Horacio Quiroga en su lancha, autor uruguayo de “A la deriva”.

Hay dos frases que circulan en algunos países que dicen: “Compra un argentino por lo que vale, y véndelo por lo que él dice que vale”, y el otro, que solemos apostrofar a todo extranjero: “¿Cómo nos ven en el mundo?”. Ambas encierran un profundo sentido, del que en muchos casos, hacemos caso omiso. 1) Es tal nuestra soberbia que nos sobre valoramos hasta de nuestros defectos. 2) Como somos perfectos, el mundo debe hablar de nosotros constantemente.

De espaldas a lo que ocurre fuera de nuestro país, nos hemos construido una muralla que no espeja la realidad al modo de la bruja de la bella durmiente, sin que necesitemos preguntar  al espejo quién es la más bonita, porque ya lo sabemos. Desde que en 1810 se edificó una sociedad sobre la base de un grupo de intelectuales de Buenos Aires, cada nuevo gobierno ha significado “una etapa fundacional”, un corte traumático con el “pasado oscuro, erróneo, olvidable y/o condenable”. Todos los gobiernos comienzan de cero. Y por supuesto, para comenzar de cero, la primera medida es destruir al “enemigo”. Revisemos: 1810 – 1850: conflicto entre centralistas (unitarios) y autonomistas (federales). 1850 – 1880: conflicto entre librecambistas y proteccionistas (que ha continuado más allá de esas fechas, y que se centró en el problema de dónde situar la capital federal). 1880 – 1940: Conflicto entre conservadores (librecambio y voto fraudulento) y radicales (proteccionismo y pureza del voto) a lo que sumamos los golpes de estado militares. 1940 – nuestros días: conflicto entre peronismo y anti – no – semi – peronismo, con variantes que van desde el peronismo menemista de raíz librecambista de los ’90, hasta el modelo “nacional y popular” del kirchnerismo desde 2005 en adelante. Pero todos con una premisa básica: SOMOS LA FUNDACIÓN DE UN NUEVO PAÍS. 

Quizás este proceso inentendible para quienes no son argentinos pueda ser aprehendido más fácilmente si buscamos una causa raigal en el derrotero histórico de estas tierras: la fatídica ausencia de toda identidad o de reconocimiento de raíces comunes con otros pueblos. Los argentinos – sobre todo, los porteños – no se sienten ni latinoamericanos ni iberoamericanos, más allá de las alharacas bien pensantes de ciertos progresistas a la moda. En buena medida, el argentino se siente un europeo desarraigado, un ente frustrado por naturaleza que niega su origen, ya que en sus ancestros suelen predominar los españoles y los italianos, aunque se sienta un parisino en el exilio o un inglés en tierra bárbara. De hecho, la educación que se impartiera hasta unas décadas atrás – ahora, apenas se estudia – transmitía el ideal de un “crisol de razas” que nos convertía en tierra de todos, aunque con un interesante condimento de lejana estirpe europea. Hacia la década de 1830, los intelectuales del unitarismo, entre los que se destaca Domingo Faustino Sarmiento, infundieron en sus arengas de progreso un sentido de ruptura hacia las raíces hispanas y alimentaron el concepto de una Argentina que se asumiera anglo – sajona sin serlo. En su “Facundo”, Sarmiento sostiene que España “esa rezagada a la Europa que, echada entre el Mediterráneo y el Océano, entre la Edad Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta por un ancho istmo y separada del África por un angosto estrecho, está balanceándose entre dos fuerzas opuestas, ya levantándose en la balanza de los pueblos libres, ya cayendo en la de los despotizados; ya impía, ya fanática.” Bajo esa caracterización, España pasó a ser lo que debe ser olvidado, un pasado de “inquisición y absolutismo” – así lo afirma – que en nada debe considerarse como un horizonte.

Rotas las naturales relaciones que fortalecían el árbol, nos dimos a la tarea de hacer una Argentina sin identidad. En ese agotamiento estéril, copiamos lo que no podíamos ser: queríamos ser culturalmente franceses, económicamente ingleses, militarmente prusianos. Y tarde, muy tarde, empezamos a descubrir que una copia siempre es una mísera sombra del original. Entonces nos dimos al empeño de volvernos más latinoamericanos que los mismos latinoamericanos a los que habíamos desdeñado, y como hemos llegado tarde, pues no resulta muy confiable esa conversión de momento. A la deriva, como en el gran cuento de Horacio Quiroga, estamos subidos a una barca sin rumbo, negado el destino, con la brújula averiada. Quizás por ello se explica por qué padecemos de un sistema educativo deficiente, de una economía empobrecida y empobrecedora, de una atracción adolescente hacia todas las luces enceguecedoras de neón de la última moda moral. Como si con esas actitudes enmascarásemos el verdadero rostro sin las facciones que añoráramos, para descubrirnos, fuero de foco, con la indigna realidad.

Como conclusión, podríamos hablar de dos cosmovisiones. Una que nos ha dominado desde nuestra independencia; la otra, que nos une a nuestras raíces. La primera es del mar, diríamos, que convierte a la tierra en una crasa proveedora de bienes, para ser comerciados casi sin beneficio, y que nos impuso el colonialismo inglés. La otra, la de la tierra, que fundó ciudades, que instaló universidades, que asentó a los hombres sobre sus cosechas, y que nos donó España. En el desarraigo, en la ganancia contingente, la primera nos ha vaciado de patria. ¿Será hora de que Tobías retorne al hogar paterno?