Es de común opinión que, entre los legisladores, entre los jueces y magistrados y entre los políticos no abundan las conciencias honradas. Pero muy pocos y muy escasas veces nos planteamos si la sociedad no estará colaborando con la venalidad, la traición, la corrupción y el crimen de quienes dirigen la marcha del país desde las instituciones.

Cuando se aproximan unas elecciones conviene volver a preguntarse si la masa electoral española tiene conciencia bien informada y correctamente formada y, en consecuencia, si tiene conciencia democrática. Y si la tiene, ¿es consciente de que la conciencia ha de aplicarse en libertad, y que no es sólo un derecho, sino una obligación y una responsabilidad?

Una de las actitudes más miserables, una de las argucias más repugnantes de la cobardía, es decir que nada se adelanta con inculpar a un político delincuente porque otros seguirán delinquiendo; que nada se adelanta con decirle «ladrón» en su cara a un ladrón, porque con eso el crimen y el abuso no desaparecerán del mundo. Y, amparados en esa excusa, seguir eligiendo frívola o sectariamente al impostor porque «todos son iguales».

Todos los partidos del espectro parlamentario son culpables de esta catástrofe que padecemos. Todos, menos uno: VOX. Objetivamente sería a ese partido al que tendrían que ir los votos de la inmensa mayoría, no sólo por no ser culpable, sino porque hasta ahora -aunque no en todos los asuntos, como debiera- se opone frontalmente a los transgresores; pero no será así, por desgracia. Y cada elector que le niegue su confianza tendrá sin duda sus razones. La cuestión es si tales razones son respetuosas con unos principios morales fundados en el bien común; si están movidas por unos criterios cívicos socialmente compartidos por las gentes de bien, o motivados, por el contrario, por un rancio sectarismo o una torpe inactividad mental.

Si a cualquier persona normal le preguntaran sobre este asunto, respondería sin duda que estamos obligados a actuar según la propia y recta conciencia, conforme a unos criterios morales objetivos, anteponiendo el bien de todos al particular. Comportamiento que, en la práctica, la mayoría no cumple. El porqué de esta hipocresía, de esta contradicción entre el deber y el proceder, es tan viejo como el andar a pie, y tan decepcionante como el hecho de que elegir y reelegir a los verdugos no impide luego el pataleo de quejarse por el mal que voluntariamente se escogió.

Todas las luchas del hombre, todas las guerras, no son sino una pugna entre dos amores: la solidaridad y el egoísmo, el bien y el mal. Noble el uno e inmundo el otro; social el uno, que mira por el bien común, y el otro que busca en el bien común su propia utilidad. Uno sereno, prefiriendo la verdad a los engaños; turbulento, sedicioso y ávido el otro de mentiras. Uno amistoso, envidioso el otro; queriendo uno para el prójimo lo que quiere para sí, y anhelante el otro de someter el prójimo a sí. Uno rigiendo al prójimo para utilidad de éste, y el otro para la suya propia.

Las cobardes cautelas, las servidumbres cínicas, los fanatismos ciegos, los intereses sórdidos o simplemente los extemporáneos escepticismos nos envuelven a todos en una complicidad suicida. ¿Por qué quejarse de aquello a cuya existencia contribuimos? El caso es que, sabedores de que los Gobiernos son una consecuencia de los comportamientos y tendencias del individuo integrado en sociedad, ante los inminentes comicios debemos meditar en los efectos de nuestras decisiones y resolver sin demora: o conformarse con lo que tenemos, o rebelarse contra el abuso. 

Una sociedad madura y responsable está obligada a verse reflejada en su Gobierno, sin autoengaños, consciente de que en estos tiempos no puede separarse lo privado de lo público; que elegimos de acuerdo con lo que somos. Y si lo que elegimos son Gobiernos desleales y tramposos, corruptos y corruptores, ya sabemos por qué, pues cada cual halla lo que tiene en el fondo del corazón; o del estómago.