La absurda política exterior de los Estados Unidos, defendiendo lo indefendible en el avispero de oriente próximo, ha llevado a una cadena de acontecimientos terrible para palestinos, saharauis y, de rebote, para los españoles, especialmente aquellos que viven en Ceuta, Melilla y Canarias. Y es que la administración estadounidense negoció con Trump, pero mantuvo con Biden, lo que demuestra que, contrariamente a lo que repite nuestra prensa, el problema de USA no era Trump, sino su clase dirigente al completo, reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara a cambio de que Marruecos dé apoyo diplomático a Israel, lo que, en la práctica significa desamparar a los saharauis ante los crímenes marroquís a cambio de que Marruecos desampare a los palestinos ante los crímenes de Israel. El resultado son las crisis que hemos vivido en estos dos territorios y que están más vinculadas de lo que a la gente le gustaría ver.

SENTIDO ÚLTIMO DE LA POLÍTICA DE ISRAEL

 

El grupo terrorista judío Irgún fue una inspiración para ETA. El etarra Madariaga, de hecho, se reunió con su líder Menahem Begin para pedirle ayuda. Poco después se informó que ETA tenía armas de fabricación israelí. El atentado más famoso del Irgún fue el perpetrado contra el Hotel Rey David el 22 de julio de 1946, en el que murieron 91 personas, entre ellos el diplomático español Manuel Allendesalazar. Menahem Begin llegó a primer ministro de Israel y a (atención) Premio Nobel de la Paz.

Desde entonces, el motivo último de la política belicista de Israel es el exterminio sistemático de palestinos para mantener el carácter de Israel como estado judío. Hay que considerar que Israel no nace como un estado normal y corriente sino como un estado con una definición étnico-religiosa muy particular: estado judío. Para ser fiel a su autodefinición, excluye el concepto de ciudadanía universal. Si aceptara como ciudadanos a los legítimos habitantes de su territorio en el momento de su nacimiento como estado o, en la actualidad, a los palestinos de Gaza y Cisjordania, los territorios que controla y ocupa, su concepción como Estado judío estaría en peligro, ya que la población judía dejaría de ser la mayoritaria. Para mantener esa mayoría judía y con ello su sentido como estado judío, Israel ocupa territorios, aparta y discrimina a los palestinos y, ocasionalmente, lleva a cabo operaciones militares que matan a cientos o miles y provocan el desplazamiento de miles más.

La elevada natalidad entre los palestinos, junto con la baja natalidad de los judíos israelís (y el hecho de que, dentro de los judíos, los que tienen unas tasas de natalidad más elevadas sean los ultraortodoxos), es una de las preocupaciones principales de Israel. Lo llaman la cuestión demográfica. Ya hoy los judíos dentro de la llamada Línea Verde, las fronteras de antes del 67, conforman el 70% de la población, y se calcula que dentro de veinte años podrían ser el 50%. Los árabes-israelís tienen una natalidad más elevada que los hebreos.

Israel se opone a la creación de un Estado palestino, lo que implicaría ceder buena parte de su territorio, de hecho, va robando más por el establecimiento de colonos, pero también se niega a conceder derechos plenos y ciudadanía a los palestinos de Gaza y Cisjordania, porque si lo hiciera, estaría renunciando a su carácter judío como Estado al no ser ya la judía la religión mayoritaria. Esto es lo que algunos historiadores y politólogos llaman “etnocracia”. En palabras del israelí Sergio Yahni, integrante del Alternative Information Center, en la publicación “El hombre mojado no teme la lluvia” (Ed.Debate):

“Israel solo puede ser un Estado judío si mantiene la supremacía demográfica o legal de la población judía, pero para ello tiene o que llevar a cabo una nueva limpieza étnica, como la de 1948, o practicar la segregación étnica legalizada, es decir, el apartheid. Mientras Israel no asuma una verdadera transformación democrática, no viviremos en paz y seguirá la represión”.

Esto explica la crisis que se está viviendo en estos momentos, provocada por agravios religiosos, es cierto, pero sobretodo, aunque los medios lo oculten, por la expulsión de palestinos de sus casas en los territorios ocupados para asentar a colonos judíos, lo que ha prendido la mecha que da ahora sus sangrientos frutos.

SENTIDO ÚLTIMO DE LA POLITICA DE MARRUECOS

 

La política exterior marroquí se mueve por la consecución de un objetivo muy concreto: el gran Marruecos. Este gran Marruecos incluiría Ceuta, Melilla y Canarias, además de, por supuesto, la totalidad del Sahara Occidental en régimen de plena soberanía. Resulta obvio que tener un vecino que ambiciona territorios españoles no es una buena noticia, pero hay otra noticia peor y es la falta de capacidad de nuestra clase política para defenderlos.

Una clave poco comentada de las relaciones de España con Marruecos es que la clase dirigente española considera que tiene entre manos cosas más importantes que defender la posición de España es el mundo y los intereses de los españoles, cosas como cambiar el resultado de la guerra civil, dilapidar los últimos restos de patrimonio público que queden en España o convertirla en el campo de pruebas de las políticas multiculturalistas y de la ideología de género más delirantes.

En ese sentido, Marruecos sabe que puede tensar la cuerda hasta el infinito sin que se rompa, porque los dirigentes españoles consideran que no se pueden permitir un conflicto con el país vecino que interfiera con sus grandes planes y los ponga en peligro. Eso ha sido así desde la marcha verde, cuando una clase política ocupada planeando la transición no podía poner sus planes en peligro defendiendo la soberanía española del Sahara, hasta la actual crisis de inmigración masiva. Hasta que no cambiemos de clase dirigente y adoptemos una posición de fuerza frente al sátrapa norteafricano tendremos todas las de perder.

La crisis de inmigración-invasión que estamos sufriendo estos días, además, visualiza perfectamente como la inmigración masiva no es un hecho espontaneo, sino que depende de decisiones políticas. A ver como justifican ahora los progres globalistas de izquierda y derecha que necesitamos inmigrantes, que vienen a pagarnos las pensiones y toda esa matraca, cuando es evidente que es una represalia pura y dura del sátrapa de Marruecos.

Esto ha llevado a la consiguiente campaña de sensibilización-manipulación de los medios, todos a una, difundiendo imágenes de inmigrantes abrazados a activistas o de militares salvando niños de morir ahogados, con el indisimulado propósito de que no nos planteemos el problema de fondo: que la inmigración masiva es una herramienta del capitalismo salvaje para bajar el valor de la mano de obra y forzar los sueldos a la baja y, en este caso, además, un método de chantaje de nuestro vecino del sur.

En definitiva, cuando Trump negoció hábilmente el sangriento cambio de cromos diplomático de saharauis por palestinos, se generó, como efecto secundario, un aumento significativo de la presión migratoria en determinadas regiones de España, que añadirá unas nuevas víctimas, estas españolas, a las ya mencionadas, cuando dicha presión estalle en las formas que ya venimos observando, de aumento de la delincuencia, en especial contra mujeres, que acompaña a la inmigración masiva de hombres procedentes de culturas misóginas. Unas y otras, víctimas sacrificadas en el altar del globalismo y de los juegos de poder mundial al que nuestros gobernantes asisten como meros espectadores, ávidos de recoger las migajas que les arrojen sus dueños, sin más perspectiva patriótica que la del lucro personal.