En un alarde de machismo que hoy incurriría con seguridad en alguno de los cuasi infinitos tipos penales introducidos por la modernidad bienpensante, el grupo setentero Jarcha cantaba aquello de “su pan, su hembra y la fiesta en paz”, como si sólo un sexo tuviera derecho a democracia. Después, la realidad vino a demostrar que fue el otro el que se hizo pronto con las riendas, pero de esto hablaremos, o no, otro día. Traía a colación al conjunto de voces —por cierto que privilegiadas— onubenses para comparar aquella letra de Ángel Corpa con la situación actual, no ya en lo del género, obviamente, sino en la funesta manía de ciertas corrientes políticas  consistente en no dejar en paz al ciudadano. Desde luego, estamos ante un caso claro de intervencionismo confiscador de la intimidad individual, es decir de comunismo en cualquiera de sus diversas marcas, empezando por la socialista.

Cada vez que comenzamos a respirar tras un susto, los habitantes del poder político resultante de la célebre moción de censura coyuntural para el asalto al poder y su transformación estructural inventan. Siempre lo hacen en el mismo sentido: recortar las libertades y multar. Es decir, trocar derechos por ingresos para las arcas públicas que ellos administran de aquella manera. Es la política de complicar la vida y encarecerla. Parece ser su particular manera de educar: “formar” al pueblo en la renuncia de sus decisiones (y sus responsabilidades) al tiempo que se le empobrece. Los señores feudales del Medievo no lo hacían mejor con los siervos. Sujetos a la dependencia de los poderes públicos, en una carrera de obstáculos que agota y acaba por colapsar la propia musculatura, lo que subyace finalmente es el secuestro de la soberanía personal, batida y abatida por una normativa asfixiante y sin sentido. Acaba de suceder con el decretazo estival de restricciones (des)energéticas. Para ahorrar, supuestamente, se crea desaliento. Se raciona energía desinvirtiendo en la luz de los escaparates, que es como decir en el atractivo de nuestro comercio. Nuestras ciudades serán más inseguras y más tristes. La desgana invadirá las noches, incluso las vísperas de festivos. Y probarte un pantalón en una tienda te obligará a devolverlo sudado. A la cerveza fría en la barra del bar le faltará algo: el aire. Y, en fin, la gente no podrá disponer a su manera del horario de encendido de sus negocios, porque no olvidemos que hasta los niños no son de sus padres. ¿Y entonces de quién son? Sí, claro, del estado.

Cada vez circulan por ahí más vídeos de hispanoamericanos que nos advierten: Van ustedes por el mismo camino que fuimos nosotros, los venezolanos, los cubanos, los nicaragüenses, los ecuatorianos… Hace ya unos cuantos años, mi familia y yo nos encontramos en la esquina de mi calle con una mujer desconsolada, de buena planta y bien vestida, que nos pidió ayuda con acento caribeño y prosa española añeja. Se había extraviado. Estaba residiendo en casa de unos amigos compatriotas, provisionalmente, y sólo quería hacer una llamada desde una cabina para que vinieran a recogerla. La señora no quería que se le hiciera de noche, porque de donde venía la noche era la perdición. Le tranquilizamos. La condujimos a un teléfono público (entonces todavía los había) e hizo la ansiada llamada. Mientras aguardaba a sus parientes, nos aleccionó hasta la saciedad: “No dejen ustedes que aquí suceda lo que en mi país. ¡Ay, ese hombre acabará con Venezuela!” No quería ni nombrarlo. España ha sido tierra de refugio para infinidad de hermanos americanos durante estos últimos decenios. Unos venían buscando plata para ellos y para sus allegados. Nuestra envejecida sociedad era su empleadora. Sus hijos han echado raíces aquí, aunque también los ha habido desviados en bandas cuasicriminales. Aquellos inmigrantes hispanos coinciden siempre en hablarnos del igualitarismo rampante como la ruina misma. El último que se ha cruzado en mi camino es un camarero cubano del barrio de Triana. Hombre de modales intachables, eficaz, simpático, excelente trabajador, es feliz en España, y por pura gratitud no pierde ocasión de ponernos en guardia, aunque no conozca de nada a sus clientes: “Estén atentos, porque cuando menos se lo esperen se encuentran en un estado comunista. Y entonces, despídanse de su bienestar”.