Algunas noches, cuando el sueño se toma unas horas de “permiso” y tarda en concurrir a su cita, tras el obligado toque de silencio, me dedico a “navegar”, como dicen ahora, por el complejo y, a veces, desconcertante mundo de internet que, de vez en cuando, depara agradables sorpresas.

En mi búsqueda, aquí y allá, “navegando” por esos insondables mundos de la modernidad cibernética, en ocasiones, me he topado con amplios e interesantes reportajes sobre las Juras de Bandera de la población civil, organizadas por diferentes Unidades militares que, contando con el indispensable concurso de su Enseña y de una entidad de fuerza variable, perteneciente a tal o cual Tercio, Regimiento, Agrupación o cualquier otro tipo de Unidad de los Tres Ejércitos que posean Bandera, se suman a estos actos. También, he visionado alguno organizado por la Guardia Civil e incluso uno por la Policía Nacional. 

Son muchas las ciudades, villas y pueblos que han celebrado estos actos de sentida y emotiva exaltación patriótica que ponen de relieve el amor y la lealtad que, la inmensa mayoría del buen pueblo español, profesa a España y a su Bandera.

Es interesante detenerse a visionar estos reportajes para llegar a comprender la auténtica esencia de lo que en ellos se ventila. Allí, en cada lugar, sea dónde sea, hombres y mujeres, sin distinción de edad, sexo, creencias, clase social y otras circunstancias personales, se aúnan para alcanzar un mismo objetivo: mostrar públicamente el amor y lealtad a España y a lo que ella significa, por medio de un gesto tan sencillo y elocuente como es el de besar los pliegues de la Bandera Nacional. 

Resulta emocionante detenerse a ver, con detalle, la imagen de los miles de españoles que, cada año, en cualquier rincón de la Patria, repiten este sencillo gesto de jurar o prometer lealtad a España.

La progresía perversa, los podemitas miserables y demás ralea, propalarán, de forma mentirosa y malintencionada, que se trata de un montón de “fachas” nostálgicos con voluntad de rememorar el pasado, de evocar recuerdos de otros tiempos en los que España -por cierto, sin ellos en la escena política- era más grande y más libre. Sin embargo, para su pesar y desgracia, tal afirmación es falsa.

En cada acto de Jura participa todo tipo de personas, mayores y jóvenes, hombres y mujeres; empresarios y trabajadores; gentes de clase alta y otros que no lo son tanto; unos, con estudios universitarios, y otros, sin ellos; personas sencillas y otras más remilgadas; unos, con traje de chaqueta o vestido de cóctel, y otros, con camisa de cuadros o un modesto vestido. Allí, están todos y en el rostro de cada uno se advierte la misma mueca de emoción e idéntica seguridad en la solemne decisión tomada a la hora de prestar el juramento o promesa que han realizado.

A lo largo de estos reportajes he visto muchas cosas que me han emocionado. Desde el que se santigua antes de besar la Enseña, en la seguridad de que Dios Todopoderoso le ayudará a cumplir lo jurado, hasta quien lo hace sentado en una silla de ruedas de la que, en un gesto supremo, trata de incorporarse en el emocionante instante de besar la Bandera; desde hermosas españolas minifalderas, hasta quien ha dejado a un lado su trabajo en el campo para acudir a su cita con la Patria; desde los que desfilan marcialmente, a los acordes de las airosas marchas militares, hasta los que lo hacen torpemente. Sin embargo, en todos ellos hay un denominador común: el secular orgullo de sentirse españoles y como tal, herederos de la historia y las tradiciones de una tierra brava y hermosa como es nuestra amada España.

Los que hemos Jurado la Bandera -yo lo hice en cuatro ocasiones. Una, como Soldado, ante la Bandera del glorioso Regimiento de Infantería “Córdoba” nº 10; otra, como civil, ante la Bandera del laureado Regimiento de Infantería “Isabel la Católica” nº 29; una más, como Policía, ante la del Regimiento del “Príncipe” nº 3 y, una cuarta, como Alférez Reservista de la gloriosa Infantería de Marina Española, ante la Enseña de la Escuela Naval Militar de Marín-, sabemos las consecuencias del compromiso que contraemos y somos perfectamente conscientes de la responsabilidad que se asume con ello. 

