Es un hecho indiscutible que, desde hace tiempo, el periodismo no es más que un perrillo fiel al amo que lo mantiene. Algunos dirán que eso siempre ha sido así, pero difícilmente encontrarán en la historia de la “democracia” una concentración de medios como en la actualidad y una menor pluralidad. Los dueños o directores de periódicos antaño independientes son hoy siervos de un sistema plenamente corrompido. Capos de la desinformación que para hacerse tolerar por el poder político enriqueciéndose, por supuesto, en el camino, han admitido su obediencia sumisa a cambio de olvidar la función social antes premisa que se supone los guiaba.

Con todo, no vamos a insistir aquí otra vez en la triste realidad de unos editores dependientes que admiten que sus medios sean mera extensión del poder, sino de la dinámica criminal -íntimamente ligada a lo anterior, eso sí- implícita en la gestión “eficiente” de dichos medios.

Guiados por la codicia, sometido su crédito mucho o poco a la sacrosanta rentabilidad, los dueños de los medios de comunicación no se sienten inclinados a denunciar prácticas de gestión en las que se vean retratados. Esas que se justifican en el afán de optimizar los recursos y mejorar el rendimiento económico. Aquéllas que, en aras de la “sostenibilidad” económica de la empresa, deciden ahorrar en gastos de todo tipo, empezando por el de personal. Como si pudiera mantenerse una calidad mínima del producto con becarios licenciados en periodismo que no saben leer, ni mucho menos escribir.

Sin embargo, el abaratamiento de costes encierra una ventaja añadida que, a ojos de las direcciones, la hace doblemente deseable: la docilidad derivada del estado de necesidad implícita en un magro sueldo.

Ahora bien, ¿quién reconocerá que el éxito de la gestión se fundamente en el ahorro del gasto y éste en el mantenimiento de unas condiciones de dependencia? ¿Qué medio de comunicación hablará de lo que sin duda debería denominarse “estado de necesidad sostenible” practicado en su propia empresa aun a costa del producto?

Es fácil comprobar que la gestión y la burocracia siempre quedan al margen del interés periodístico, pero, perdida la esperanza en que los periodistas hagan su trabajo, esa tarea deberá ser asumida por los ciudadanos corrientes.

Dicho lo anterior, la semana pasada se produjo un trágico suceso que no mereció atención de la prensa: un médico murió en accidente de tráfico volviendo del trabajo. Un médico que, como tantos, cumplidos los años de residencia, completaba su sueldo trabajando como especialista en varios hospitales distantes decenas de kilómetros entre sí.

En este punto cabe decir, para quien desconozca el ámbito sanitario, que hoy en día es habitual que muchos médicos carezcan de estabilidad laboral y se vean condenados a contratos breves mal remunerados y a una inseguridad permanente.

Por supuesto, el sistema que permite y favorece esta movilidad obtiene un triple beneficio: se garantiza el silencio del profesional; el hospital puede prescindir con facilidad del personal ineficiente no renovándole el contrato, y, sobre todo, se evita pagar en concepto de antigüedad.

Buscando recortar el gasto hasta el extremo, los gestores de los centros hospitalarios no dudan en renovar constantemente las plantillas y explotar a los médicos con jornadas de trabajo agotadoras y mal remuneradas.

Conviene saber también que la renovación de los contratos está condicionada, habitualmente, a la aceptación de dichos desplazamientos en la red dependiente del centro matriz o contratante. Una sutil forma de presión en la que se induce al médico a aceptar ciertos encargos, so pena de no ser renovado.

Ya sabemos que los gestores son una casta aparte, degenerada en todos los aspectos y, desde luego, ninguno de ellos considerará la dilapidación de recursos que significa tener al personal de aquí para allá, cansado y acongojado, por no darle una mínima estabilidad y ahorrarse la dichosa antigüedad. Pero no es difícil imaginar que muchos desplazamientos significan, por lógica, muchos accidentes perfectamente evitables. Y en algunos casos, como el citado, daños irreparables.

¿Han leído ustedes alguna estadística de accidentes de personal sanitario en desplazamientos al centro de trabajo? Ni de ninguna otra profesión. Pero, claro, no hay estadísticas porque el único criterio que rige la eficiencia en la gestión hospitalaria es el económico, que, evidentemente, no incluye entre sus parámetros ni la estabilidad laboral, ni la salud del profesional. Aunque estos dos factores tengan también una traducción económica, en la lógica cortoplacista del lucro a toda costa, simplemente no se contemplan. Y mucho menos, si la gestión hospitalaria está en manos de corporaciones extranjeras –Capio es sueca, Quirón pertenece a la alemana Fresenius-Helios, la alemana DKV pertenece a Ergo International sin vínculo emocional alguno con España, y para las que los sanitarios sólo son piezas perfectamente sustituibles de un gran engranaje.

¿Y, por casualidad, han visto alguna noticia, serie o documental que aborde esta cuestión? Por descontado que no, a pesar de que los telediarios dedican más de la mitad de su metraje a sucesos de toda índole y hay un buen número de programas de “actualidad” y de “investigación” que se nutren casi exclusivamente de ellos.

En la actualidad muchos médicos españoles firman, a diario, mini-contratos de una semana, dos, o de un mes, y su horizonte laboral se mide por esos plazos. La lógica de un capitalismo global obliga a emigrar a nuestros médicos a la vez que favorece la importación de galenos de todo el mundo en condiciones más “económicas”. Médicos, en ocasiones, sin Mir. De media, cada día, cinco médicos españoles con la especialidad terminada salen de España buscando un futuro mejor. Obviamente, con el silencio cómplice de los colegios profesionales, los sindicatos médicos, el ámbito académico, los políticos y, por supuesto, de los medios de comunicación.