Para cuando lean ustedes estas palabras, habrán pasado ya varios días de lo que se ha llegado a denominar, por parte de personalidades con trayectoria y experiencia, como  “el acto político, cultural y emocional más significativo de las últimas décadas”.

Yo, que acabo de abandonar Madrid, me encuentro en este momento  grabando notas de voz para escribir este artículo, de camino a casa después de haber vivido dos días de pura alegría y hermanamiento con personas muy diferentes  que, a priori, podría parecer que no tienen  mucho que ver entre sí, pero que comparten un afán común. 

Y escribiendo de vuelta a Narón, trato de ponerme en perspectiva y doy por hecho que, para cuando ustedes lean estas palabras, mucho se habrá hablado de lo que acabo de escuchar esta mañana y escuché ayer sábado.

Probablemente, se habrá hablado ya de los grandes discursos, de cómo Javier Ortega Smith, en sus palabras, ha vuelto a posicionar al militante, al afiliado de base, al simpatizante, en el más alto lugar de la organización.

Es muy posible que se haya analizado, en sesudas tertulias de variopinto pelaje, lo dicho por Santiago Abascal acerca de que VOX es, hoy, el mayor defensor del Estado de Derecho y las leyes constitucionales, cosa que es empíricamente comprobable; pero que también, probablemente, los tibios que nunca han cruzado el Rubicón se atreverán a poner en duda.

A muchos de los que hoy escuchábamos con atención las palabras de nuestro valiente de cabecera, nos ha recordado, su discurso, al primer Vistalegre, en el que ya dejó meridianamente clara la finalidad de todo esto: “No hemos venido a ganar en España, hemos venido a que España gane con nosotros”.

Con toda certeza, desde hoy domingo, hasta que ustedes lean este artículo, se habrá analizado de manera pormenorizada el contenido de la Agenda España en contraposición a la Agenda 2030, más de 150 medidas propuestas por VOX para proteger a nuestros hijos y nuestros nietos, intentando preservar la identidad nacional y conservar lo que nos une.

Y también, seguramente, habrá tenido gran trascendencia el despliegue de apoyos internacionales a la presentación de esta Agenda España, todos ellos caracterizados por la defensa de la libertad y por negarse al pliegue que supone seguir tragando con un europeismo mal entendido, que demoniza a todo aquel que se atreve a poner un pero y a no pasar por el aro.

En definitiva, para cuando ustedes lean estas palabras estará todo prácticamente dicho.

Pero detrás del mensaje político, profundo y de calado, existe también otro análisis.

Ese análisis al que cuesta tanto ponerle palabras y que, en muchas ocasiones, sólo puede medirse a través de cuantificar las veces en que se le pone a uno la piel de gallina, en determinadas ocasiones.

Cuando, en la noche del viernes al sábado, arranqué el coche (4:00 AM) en dirección a Madrid, he de reconocer que me invadía una sensación de desasosiego por aquello que los que peinan canas denominan “miedo a la expectativa”. Como yo ya no peino nada, lo denomino “necesito que esto sea una pasada”. Sé que muchos entienden a qué me refiero. 

Y durante las, aproximadamente, seis horas de viaje hasta Ifema, todo aquello que esperaba que sucediese fue poniéndose en orden en mi cabeza y, antes de darme cuenta, estaba en la entrada del recinto ferial con mi camiseta de la Rana Pepe y muchas ganas de ver, hablar, escuchar y sentir.

Estoy seguro de que todos los que hemos estado este fin de semana en Viva21, llegamos allí con la sensación de necesitar algo así. Muchas de las personas con las que he hablado durante estos dos días me decían exactamente lo mismo: “nos sentíamos huérfanos de un hermanamiento como este, hasta ahora en España pensar y sentir como nosotros lo hacemos era un estigma, hasta que ha venido VOX a solucionarlo”.

Yo, que no soy más que un padre de familia currante y provinciano, he visto mientras caminaba por el recinto de caseta en caseta, brillo en los ojos de gente de todo tipo y condición.

He visto personas mayores bailando, mientras comían uno de los platos regionales que se vendían en los puestos de comida, simplemente porque les apetecía.

He visto a chavales, perfectamente ataviados con sus mejores galas, haciendo alarde de educación y saber estar mientras pasaban por delante de sus ídolos políticos, intentando hacerse una foto.

Pero también he visto a chavales con ese estudiado aspecto desarrapado, que nadie, jamás identificaría con VOX (¡ay!, los clichés…) sonriéndome al pasar mientras se remangaban a propósito para que se les viera la pulsera y haciendo cola para conseguir una cerveza.

He visto familias enteras con niños a hombros, disfrutando de lo que estaba sucediendo allí como de algo propio. Porque lo sentían así y porque lo era.

He visto a una pareja de lesbianas transgresoras paseando de la mano buscando mi mirada cómplice y mostrándome su repertorio de insignias españolas. Transgresoras por ser de VOX, no por ser lesbianas, porque su libertad de pensamiento y su libertad sexual no son bien entendidas por los que “se supone” que tendrían que defenderlas.

He visto a muchos cargos orgánicos y compañeros de batalla cultural. Sí, también estaban allí, entre la gente, compartiendo, disfrutando y trasladando el mensaje cara a cara; tal y como comenzó este partido, en un boca a boca incesante, desde aquél megáfono en una acera de Sevilla. Hoy todos somos ese megáfono.

Lo único que no he visto durante este fin de semana es a nadie solo, en ningún momento, por ninguna parte.

Y la clave de todo esto me la dio mi buen amigo Alberto Calíu al que, por fin, pude abrazar después de tanto tiempo. Él, que es persona apreciada por todos nosotros, por su compromiso desde el extranjero y muy apreciado por mi, por su ausencia natural de filtros, tuvo la oportunidad de departir, brevemente, con Macarena Olona. Me cuenta Alberto que, entre risas y veras, Macarena le hizo una de esas preguntas que hacen los profesores para ver si te pillan en un renuncio: “¿Tú por qué estás en VOX?”.

La respuesta, amigos, es de esas que no necesitan añadidos: “Porque en VOX puedo ser libre”.

Esa libertad es la que nos mueve de manera incesante, una y otra vez, la que hace que este proyecto no necesite de congresos itinerantes para mayor gloria de un líder, sino que es el propio líder el que se pone, el primero, al servicio de las necesidades de los españoles; convirtiendo lo que otros necesitan para auto reafirmarse, en una generosa muestra de unión en la que todos tenemos cabida y todos somos igualmente trascendentes.

Esa libertad es la que hace que no nos importe el desprecio de unos medios de comunicación que sobreviven hiper subvencionados y que  ya  se encuentran a una distancia infinita de la realidad y de la gente de la calle que es, precisamente, su cliente final. No parece una estrategia muy inteligente…

Esa libertad es la que motiva que muchos artistas, escritores, influencers, youtubers, y un largo etcétera hayan perdido el miedo al señalamiento y no estén dispuestos a seguir comulgando con la rueda de molino progre en la que, o piensas como yo, o te destruyo de todas las formas que se me ocurran.

Esa libertad es la que convierte lo que los demás entienden como un partido político, en un movimiento permanente de lucha cultural, social y patriótica,  por el que se sienten amenazados, contra el que luchan con todas sus fuerzas a base de mentiras, de menosprecio y de todos los recursos a su alcance en una auténtica  rebelión de los mediocres.

Esa libertad, en definitiva, es la que convierte a VOX en una corriente continua.