donde los ascensores no funcionaban por falta de corriente, y las luces tenían pocas bujías pues había que ahorrar electricidad. Todavía no se habían terminado los innumerables pantanos de “Franco” al que sus enemigos le llamaban “el rana” por su obsesión por construirlos, y luego han permitido tener una España de noches “iluminadas y luminosas”…

Ustedes no se pueden imaginar lo que supuso para nosotros ese “contraste”. Y otro recuerdo: Al pagar la primera “Coca Cola que he tomado en mi vida, me sorprendió que les di un billete y me devolvieron el cambio en monedas “de plata”…  Hacía nueve años que no veía dinero en plata. Con la guerra el metal precioso se en pesetas de papel ¿las recuerdan?

También iba de pasajero el famoso torero mejicano Silverio Pérez. A la España liberada de Franco, vinieron en los años cuarenta los mejores toreros mejicanos junto con Carlos Arruza. Éste,  triunfo de tal modo que competía con Luis Miguel Dominguín y Manolete. Nosotros cantábamos aquello de “Desde que ha venido Arruza, Manolete esta que bufa... ¡Arruza!, ¡Arruza!”. Silverio Pérez fracasó como torero pero su “pasodoble” fue durante años la canción más oída en España.

He llegado a Cuba y he recibido los primeros “impactos” que continuaría experimentando al entrar en contacto con la gente de ese pueblo tan especial, tan igual y tan distinto al de la península y sus islas. Pero de eso seguiré hablando en el próximo escrito sobre “Cubita la bella”.