Después de una semana hablando de condados de Wisconsin y Arizona, los medios han proclamado finalmente a Joe Biden como 46º Presidente de EEUU. Pero si Trump no da su brazo a torcer, todavía espera de aquí a la jura oficial del cargo en el próximo enero una dura batalla legal para determinar si finalmente habrá relevo en el Despacho Oval. No sería la primera vez que la presidencia de EEUU se gana en los tribunales (Bush 2000), ni seguramente la primera vez que se comete fraude electoral (Kennedy 1960).

Para encontrar particularidades hay que mirar en otra dirección. Por lo pronto, se ha tratado de la elección con el récord más alto de participación desde 1900, lo que quiere decir que Biden, ganador en voto popular, ha sido el candidato más votado de la historia de EEUU. Que un carrerista gris de 77 años, que ya había fracasado dos veces en su carrera a la Casa Blanca y del que muchos dudaban incluso que fuese a conseguir pasar las primarias de su partido haya batido este récord es una nota sorprendente. Pero más sorprendente incluso es que Trump, con más de 70 millones de votos, haya obtenido el mejor resultado del Partido Republicano y el mejor resultado que ha logrado jamás un presidente tras su primer mandato.

Las altas cifras de participación, lejos de ser un síntoma de la salud de la democracia estadounidense, son la constatación de su fragmentación. No es casual que las elecciones que ostentan este dudoso récord, las de 1876, fuesen las más disputadas de la historia del país. Por aquel entonces, EEUU estaba todavía curando las heridas de la Guerra Civil y gran parte del Sur Confederado se hallaba bajo ocupación militar. La cuestión racial era especialmente grave, ya que tras la victoria en la guerra, los Republicanos habían dado el voto a toda la población negra de los Estados sureños, para resentimiento de los blancos, alineados con el partido demócrata. Al igual que ahora, el candidato Demócrata Samuel J. Tilden obtuvo la victoria en voto popular de forma previsible, pero la carrera por los votos del colegio electoral quedó en disputa cuando los republicanos denunciaron fraude en varios Estados clave del Sur por parte de los Demócratas y exigieron un recuento. Para evitar una crisis constitucional en un ambiente de creciente violencia, se creó una Comisión Electoral formada por miembros de ambos partidos y jueces de la Corte Suprema encargada de recontar los votos de los Estados en disputa y estudiar las acusaciones. Tras varios meses de tenso debate, finalmente se alcanzó el llamado Compromiso de 1877: los Demócratas aceptaron que los Estados en disputa fuesen otorgados al candidato Republicano Rutherford Hayes, que ganó así la presidencia, a cambio del fin de la ocupación militar del sur y la promesa de permitir que los Demócratas sureños tratasen la cuestión racial sin injerencias Republicanas, lo que les permitió retirar de forma efectiva el voto a los negros durante casi un siglo más.

Hoy las tornas se han vuelto drásticamente; el voto negro es una de las grandes esperanzas Demócratas mientras que el Sur se ha convertido en un bastión Republicano. Pero si Trump insiste en su desafío, EEUU volverá a estar más cerca que nunca de la crisis de 1876, solo que esta vez un acuerdo como el Compromiso de 1877 es imposible.

Si el escenario de 1876 recuerda en muchos aspectos a la situación actual, para hacerse una idea de lo que podría ser el futuro de EEUU conviene mirar a otro ejemplo un poco anterior, las elecciones de 1824. Los comicios de ese año estuvieron marcados por los magníficos resultados de Andrew Jackson, al que Trump ha señalado habitualmente como su gran referente político. Jackson, paradójicamente considerado el fundador del Partido Demócrata, fue un militar de temperamento explosivo que alcanzó la presidencia movilizando el voto del ciudadano de a pie en contra del establishment elitista que había gobernado EEUU desde su independencia. Trump ha comparado varias veces el ideario de Jackson con el suyo propio, viéndose representado no solo en lo ideológico, sino en lo personal, con el polémico general, hasta el punto de poner su retrato en el Despacho Oval.

En 1824, Jackson, en sus primeras elecciones a la presidencia, superó ampliamente en voto popular y electoral a los demás candidatos, pero no fue capaz de conseguir la mayoría suficiente para hacerse con la presidencia. Siguiendo el mecanismo constitucional, el Congreso y el Senado se vieron obligados a tener que elegir un ganador de entre los candidatos. Jackson confiaba salir elegido al ser el candidato con mayor apoyo popular, pero su rival, John Quincy Adams, pactó con el Presidente de la Cámara de Representantes, Henry Clay, otorgarle el la vicepresidencia a cambio de que hiciese que la Cámara votase por él en lugar de Jackson. La alianza Adams-Clay se hizo por tanto con a presidencia, cortando el paso a lo que consideraban una peligrosa deriva populista. Aunque el procedimiento era puramente legal, los partidarios de Jackson inmediatamente se rebelaron contra un acuerdo entre las élites para ignorar el sentir popular y crearon el término “corrupt bargain”. Durante los siguientes cuatro años, la Administración Adams se enfrentó a una feroz oposición y los seguidores de Jackson organizaron una campaña de movilización política nunca vista para protestar contra el supuesto robo de las elecciones. Fruto de aquella campaña nació el Partido Demócrata, con el que Jackson arrasó en las elecciones de 1828 expulsando a Adams de la Casa Blanca.

1824, 1876 y 2020 son todas elecciones muy disputadas, salpicadas por acusaciones de corrupción y marcadas por una enorme polarización entre los partidos. Las dos primeras alteraron definitivamente el funcionamiento político de EEUU y es probable que 2020 lo haga también. Con un proceso judicial largo por delante, todavía queda mucho por ver. De 70 millones de votos emitidos, apenas 70.000 dan la victoria a Biden sobre Trump. Incluso si los tribunales no consiguen dar la vuelta a la elección, Trump puede todavía emular a su ídolo Jackson y presentar estos comicios como un “corrupt bargain” del Estado Profundo en contra de los intereses del pueblo americano. Y, vista la robusta salud del trumpismo como movimiento de masas, la mínima prueba de fraude, por pequeña que sea, puede bastar para incendiar esa narrativa durante los próximos cuatro años.