El comunismo es el instrumento contemporáneo elegido por el Mal para mantenerse activo y acechante; para degradar el alma de los seres humanos hasta hacer de ellos unos meros bultos de huesos, músculos y sangre; estúpidos, ignorantes… y supuestamente felices. Y como, con el fin de ser siempre eficaz, el Mal no descansa, ha de estar en permanente adaptación a los tiempos y a las circunstancias.

El pasado siglo nos dejó, en este sentido, la crisis del movimiento obrero, la desaparición del comunismo soviético, el auge de los nacionalismos, las militancias comunistas dedicadas a incidir mediante el adoctrinamiento marxista en los ambientes académicos, la caída del muro de Berlín, la revisión del marxismo clásico…

Como alternativa, es decir, como táctica defensiva y como estrategia de transición hacia un nuevo comunismo, creo que fue Eric Hobsbawn quien ya propuso hace unas décadas la política unitaria de un renovado Frente Popular. Si a ello añadimos los avances de la ciencia y de la farmacología, más la acumulación desaforada de capital y de poder -y de ambición- en unos cuantos centenares de manos, nos encontramos, entre otras varias, con las causas de esta nueva y sobrecogedora época que nos han instalado en el horizonte de la humanidad.

La novedad consiste en que capitalismo y comunismo, doctrinas irreconciliables en apariencia, que antes competían entre sí para alcanzar sus objetivos -coincidentes en el fondo- han comprendido que unidas pueden ser omnipotentes. Ello ha culminado en esta fase histórica en la cual la alianza capital-comunista está convencida de construir, por fin, un mundo homogéneo, sin soberanías estatales, sin cristianismo, sin creencias, sin familias y sin individuos dueños de su libre albedrío.

Un mundo de zombis o de esclavos a quienes se pueda manejar como a rebaños. Y, para lograr su objeto, estos monstruos que ahora caminan al unísono, amenazadoramente aliados, son tan capaces de amplificar la farsa con la misma carencia de escrúpulos con que los antiguos vendedores de reliquias comerciaban con las orejas de la Santísima Trinidad o la venerable mandíbula de Todos los Santos.

Y en esa farsa, en la que el gentío se enfanga, se hallan -bien financiadas- las actividades y procesos del covid, de la inmigración, del feminismo, del aborto, de los medios informativos, de las leyes totalitarias de todo tipo y de las fobias a las tradiciones, a la religiosidad innata de los humanos, y al cristianismo y a las cruces en concreto. El NOM sabe que el poder hace los reyes y las leyes; y las leyes son tanto más seguras cuando, como las draconianas, se escriben con sangre; sin escrúpulos en cualquier caso.

Todo pueblo dominado por las hordas frentepopulistas es un pueblo donde arraigan y abundan los mendigos, pues condición de mendigo es vivir de la limosna. Y la subvención es la limosna del Estado. Salomón dijo que mejor es vivir de muerte amarga que vivir de tal manera, pero eso fue hace muchos siglos para que lo recuerden los subvencionados españoles de hoy. Ahora, esa vergüenza de la mendicidad se acepta sin mayores escrúpulos y se institucionaliza.

La acepta mayoritariamente una ciudadanía inerme, de espíritu servil y pesebrista a quien la corrupción ha acomodado; una masa sin ideas o ideales, atenta sólo a estar en buenas relaciones con quienes retribuyen su silencio, su permisividad, su habilidad para contemporizar. Y la promueve un socialismo -junto con sus amos y cómplices- que humilla y emascula al pueblo que dice liberar y defender.

El caso es que, en lo que más directamente nos atañe, que es España, nos estamos dejando gobernar por una hornada de enfermos mentales, degenerados y ambiciosos delirantes, súbditos de las elites globalistas, que han sido seleccionados por éstas gracias a sus taras psíquicas y a sus vicios. Si no tenemos claro que España está podrida y que quienes la han podrido y siguen pudriendo lo han hecho desde dentro, españoles traidores que cobran del enemigo y trabajan para él, es que no entendemos nada. 

España, la octava potencia mundial a la muerte de Franco, es hoy un país agusanado y sin nervio, una babosa incapaz de sostenerse en pie, expuesta a los abusos y humillaciones de cualquier país interesado en ello. Muchos parecen ignorarlo, pero estamos respirando sobre una mina explosiva. Y cualquier ligero estornudo puede causar una debacle socioeconómica y personal de incalculables consecuencias.

Lo amargo del caso es que aquellos ciudadanos a quienes importa España aún siguen entregados al asombro y a analizar la situación en sus debates tertulianos, en vez de utilizar estrategias de contraataque contra el desvarío de los indecentes. Ya no es tiempo de análisis, sino de acción, porque el diagnóstico está claro. Son ellos o nosotros, y nuestra libertad y nuestra vida se está yendo al garete, minuto a minuto, hacia el más absoluto naufragio, hacia un tiempo sórdido de cadenas, mucho peor que la muerte.

Es cierto que supone un error confundir el pueblo con el gentío. El pueblo es soberano; el gentío es un animal voraz al que hay que estar ofreciendo pan, circo y sangre continuamente. Algo que conocen y fomentan los poderes fácticos. Por eso, con él no se puede contar. Sólo en la fuerza del pueblo reside la seguridad de la patria. Y un pueblo de verdad ha de recurrir de una vez por todas a la acción, sin aceptar convivencia alguna con la repugnante raza de las serpientes.