Hay cosas que duelen de pura verdad, de pura grandeza, de puro bonito, del desgarro que produce lo que no entendemos, lo que nos hace vibrar, como el cántico más hondo de la vida, hasta los luceros, más allá de la muerte.

Hay cosas que duelen de pura luz, de pura emoción, esa que te penetra en los tuétanos y te corta la respiración y te empapa los ojos aunque no quieras. Esa emoción que se siente al cerrar los ojos mientras suenan canciones de amor y de guerra y se borda en fuego rojo la negrura de la noche.

Esa emoción que desborda en Moncloa cada 20 de Noviembre, cuando sus Arcos se convierten en memoria y oración, en un altar efímero para quién ya es eterno. En formación los relevos aquí en la Tierra, como en el Cielo sus Centurias. Camisa azul mahón. Yugo y flechas. Presente, siempre.

La emoción del tributo por España, siempre al filo de la muerte. El peso de la Patria sobre los hombros. La Corona. En la memoria, nuestros mejores. Desgranando un camino que regaron con su sangre. Cantando. Contando. Hasta el Valle.

Silencio, nos mataron al mejor hombre de España.

Pólvora y sangre. Su legado.

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