Hubo un tiempo en el que según nos cuentan, las mujeres tenían mucho miedo. Estaban sometidas al yugo tirano de sus maridos, que las maltrataban, trabajaban sin cesar en el cuidado del hogar, muchas sin ayuda y educadas para sufrir para los restos.

 

Otras mujeres sin embargo, nunca tuvieron miedo: trabajaban para sacar adelante a sus familias dentro y fuera del hogar, compartiendo con sus maridos duras tareas y sin miedo a nada que se les pusiera por delante. Otras, al tener una elevada posición social simplemente trabajaban para poder ser alguien independiente de la figura del marido y luchaban arduamente por ser ellas mismas.

 

Las mujeres de hoy en día sin embargo, ¿cómo somos?

Llegó la cuarta ola de la liberación femenina y con ella la tercera guerra mundial transformada en una guerra de sexos. El sexo antiguamente llamado débil ha pasado a ser el fuerte de la mano de leyes que nos empoderan, como si fuera necesario para demostrar nuestra valía.

Llegó la cuarta ola de la liberación femenina y con ella la tercera guerra mundial transformada en una guerra de sexos. El sexo antiguamente llamado débil ha pasado a ser el fuerte de la mano de leyes que nos empoderan, como si fuera necesario para demostrar nuestra valía.

Tenemos facilidad para acceder a carreras universitarias, tenemos más ventaja que los hombres para encontrar trabajo (pese a que muchas se empeñen en decir lo contrario, dado que existen muchas empresas subvencionadas por contratar mujeres, especialmente si existe una denuncia por maltrato). Pero el ansia de poder y notoriedad es tal, que en muchas ocasiones, aquella lucha feminista que en su momento fue necesaria y determinante para nuestro desarrollo personal y profesional se ha convertido en la antítesis de lo conseguido `por mujeres valientes dignas de mención.

Las que hoy se llaman a sí mismas feministas, se las han ingeniado para conseguir leyes que amparen la maldad y la venganza, simplemente atacando los pilares más importantes de la sociedad: la familia y el origen del ser humano, la maternidad.

 

A las mujeres del siglo XXI se las presenta como incapacitadas, como seres que no saben salir adelante por sí mismas si no es de la mano de la ayuda de las instituciones y del Estado. Personas que en vez de demostrar su valía personal y profesional prefieren mostrarse como seres que siempre precisan de algo a lo que agarrarse para hacerse notar.

 

Las adolescentes, el futuro de las mujeres, son captadas en los institutos y aleccionadas en el extremismo del feminismo, aquel que un día fue positivo, transformándolo en negativo en forma de chicas que aparecen en grandes carteles con el móvil en la mano y cara de asustadas porque “su novio le controla el móvil”, porque “su chico la dice que está gorda”, porque un chico cuando la invita a algo “la está acosando”, en definitiva, porque los chicos parece que son lo peor de lo peor. Menos mal que hoy en día, muchas de estas chicas tienen la cabeza bien amueblada y hacen caso omiso de estas afirmaciones. Todo sacado de su contexto natural termina convirtiéndose en una alarma social. Los adolescentes, el futuro de los hombres, terminan en las cloacas de la sociedad. Si bien es cierto, que muchos de ellos son bastante conscientes de lo que se les avecina.

Desgraciadamente, ellas siempre tendrán a alguien que en el peor de los casos las respalde. Pero ¿Y ellos? ¿Acaso son menos que ellas? Ellos ya han sido criminalizados desde su nacimiento y ellas victimizadas.

 

Muchas personas, cuando se les habla de estas cosas se quedan boquiabiertas, otras tildan estos comentarios de machistas. Es el opio de la ignoracia, porque una persona que lucha y trabaja por la consecución de la igualdad real y efectiva entre personas sin distinguirlas por su condición sexual, jamás podrá ser tildada de machista.

 

Como contrapartida, somos muchas las mujeres y cada vez más, las que hemos decidido alzar nuestra voz y decir alto y claro que ya basta de tomarnos el pelo y de utilizarnos.

 

Ya basta de fingir una debilidad que no tenemos.

Ya basta de obligarnos a destruir las vidas de los demás.

Ya basta de ofrecer impunidad a las venganzas familiares.

Ya basta de mostrarnos ante la sociedad como seres indignos.

 

Muchas de nosotras formamos parte de familias reconstituidas. Decidimos darnos una nueva oportunidad en nuestras relaciones sentimentales con hombres que, en infinidad de casos llevan el falso letrero de maltratadores, simplemente por no querer renunciar a su paternidad y por querer lo mejor para sus descendientes. Al margen de su posterior absolución, porque para la ley, y por ende para la sociedad, las falsas denuncias son inexistentes.

 

Nosotras, somos las que defendemos a capa y espada a nuestras nuevas parejas y a sus hijos, a los que tratamos como propios.

No necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer ni cómo debemos de hacerlo. Nos bastamos y sobramos para llevar a cabo nuestros objetivos personales y profesionales. Somos lo suficientemente inteligentes y plenamente conscientes de nuestro poder y de la situación de desigualdad de nuestras parejas, sus hijos y de todas las personas que componemos la sociedad.

 

Por todo ello, muchas de nosotras, y yo en particular, hemos decidido mostrar nuestro total desacuerdo con las actuales leyes vigentes a este respecto.

Nosotras no perdimos el miedo, sino que nunca lo tuvimos.