Estos mezquinos instrumentos del Mal, estos neofrentepopulistas que no dejan de destruir la libertad y la patria en nombre del bien común, mediante tenebrosas maquinaciones, no dicen más que memeces y maldades. Y es aburridísimo refutar maldades y memeces. Pero no hay más remedio que seguir haciéndolo, porque no podemos contentarnos con sentir hacia los déspotas el desprecio un tanto arrogante del filósofo.

Tanta o más fatiga da, quizás, ese trabajo sin gloria consistente en obstinarse en despertar todo el tiempo a una sociedad que se da por sometida. Y, más allá aún, lo que desespera a los hombres avisados y de buena voluntad no es sobre todo la consabida mala fe de los enemigos de la libertad y de la patria, de quienes siempre espera uno lo peor, ni el adocenamiento del común, sino la desorganización o el descuido de los amigos de la verdad, algo que no deja de resultar sorprendente.

La llamada transición democrática, ese supuesto proyecto de reforma institucional y cultural basado en una Constitución defectuosa, en cuyo nombre accedió al poder la izquierda socialista, ha sido profusa y gradualmente traicionada por ésta y por sus cómplices. Y lo ha sido, desde su comienzo, gracias a una red gigantesca de corrupción que ha afectado a la política, a la educación, a la cultura, a la justicia, a las finanzas y a la economía. 

Si, llegado el momento de variar el rumbo de una nación que va hacia el abismo, se supone que no puede contarse con esa parte del pueblo que, al no disponer de criterio propio, suele moverse por inconsistentes sentimientos, sí que debiera ser posible, por la razón contraria, apoyarse en una minoría de profesionales e intelectuales que, además de no prescindir de sus principios, consideran inaceptables el abuso infame del lenguaje o los ocios de esos estadistas dedicados a acelerar lo más posible, con los refrendos reales consiguientes, sus leyes ideológicas totalitarias. 

Pero esa élite valiosa, capaz de arrastrar a la sociedad civil, en vez de pergeñar una estrategia opositora contra el despotismo, ha dedicado todo este tiempo a perderlo sin organizarse, limitándose al desgarro de vestiduras. Durante estas últimas cuatro décadas, para evitar las protestas de los refractarios, se ha llegado a decir que alzar la voz en público era signo de impotencia. Y la intelectualidad en general, no sólo aquella que calló el crimen de Estado y de partido, ha aceptado ese principio.

Pero al enemigo no se le combate con el mismo lenguaje, sino que hace falta otro alternativo. Ese lenguaje contestatario, esa batalla cultural, ese contrapoder, es el que no ha sabido o querido crear la élite llamada a dirigir la sociedad civil, máxime teniendo a su favor unas hemerotecas que revelan palmariamente la historia demencial y siniestra del Leviatán a batir. 

Así, la Constitución, adorada verbalmente por casi todos como un texto sagrado, ha sido despreciada o defraudada a la luz del día, ignorando en la práctica sus aspectos más virtuosos. Y así, en vez de advertir al Rey que si no tiene tiempo, ni oído, ni ojos para escuchar y ver la agonía de España, tampoco puede tenerlo para reinar, se le ha consentido su peligroso silencio, confundiendo, a veces a propósito, la institución monárquica con su depositario. Y lo mismo ha ocurrido con la Universidad, con la Justicia, con las FF.AA…

De este modo fuimos construyendo una sociedad donde decir lo obvio era asunto extravagante o de aguafiestas, sin percatarnos de que diariamente estábamos entregando al enemigo los últimos bastiones de la dignidad. Con lo cual, de manera irremediable y repudiable, las izquierdas resentidas y sus cómplices han podido ir superponiendo aberraciones sobre insensateces, traiciones sobre infamias, hasta lograr su permanente objetivo de convertir a la masa en un cabrito fascinado ante un reptil.

Si en su día a la inmensa mayoría de los españoles les traían al pairo los GAL, los fondos reservados, las corruptelas y los abusos gubernamentales o partidocráticos, lo mismo ocurre ahora con el confinamiento y sus razones profundas. Ningún atisbo de rebeldía o análisis de la situación. Porque la sociedad española, gracias al neofrentepopulismo sociológico que se le ha inyectado durante estos últimos cuarenta años, y gracias a la dispersión de su oligarquía más noble, carece de verdaderos ciudadanos capaces de exigir responsabilidades al poder y sus tentáculos.

Entre el vulgo, cada cual, abducido por la contemplación de su ombligo y sólo atento a la propaganda ganadera difundida por los medios de manipulación de masas, se entrega a satisfacer sus propias necesidades y muy pocos a cumplir sus intereses cívicos. Por eso, y porque voluntariamente todo lo ignora acerca del Estado de derecho y sólo aspira a salvarse de la quema y a seguir subsistiendo con el mayor hedonismo posible, integra una masa social sin condiciones para defender la genuina democracia.

De ahí que esos mezquinos instrumentos del Mal a los que me refería al principio, oteen el panorama desde las atalayas de su impune jactancia y lleguen a la conclusión de que todo está en orden. Los ciudadanos pagan y ellos se lo reparten. Mientras tanto prosiguen sus turbias conjuras, ampliando la inmundicia, pues si bien el vulgo se cabrea a veces un poco porque es cierto que en la pocilga huele jodidamente a estiércol, acaba respondiéndose: « ¡qué le vamos a hacer!». Y sigue su camino, con la inseparable mascarilla a cuestas, pero indiferente o ignorante de las cadenas que arrastra. 

Mas como hasta que no se enfríe el infierno hay esperanza, ¿sabrán las élites forjar ahora, por fin, su unión y su estrategia? Si no es así, deberemos preguntarnos dónde está la solución para esta sociedad y en esta época. ¿Están gastadas nuestras sensibilidades? ¿Hacen falta otros hombres? ¿O tal vez otros dioses?