Que el socialismo español y la democracia son términos y conceptos antagónicos lo sabe cualquiera con un mínimo de experiencia o con unas pocas lecturas. Incluso los más jóvenes o desmemoriados disponen de ejemplos muy recientes: desde la legalización de ETA por el PSOE de Zapatero, a la actual alianza del PSOE y ETA; en el indulto a los golpistas del 1 de octubre de 2017; o en el ataque continuo a la división de poderes. Por no hablar de la complicidad directa, vía Zapatero, con la narcodictadura venezolana; o del abrumador silencio ante la represión ejercida por la dictadura socialista cubana contra su población. Así mismo, hay otros gestos, elocuentes por sí mismos, como las condolencias públicas de P. Sánchez por el suicidio de un etarra (08-09-2020); el silencio del PSOE ante el homenaje de sus socios de gobierno al asesino Henri Parot (18-09-2021); su mutismo frente a otros 59 actos similares; o los honores rendidos a Francisco Largo Caballero en el 75 aniversario de su muerte en mayo de 2021.

Por algo el PSOE en democracia ha perseguido siempre a través de sus leyes educativas –desde la LOGSE (1990) a la LOMLOE (2020)– un alargamiento indefinido de la infancia y un abandono masivo del hábito de la lectura. Objetivo que ha alcanzado a ojos vista y con creces, con la pasiva y negligente colaboración del PP.

Todavía quedará alguno que piense que las cosas pasan por casualidad, pero si el discurso socialista tiene éxito, a pesar de ser tan primario y de que sus voceros sean tan lerdos –véase Leire Pajín, Bibiana Aído, Carmen Calvo, Adriana Lastra, María Jesús Montero, etcétera–, es porque sus acólitos tampoco exigen argumentos ni pensamientos elaborados. Al fin y al cabo sólo pretenden culpar a otros de sus fracasos… Y para eso  simplemente es necesario un orador sin escrúpulos que pulse sus más bajos instintos. No por azar siguen vigentes las viejas consignas de la izquierda y por eso es absurdo imaginar un mundo sin la lacra de una ideología que vive de alimentar la envidia, el rencor y el odio.

Desde las soflamas revolucionarias de François-Noël Babeuf en Le Tribun du Peuple (El tribuno del pueblo), pasando por el Manifiesto Comunista de Marx, hasta los textos de Lenin; desde las arengas de Pablo Iglesias y Largo Caballero al Libro Rojo de Mao, son infinitos los documentos y testimonios que ilustran la naturaleza antidemocrática del socialismo y su vocación criminal.

Por supuesto, es habitual oír a los dirigentes y votantes socialistas en todas partes del mundo acusar a los demás de “antidemócratas”, mientras sin pausa ni descanso alientan la división, socavan las instituciones y violan las leyes. Y es cierto que haciéndolo tan abiertamente, resulta difícil de creer que semejante impostura siga teniendo eco. Sin embargo, el bombardeo propagandístico ejercido por los medios zurdos, junto al adoctrinamiento ya mencionado en la escuela, es tan constante y uniforme que ha logrado que todavía haya gente que siga viendo a la izquierda como una especie de Robin Hood. O que, en nuestro país, por ejemplo, muchos crean que la Guerra Civil Española fue buscada y provocada por la iglesia, la banca y el ejército –“los fascistas”–.

¿Por qué impone la izquierda una “ley de memoria histórica”? Precisamente, para reescribir la Historia, prohibiendo la cruda e incómoda verdad de su responsabilidad en la génesis de la Guerra Civil.

He aquí algunos datos que evidencian de forma inequívoca que la Guerra fue un objetivo del socialismo español desde que éste asumiera el programa revolucionario consignado una y mil veces por Lenin en sus libros y discursos como paso previo a la instauración de la “dictadura del proletariado”.

Concretamente, el líder socialista homenajeado por el PSOE de Pedro Sánchez, Francisco Largo Caballero –conocido popularmente como “el Lenin español”– nos proporciona, de su boca, pruebas más que sobradas de lo apuntado:  “[…] este movimiento pacifico (respecto a la proclamación de la II República) que entonces nos pareció digno de alabanza, fue el primer error de la revolución española. [...] Se dirá: ¡Ah, esa es la dictadura del proletariado! Pero ¿es que vivimos en una democracia? Pues ¿qué hay hoy, más que una dictadura burguesa? […] Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente. No ocultamos nuestro pensamiento. Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. […] no ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz del público: ¡Como en Rusia!). […] Mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia […] Vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso, dirán los enemigos, es excitar la guerra civil. Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil […] Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o por desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El 19 vamos a las urnas […] Tenemos que luchar como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una república burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista”. (Francisco Largo Caballero, mitin en Don Benito (Badajoz), reproducido en El Socialista, jueves 9 de noviembre de 1933).

Recuérdese que, tras la victoria de la CEDA en las urnas, el PSOE dio un golpe de Estado en octubre de 1934 –la llamada Revolución de Asturias– porque ¡no aceptaba que en la República gobernase la derecha!

Pero veamos algunas muestras más del talante “democrático” del líder socialista y de aquellos votantes que jaleaban sus proclamas incendiarias: “La democracia es solo el primer paso hacia la consecución de la dictadura del proletariado. Que nadie dude que el poder será nuestro, por las buenas o por las malas. [...] Quiero decirles a las derechas que si triunfamos colaboraremos con nuestros aliados; pero si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la Guerra Civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos.”  (19 de enero de 1936. Alicante).

Por si no fuera suficiente, al día siguiente, en otro acto: “La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la Revolución”. (Francisco Largo Caballero, mitin en Linares, 20 de enero de 1936).

Y sólo tres días más tarde, en Madrid: “Es necesario que estos hombres –de la derecha–, puesto que son ellos mismos los que plantean categóricamente el dilema, conozcan sobre su carne lo que es el impulso de la justicia popular y sus fallos inexorables”.

¿Pero cabe todavía alguna duda de que aquel líder del PSOE era un demente que perseguía con denuedo la confrontación fratricida?

Si acaso no bastase, él mismo reiteraría la amenaza pocos días después: “Si triunfan las derechas, no nos vamos a quedar quietecitos ni nos vamos a dar por vencidos... Si triunfan las derechas, no habrá remisión: tendremos que ir a la Guerra Civil”. (Mitin en Alicante, 30 de enero de 1936).

Expuesto lo anterior, cabe recordar aquí las palabras de la vicepresidente del Gobierno del PSOE, Carmen Calvo, el 24 de marzo de 2021: “La historia está llena de revoluciones fallidas, pero la historia no tiene ni un solo fallo en quienes apostaron de manera certera en transformar la realidad con la ponderación e inteligencia (sic) con que lo hizo Francisco Largo Caballero”.

Y, por último, la reivindicación de aquella “figura fundamental en la historia del PSOE” por el actual líder del partido y presidente del Gobierno, el miércoles 19 de mayo de este mismo año, en nombre de “la izquierda política, sindicalista y social de nuestro país”, reiterada por escrito en Twitter: “(Largo Caballero) Actuó como hoy queremos actuar nosotros […] respondiendo ante la adversidad con más democracia (sic) […]”

Qué se puede añadir, si ya lo dicen los caudillos socialistas sin el menor recato. Pues eso es el PSOE: el partido de la “tolerancia”, el “diálogo” y el “¡No a la guerra!”.