El pasado miércoles hemos asistido en el Congreso de los Diputados a un nuevo espectáculo de Sánchez y su Gobierno. Obligado por la falta de apoyos, incluso de sus antiespañoles aliados, apenas unas horas antes de la celebración del pleno se han visto obligados, una vez más, a rectificar de nuevo, lo cual se ha convertido en su seña de identidad como diría don Manuel Fraga. Viendo las dificultades para lograr una prórroga del estado de alarma por 30 días, como hubiera sido su deseo, han tenido que rectificar y al final lo han conseguido por otros 15 días, lo que acreditará a este Gobierno ante la Historia como el de la rectificación permanente. Más bien pronto que tarde también tendrán que quitar la incomprensible cuarentena impuesta a los turistas que tanto necesitamos. “Haremos lo que falta, donde haga falta y cuando haga falta” (sic). Mucho dudo que esta repetida aseveración de Sánchez haya estado en algún momento inspirada en su vocación de servicio a España, pero queda más que acreditado no tiene el menor escrúpulo en ponerla en práctica cuando se trata de satisfacer su psicopática obsesión por permanecer en la Moncloa. Por más que trate de disimular, su ego le juega malas pasadas y muestra su verdadera preocupación, que no es otra que distraer a la ciudadanía al objeto de que quede en un segundo plano la tremenda responsabilidad que ha contraído como consecuencia de su desastrosa gestión de la pandemia, en la que ha batido todos los records posibles de incompetencia, con un oneroso coste en vidas que se hubieran podido salvar de haber actuado con la diligencia a la que estaba obligado como presidente del Gobierno. Una responsabilidad que le inhabilita de plano para seguir en el cargo ni un día más. Una parte de la sociedad así lo entiende y ha comenzado a manifestar de forma espontánea su cívica protesta en la calle.

El daño causado por desgracia es irreparable, pues no hay forma de recuperar las vidas que se han perdido por la negligencia de este Gobierno. Negligencia con el agravante de imprudencia temeraria pues, aun a sabiendas de la gravedad y de los riesgos de la pandemia como ha quedado acreditado en el documento de Sanidad del pasado 10 de febrero (que han tratado de ocultar), y por motivos de interés ideológico no se actuó porque era prioritario facilitar la manifestación feminista del 8M, permitiendo en paralelo y como daño colateral el resto de eventos convocados en Madrid para dicho día. Tan fatídica fecha resultó determinante y catalizadora en toda la cadena de contagio como se ha podido comprobar en las semanas posteriores, forzando con al menos una semana de retraso al Gobierno a decretar el estado de alarma y al confinamiento ciudadano más duro de todos los países del entorno. En Madrid los contagios se extendieron como un reguero de pólvora y posiblemente siendo un centro geográfico neurálgico irradiados por toda la geografía nacional. Para colmo del grado de degeneración moral al que ha llegado el PSOE en su intento por mutualizar el coste de su patética gestión, cabe destacar las declaraciones de uno de sus portavoces, Rafael Simancas, que de forma miserable ha tratado de imputar la responsabilidad del alto número de contagiados en España a la Comunidad de Madrid. Un largo y estricto confinamiento que ha supuesto un drástico parón económico de consecuencias difíciles de evaluar, pero que, en todo caso, va a tener un altísimo coste en pérdida de empresas y puestos de trabajo. Y, en última instancia, un brutal incremento del crónico déficit presupuestario que coge a España en una situación muy delicada de vulnerabilidad con una Deuda Pública rondando el 100% del PIB y, por ende, con un margen muy estrecho para seguir emitiendo alegremente sin que los mercados financieros reaccionen con una subida de la prima de riesgo que llevaría al Reino de España directamente a la bancarrota.

