Si en rigor cualquier español tiene el compromiso de auxiliar a España, se ha puesto de moda, en estos tiempos de iniquidades cotidianas, un peculiar modo de servir a la patria, que deja al descubierto las deficiencias de la institución militar cuando esta adultera su misión y se vuelve espuria. Y que pone en evidencia al Ministerio de Defensa, quien, en principio, debería justificar la tarea que su nombre implica.

Las Fuerzas Armadas tienen la misión de defender el ordenamiento constitucional, y en ese ordenamiento se halla, junto a las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado, la misión de -bajo la dependencia del Gobierno- «proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana».

El caso es que lo de estar bajo la dependencia del Gobierno matón y chantajista lo cumplen a rajatabla esos mílites apoltronados en el pináculo jerárquico, aun a pesar de que el poder frentepopulista que nos aherroja, mediante el sectarismo que lo identifica, haya evidenciado por activa y por pasiva su firme decisión de desproteger, estigmatizar, linchar y hacer la vida imposible por todos los medios a aquellos ciudadanos que, en defensa de sus derechos constitucionales y naturales, es decir, humanos, se rebelan o intentan rebelarse contra la tiranía gubernamental.

Existen pocas profesiones tan gratas como la de militar. Profesión noble, tanto en su ejercicio como en su causa. En su ejercicio, porque una de las cualidades más fuertes, generosas y soberbias es el valor; y en su causa, porque no hay ninguna utilidad más justa y más honrosa que la custodia de la libertad y la grandeza del país de cada cual, y la de sus ciudadanos.

El militar genuino es veraz y activo, sereno ante tantos espectáculos trágicos como los que se ve obligado a contemplar. Su conversación y su lenguaje están ausentes de artificio; su manera de vivir es varonil y sin prosopopeya; la abnegación ante mil acciones diversas, la armonía vigorosa de la música castrense, que regocija nuestro oído y pone alientos a nuestra alma, son factores que adornan su talante y su cotidianidad. 

El honor de su servicio, su dureza y dificultad tan poco estimadas por algunos corazones, blandos o mezquinos, son otros componentes memorables de su ocupación. Como apuntó Séneca a Lucilio en sus epístolas, vivir significa militar; vivir, en cierto modo, supone desenvolverse en una dura milicia; por eso, vivir es ser militar.

Cuando una parte de nuestro prójimo nos supera en gracia, fuerza o fortuna, podemos alegar alguna causa para disculparnos; si cedemos a los demás en firmeza de alma sólo nosotros somos culpables. Permítaseme la metáfora: la muerte es más abyecta, más lánguida y amarga en el lecho que en el combate. Quien se encuentre habituado a soportar valerosamente los avatares cotidianos no es menester que se esfuerce para convertirse en soldado. 

Estoy convencido de que, no pocos, entre los profesionales en activo que integran nuestras Fuerzas Armadas, sienten y cumplen lo dicho en los cuatro párrafos anteriores. Ejemplos recientes y reconfortantes son los del coronel Martínez-Vara del Rey, así como la batalla mediática que unos cuantos militares, con muy precarios medios, están llevando a cabo desde su condición de reservistas o, sencillamente desde su espíritu y experiencia en la milicia, gente toda ella dispuesta siempre a luchar generosamente por un ideal. Sin especulaciones ni titubeos, con afán encomiable.

La gente de bien se siente afortunada con estos modelos de conducta. No obstante, la duda que desconcierta a tantos españoles, incapaces de sufrir en silencio e inertes la humillante situación que, en todos los órdenes, padece España y quienes la defienden y se sacrifican diariamente con sus acciones, aún a riesgo de su seguridad y de su vida, es: ¿dónde se hallan esos guerreros nuestros, poseedores de jurisdicción y mando, teóricos defensores de nuestra libertad?

Ítem más: ¿cómo, ejerciendo una inequívoca responsabilidad institucional, un cierto poder político, funcionarial o económico, se pueden aceptar, en una sociedad del siglo XXI, que se supone evolucionada, las cacerías humanas organizadas o permitidas por unos gobernantes sin escrúpulos, como estamos viendo diariamente, no sólo en Cataluña? ¿Cómo, desde la cúspide de las instituciones, puede mantenerse la indiferencia o la parálisis viendo a la intolerancia más atroz masacrar, por sistema, las tablas de la ley, o linchar los derechos comunes, tratar de liquidar sumariamente a las familias y, en especial, con acciones y conductas, escandalizar a la infancia, violentando o estuprando su inocencia?   

La ética está por encima de la política y del deber político, sobre todo cuando ese deber está empeñado en la labor de sostener a unas naturalezas miserables, a unos gobiernos pervertidos, que sólo miran para sí mismos y para su caterva de compinches. La democracia es sólo un método; un método depravado y hediondo, según nuestra experiencia de más de cuatro décadas. Y lo pútrido no es aconsejable, y menos aún respetable.

Cada día, más españoles de bien esperan que su queja llegue bastante clara para suscitar, más allá de una polémica, una reacción que es necesaria. Porque el fin es la verdad, la libertad. Conviene no olvidarlo nunca.