Hubo un tiempo en que solía hablarse de la rebeldía juvenil, sin caer en la cuenta de que, en general, la juventud es un reducto radicalmente conservador y nada estridente en cuanto al fondo. A menudo salen a la luz grupitos con colorines seudoideológicos, unas chicas con pintas de rebeldes o unos chicos malotes con pinta de ser o haber sido conflictivos en el instituto, pero todos ellos aceptando estar inscritos en la nada amenazante categoría de modernos consumistas, integrados en los elásticos márgenes del Sistema (¿será también ese el destino de VOX?), siempre dispuesto a doblarse sin romperse.

Una significativa parte de la juventud -droga y alcohol- tiene como finalidad -no sólo en las zarabandas del fin de semana- acabar flipado, al borde del coma. Su espectáculo en masa suele ser estéril y deprimente: mugre, chillidos, histeria, borrachera, violencia, negrura. ¿Qué significa este estropicio, esta ansia de nada, este desordenado afán de acabar cuanto antes consigo mismo y con todo? Esta compacta juventud sabática de barrio y de música hortera a tope de decibelios es una imagen del vacío. Abominan del mundo, tal cual es. Odian una sociedad tibia y ramplona, pero caen en sus redes. Pican el cebo y luego muestran sus pataleos y estertores. Y cerrando los ojos a la bajeza social, económica o política no puede dignificarse el contenido de la vida pública.

Pero no sólo ni, sobre todo, la juventud es cuestionable. La sociedad al completo es hoy un conjunto de sectas formadas por analfabetos voluntarios. Analfabetos éticos y existenciales, incapaces de distinguir los géneros, no sólo metafóricamente hablando: ni lo masculino de lo femenino, ni lo trágico de lo cómico, ni lo dramático de lo frívolo, ni lo clásico de lo moderno. Contemplan el espectáculo sin detenerse a indagar en el fondo del asunto, confiados; y si se quejan de algo es precisamente de lo que no se han molestado en conocer. Pero desconocer lo que critican no les impide seguir votando o emulando a los culpables y aceptar el estigma con que estos señalan al refractario y al inocente; o a las bichas de turno, llámense «franquismo», «cruz», «España», o similares.

Siguen eligiendo o imitando a los que, no haciendo nada ayer contra el franquismo real, lo compensan hoy desempolvando banderas de odio para legitimarse, legislando abominaciones, ultrajando tumbas, quemando en efigie a cadáveres y símbolos como si fueran tigres de papel, que no pueden defenderse. La gente no es que ignore qué es una maldad y qué es una injusticia. Lo que ocurre es que la mayoría de ella trata de ignorar sus consecuencias, dedicados como están a practicarlas. Por eso se halla así nuestro país, infectado de corrupción, dividido por frentepopulistas y por traidores monárquicos y de derechas, y entregado a toda serie de perversiones educativas, frivolidades y engaños informativos, desórdenes y excesos.

Lo políticamente correcto, tan arraigado, genera una modorra incompatible con cualquier forma inteligente y noble de ambición colectiva. La población española se divide en unos cientos de miles de progres subsidiados o sectarios, bien asidos a las ubres del Estado, y tres o cuatro decenas de millones de normales ciudadanos que se apresuran a adherirse a las arbitrariedades y desafueros, para que los que mandan no les tachen de retrógrados. Porque en este piélago de normalidad democrática del que disfrutamos no cabe un sandio, un cobarde, un hipócrita o un aletargado más.

El caso es que la verdad, como enseña el Evangelio, nos hace libres, pero no hace materialmente poderosa a la gente de bien para poder revertir las tendencias educativas y judiciales, y encarcelar a tanto delincuente político como abunda en la casta partidocrática. En la España de hoy, la libertad, de tan acostumbrados como estamos a vivir sin ella, cotiza poco. No es anhelo popular. La mayoría ciudadana sueña con una jauja hedonista y monetaria. De ahí que el fraude y la mentira sean instrumentos de uso común. Las formas más excelsas de la mentira son la censura y la propaganda, prácticas que tan eficazmente desarrollaron la Glavlit soviética y los diarios de Goebbels.

Y en esos terribles pozos de tenebrosidad, de la mano de epígonos soviéticos y goebbelsianos, se halla hoy la sociedad española indiferente, aceptando actitudes, hechos y cosas indecorosas e indignas, para asombro de los cronistas del mañana.