Es inevitable aludir a la decadencia de este período histórico -Iglesia, cultura, intelectualidad, instituciones estatales, sociales y políticas...- y a la necesidad de una reforma absoluta, que incluya a la moral y al ideario, ya que en la atmósfera de nuestro tiempo sólo se ven compromisos delictivos y relajamiento espiritual. Generalizando, en la actualidad puede decirse que no hay Estados independientes, representantes y defensores de la soberanía del pueblo, como no hay Iglesia que se preocupe de las incertidumbres emocionales y religiosas de la humanidad, ni siquiera de sus propios fieles.

El Sistema que nos controla es una farsa escrita y montada por mentes delirantes, una mezcla de plutócratas y lacayos, rufianes y engañabobos de lengua fácil, que obtienen sus copiosos ingresos con el sudor del pechero, legislando mentiras y perversiones y desvelándose en tiranizar a la ciudadanía, porque en el daño ajeno consiste su gusto y su provecho. Además, como con su miserable oficio han llegado a un extremo de impunidad absoluto, les resulta baladí que les digan que mienten por la mitad de la barba, ni si engañan o no a alguien, pues, seguros y arrogantes, sacan su vesánica mercancía a la plaza pública, al juicio y a la vista de todos.

En un Sistema así, es normal que se sustenten abundantemente los ventajeros y alarguen sus atropellos y sinecuras los atrevidos, y que, por el contrario, teman por su patrimonio, por su libertad y por su vida los espíritus libres, los virtuosos y los discretos, porque lo que más odia y menos necesita una farsa de lunáticos como ésta son personas bien nacidas. Lo sorprendente es que, con la que está cayendo, no exista la mínima agitación social entre la ciudadanía trabajadora que paga sus impuestos.

El caso es que la civilización occidental vuelve a vivir, como desde finales del siglo XVI hasta mediados del XVII, bajo el signo del diablo, tal es el ambiente de sombría maldición que padecemos. Sólo cambian las formas, pues ahora los aquelarres no se celebran en parajes ocultos y misteriosos, ni los ensalmadores acuden por el aire montados sobre escobas, sino que se reúnen en los opulentos despachos de multinacionales al uso y asisten a ellos volando en jets privados. Los brujos y brujas de antaño son ahora cofrades jerarquizados: vigilantes, secretarios, oradores, venerables... grandes maestros, además de altruistas y magnánimos.

Podría buscarse la explicación de este desatino en las sucesivas defecciones de la Iglesia con sus fieles a partir del Vaticano II, causantes de turbaciones y vacíos en la conciencia de los creyentes. También en las continuas crisis económicas, en las guerras -frías y calientes-, en los terrorismos de diversas ideologías, en los fanatismos de religiones y sectas anticristianas, en el auge de los sangrientos comunismos, disfrazados de liberadores del pueblo..., fenómenos todos ellos causantes de oleadas de estupor, escepticismo y, finalmente, de pánico o de desinterés fatalista y suicida.

Y son este pavor, y esta pasividad y enajenación ciudadana los gérmenes de los que se han valido las oligarquías capitalsocialistas y sus cofradías para desterrar a Dios del alma de las muchedumbres e imponer a Satanás. Pero no sólo estas causas contribuyen al auge de la más o menos consciente demonolatría: también puede buscarse a partir del comportamiento de los jueces, ya que la abulia popular hacia todo principio solidario y cívico es consecuencia en gran parte de la prevaricación judicial, cada vez más extendida y sistemática en el transcurso de estas décadas, pues las muchedumbres son conscientes de que el ardor de los jueces está más entregado a la venalidad y a la traición deontológica que al compromiso con la justicia.

Porque gran parte de los jueces, envueltos en corrupción, chantajeados por los hechiceros del Sistema y sus esbirros, e impregnados del espíritu científico que aquellos imponen, parecen creer a pies juntillas en la existencia del Maligno y en su perversa intervención en el mundo; y, practicando el blanqueo del delito y la quema del inocente, es precisamente a esos amos, instrumentos del Mal, a quienes los togados sirven.

Ni la Justicia ni la Iglesia, en general, ante tantos acontecimientos inquietantes e inexplicados como se suceden, que llegan incluso a poner en cuestión la supervivencia de la humanidad, se preocupan de profundizar en ellos y menos en purificarlos o erradicarlos. Para ambas, tales hechos corresponden a las órdenes concretas de los que pergeñan el inmediato futuro, escritas en sus diabólicas agendas.

Así, ante un presente en el que truhanes y fulleros se mueven como pez en el agua, y teniendo en lontananza un más allá confuso, los teólogos y los juristas oficiales de esta época sombría, siervos de los demiurgos y plutócratas que lideran hermandades y sectas no menos tenebrosas, se hallan, como sus dueños, dominados por la moderna razón, que niega la religiosidad -lo celestial- y da pábulo a lo infernal.

La cuestión es que, tanto el comportamiento eclesiástico como el jurídico -y puede añadirse el intelectual-, con sus líderes y ceremoniales, constituyen ejemplos desalentadores y anulan cualquier aliciente capaz de estimular la fe y la esperanza ciudadanas. Y la cuestión es que la corrupción diaria se abate sobre la sociedad como un fenómeno inseparable de lo contingente, pues no dejan de surgir noticias más y más pesimistas, sin que nadie aparezca con el suficiente poder y decisión para ponerles freno.

Mientras tanto, esos teólogos, jueces y educadores o intelectuales correctos suministran su nocivo brebaje justificativo y doctrinario o permanecen mudos ante el escándalo. Prácticas favorecidas por la impunidad de que disfrutan y por la ignorancia y la apatía populares. Y que, implícita o formalmente, a plena luz pública o tras las asambleas y reuniones secretas de los belcebús contemporáneos, van imponiendo a la sociedad los correspondientes pactos y objetivos mefistofélicos.

Sin duda, nuestra época, a la espera de la necesaria catarsis, exige una reacción contra la oleada de arrogancia científica y de libertinaje que rehúsa a la religiosidad y se entrega a toda clase de perversiones y placeres mundanos. Una reforma que, sin detrimento de la técnica y del progreso material, concilie la razón con el progreso espiritual, el estudio del mundo exterior con lo absoluto. Un cambio impulsado por un amor más sensible hacia Dios, que manifieste la necesidad de una ascesis; de una religión individual, más personal, y que, vinculando la vida humana con el ámbito de la divinidad, reivindique plenamente el humanismo de inspiración cristiana.