Frente a esta cruda realidad, cualquier Gobierno medianamente competente en vez de estar dedicado a la propaganda para maquillar su pésima gestión y perpetuarse en el poder, estaría diseñando un programa ambicioso de medidas drásticas para suprimir con carácter urgente todos los gastos superfluos que gravan hasta la asfixia los presupuestos generales del Estado. Al propio tiempo estaría elaborando un cuadro macro de las necesidades financieras para este ejercicio y diseñando la forma de cubrirlas de tal forma que supongan la mínima necesidad posible de aumentar el volumen de Deuda Pública, negociando para ello con los diferentes órganos de la UE, e incluso a nivel interno con la propia AEB. Una gestión eficiente en este sentido podría salvar las necesidades de liquidez hasta finales del próximo ejercicio y quizás con ello la temida intervención de España. Se vislumbra claramente que la UE está más abierta a ayudar a los países miembros con mayores dificultades, pero habrá que mostrar un mínimo de propósito de la enmienda. Basta con observar el buen entendimiento entre Angela Merkel y Emmanuel Macrón. Es una temeridad pensar que la UE va a pagar alegremente todos nuestros excesos y que en el medio plazo eso no tendría consecuencias para España. Los mercados son por naturaleza crueles y si las autoridades económicas continúan incrementando nuestra vulnerabilidad tendremos un rescate con consecuencias difíciles de predecir, pero sin duda dolorosas para nuestro nivel de vida y para la soberanía de España.

Frente a la realidad descrita, Sánchez, en su enfermiza egolatría, sigue preguntando a su espejo si en el mundo existe alguien más bello que él. Lejos de ser su prioridad salvar a España de la quiebra, parece mucho más preocupado por mantenerse en Moncloa todo lo que resta de legislatura, de ahí su denodado esfuerzo por mantener el estado de alarma, que no ha dudado en forzar limitando injustificadamente derechos de los ciudadanos y extralimitándose para colar en los respectivos “decretazos” materias impropias de esta vía excepcional. El miércoles lograba en el Congreso la renovación por otros 15 días, en esta ocasión por una muy ajustada mayoría en su progresiva pérdida de apoyos. Después de arduas negociaciones que se prorrogaron hasta horas antes del pleno logró renovar el apoyo de Ciudadanos y la abstención de Bildu. Una abstención cuyo precio fue hecho público por la propia portavoz de esta formación, que manifestó abiertamente haber alcanzado un acuerdo con el Gobierno para derogar la reforma laboral en su integridad. Las reacciones han sido tan fuertes que apenas unas horas tras el pleno el PSOE se vio obligado a desdecirse y modificar unilateralmente el documento firmado manifestando que el alcance del acuerdo afectaría solo a las disposiciones “más lesivas” y su ejecución se pospondría a cuando se supere la pandemia.

Un acuerdo de claro tinte rupturista que ha cogido en fuera de juego a todos aquellos que por sus competencias deberían haber sido los primeros en saberlo: las ministras de Economía y de Trabajo; el ministro de Seguridad Social; los secretarios de CC.OO. y UGT; y el presidente de la CEOE. La sorpresa de los propios cargos del PSOE y la indignación en el resto de la sociedad política y civil han sido la tónica general. A primera hora de la tarde del jueves la CEOE hacía pública una declaración en la que manifestaba dejaba en suspenso la interlocución social y declinaba las reuniones previstas en protesta por el pacto tripartido de derogar la reforma laboral. Una situación que viene a complicar innecesariamente las cosas en un momento muy delicado para España y que no va a pasar desapercibida en los foros internacionales y, en particular, en el seno de la UE.

Todo ello no hace sino reafirmar mi modesta opinión. Siendo muy necesario el cambio de aliados que forman el actual Gobierno, no basta con prescindir de Unidas Podemos. Es de extrema necesidad la conformación de un nuevo Gabinete presidido por una persona que sea capaz de coger el toro por los cuernos y embarcarse en las reformas estructurales que España necesita abordar de forma inmediata. Solo así tendríamos posibilidades de remontar esta dificilísima situación. Transmitir credibilidad y confianza en el seno de la UE y ante los mercados es lisa y llanamente fundamental. En ello nos va el futuro.

Santiago Abascal ha demostrado tenerlo muy claro. No sé qué necesitan Pablo Casado e Inés Arrimadas (quizás la venia del Bilderberg) para darse cuenta de que en este envite puede estar el futuro de España. La situación es gravísima. No es tiempo de componendas ni de cataplasmas. Ya solo cabe el bisturí.

¡Gobierno dimisión!