La catástrofe medioambiental del Mar Menor vuelve a dejar en evidencia a los gobernantes que padecemos. Que Pedro Sánchez prometiera salvar el Mar Menor durante la campaña electoral de hace dos años[1] y que ahora el Gobierno (y el Partido Socialista, en general) alegue que la situación se debe a la negligencia del gobierno autonómico murciano del Partido Popular[2], no debería pillar a nadie de sorpresa. Este Gobierno ha mentido con frecuencia y cualquiera sabe que su ecologismo real no pasa de las grandes soflamas de las agendas con vistas a 2030 y 2050. Lo que sí deberíamos pensar es lo siguiente: ¿Habría manifestado el actual Gobierno de España que un desastre medioambiental es responsabilidad de un gobierno autonómico, negándose por ello a declararlo como zona catastrófica, de haber muerto miles de peces en las playas catalanas, valencianas o vascas? ¿Cuándo se ha reformado la Constitución para que el Gobierno de la Nación quede exento de responsabilidad respecto a lo sucedido en una parte de su territorio? ¿Y por qué el Partido Socialista, gobernando a nivel nacional con Zapatero y Sánchez durante el periodo en que se ha ido echando el perder el Mar Menor, no tiene ninguna responsabilidad por su gestión, aunque sólo fuera por no haber puesto en su sitio anteriormente al negligente gobierno murciano del Partido Popular?

Que los progres se declaren insolidarios hacia una región vecina mientras pugnan por traerse el mayor número de refugiados afganos para presumir de humanidad no es noticia, sino una costumbre muy arraigada en su forma de ser. Con los peces muertos del Mar Menor vuelve a salir a colación la polémica con el trasvase entre los ríos Tajo y Segura, tema que en la taifa castellanomanchega provoca un comentario tan habitual como "Los murcianos nos roban el agua" en boca de los mismos que apelan a acoger y proporcionar vivienda y empleo como premio a todos los inmigrantes sin papeles que alcancen territorio español. La expresión "Los murcianos nos roban el agua" es prima hermana de otras declaraciones de desprecio con que algunos "progresistas" de determinadas regiones se refieren a otras con menos recursos, como el célebre "Apadrina un niño extremeño"[3]. Por increíble que parezca, para estas personas no existe ninguna contradicción entre negar un recurso tan básico como el agua a una región vecina (o acusarles de beneficiarse del trabajo ajeno a través del fondo de solidaridad interregional) y hacer llamamientos lacrimógenos para la acogida de miles de personas traídas desde miles de kilómetros hasta España con el dinero público, que también servirá para mantenerlas aquí por un tiempo indefinido.

En medio de este ecologismo hipócrita, también se ha acusado a la agricultura de provocar el envenenamiento de los peces[4]. Es posible que el cultivo intensivo de regadío y los productos químicos tengan alguna responsabilidad, pero esto vendría a contradecir la postura oficial sobre la necesidad de reducir el consumo de carne por motivos de salud y para reducir la contaminación. Como han reconocido los impulsores de la Estrategia 2050, el consumo de alimentos de origen vegetal también tiene consecuencias nocivas sobre el medio ambiente (y sobre nuestra salud, porque esos productos químicos también terminan, aunque sea mínimamente, en el sistema digestivo del consumidor). Pero no les veremos corregir su fantasioso y hoy casi olvidado proyecto, como tampoco les veremos estudiar la producción masiva de la máquina inventada por un anciano español que permitiría obtener agua a partir del aire[5] y, en cierto modo, contribuir a resolver los problemas de abastecimiento de agua sin necesidad de desviar el curso de los ríos. Como señalamos anteriormente, el ecologismo de postín sólo sirve en determinadas esferas para justificar las broncas institucionales que no llevan a ninguna parte (y mucho menos a la resolución de los problemas reales de los españoles). Si algo nos está recordando este agitado final de verano es que la mediocridad, la hipocresía y el rostro de hormigón armado de la coalición gobernante todavía no han dicho su última palabra.