No se trata de un acto social, más o menos, pomposo y vistoso, se trata de sellar con nuestro juramento o promesa una vinculación de por vida, incluso más allá de ella, con nuestra Patria y con los valores que ella representa.    

En esa fórmula del Juramento que recita el Jefe de la Unidad titular de la Enseña, se les pregunta a los jurandos: "¡Españoles! ¿Juráis o prometéis por vuestra conciencia y honor guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, con lealtad al Rey y, si preciso fuera, entregar vuestra vida en defensa de España?". A lo que, al unísono, todos responden ¡sí, lo hacemos! 

Tres preceptos y una respuesta unánime que encierran en sí mismos toda una lección de patriotismo. Guardar la Constitución en la que se condensan conceptos como la Unidad de España, su integridad territorial y la totalidad de los derechos, deberes y libertades de las que como españoles gozamos. Lealtad al Rey como cabeza visible del Estado y heredero de la secular tradición representada por la Corona y, por último, el compromiso más importante por lo que ello entraña, entregar la vida, si preciso fuera, en la defensa de España. 

No es, por tanto, un juramento o promesa baladí ni el formalismo de un acto social en soleada mañana de domingo, es la solemne y pública aceptación voluntaria de unas obligaciones que contraemos y para ello, ponemos a Dios por testigo, aquellos que somos creyentes, y la conciencia y el honor de todos y cada uno de los que realizan el acto de juramento.

Alguna vez, me he preguntado como es posible que no se exija a los políticos que dicen defender los intereses de España y de los españoles, ocupando cargos públicos y de representación, realizar este juramento antes de tomar posesión del puesto asignado. 

Imagino que, a estas alturas del relato, tras lo dicho, pensarán que soy un iluso ya que, si no somos capaces de exigirles que respeten una fórmula de juramento de sus cargos clara y sin subterfugios de tipo alguno, ¿cómo vamos a obligarles a jurar o prometer la Bandera de España?

No lo sé, todo sería proponérselo. Sin embargo, sorprende, pese a todo, que aquellos que perciben sus jugosos emolumentos de las arcas de España, no adquieran el compromiso formal de defenderla hasta sus últimas consecuencias y entregar sus vidas por ella, caso de hacerse preciso. ¿Significa esto qué, si vienen mal dadas, harán las maletas, guardarán en ellas tanto lo suyo como lo que es nuestro y nos dejarán en la estacada? Presumo que sí. Ya lo hicieron en otras ocasiones, precisamente, unos de los que son herederos estos mismos que ahora nos mal gobiernan. Así que lo mejor es no fiarse ni un pelo.

Sin embargo, visto desde otra perspectiva, tal vez no valga de nada exigirles tal juramento por cuanto la fórmula de la promesa exige de unas premisas fundamentales, a saber, tener conciencia y tener honor o creer en Dios y estoy seguro, absolutamente seguro, de que una gran parte de esta miserable patulea que nos gobierna o de los que están asociados con ellos, ni tienen conciencia y mucho menos honor. En cuanto a lo de creer o no en Dios Todopoderoso, es algo que entra en la esfera personal de cada individuo, así que allá cada cual.  

Que nadie que haya jurado o prometido la Bandera Nacional olvide nunca lo que ha jurado y que recuerde, cada día, el texto de aquella solemne promesa hecha sobre los pliegues de la Enseña rojo y gualda: Defender la Constitución, guardar lealtad a S.M. el Rey y dar la vida por España si preciso fuera.

Eso es lo que hemos jurado cada uno y, por tanto, por nuestra conciencia y por nuestro honor, poniendo a Dios por testigo, estamos exigidos a cumplir y a velar porque se cumpla. No podemos olvidar esto jamás, ya que los juramentos están para cumplirlos hasta sus últimas consecuencias, caiga quien caiga.

Es mejor no olvidarlo y, mucho menos, en estos extraños tiempos en los que un grupo de miserables pretenden acabar, sin recato, con la esencia de España.