Aurelio Peccei, Presidente de una institución tan prestigiosa como el Club de Roma, afirmaba con mucha razón que “la respuesta a los problemas del mundo comienza con un nuevo humanismo”. Ahora bien, el humanismo para ser realmente nuevo tendría que apoyarse en los valores, las cualidades y el talante de la media humanidad secularmente postergada, la mujer.

 

            Hasta ahora todos los humanismos conocidos en la Historia han derivado del “Homo”, considerado como varón. Se apoyaban en los valores masculinos, su visión de la vida y del mundo, sus virtudes y defectos. Humanismos propios de unas culturas patriarcales.

 

            Hoy, con los problemas del mundo cada vez más amenazantes, el humanismo masculino agoniza roto por la pasión viril volcada en la eficacia, la producción, la competencia, el poder. Ha dado paso a una fría deshumanización que abandona al sufrimiento y a la muerte a millones de seres humanos.

 

            El ejemplo de las mujeres latinoamericanas o africanas nos enseña que, cuando los hombres fracasan y abandonan, la mujeres siguen adelanta manteniendo la vida y la esperanza. Ana Mª Tepedino, brasileña, escribe: “Ellas, a las que el sistema patriarcal y machista minusvalora, aparecen como protagonistas en los momentos más peligrosos de la Historia”.

 

            Pese a los esfuerzos de los varones por ocultar sus dramáticos errores, es evidente que la humanidad patriarcal está metida en el momento más peligroso de su milenaria existencia. Los autores de “LOS LÍMITES DEL CRECIMIENTO”, la investigación más sólida llevada a cabo sobre el futuro de la humanidad, afirman sin lugar a dudas que es necesario “dar un paso atrás y reconocer que el sistema socioeconómico humano, tal como está estructurado en la actualidad, no es gestionable, ha sobrepasado sus límites y se dirige hacia el colapso”. Esta opinión es hoy compartida por la inmensa mayoría de los científicos, y el mismo Papa Francisco, en su encíclica sobre “El cuidado de la casa común”, la recoge y la defiende.

 

            El mundo masculino de la producción y el crecimiento ha ido demasiado lejos, la imprudente ambición de los hombres está apretando el cuello de la Madre Tierra como el de una gigantesca gallina de los huevos de oro.

 

            Hoy en nuestro país aún vemos lejos la abrumadora pobreza frente a la cual las mujeres del Tercer Mundo han tenido que tomar el protagonismo de la lucha. Pero, si no hay un radical cambio de rumbo, esa pobreza llamará mañana a la puerta de nuestros hijos, y pasado mañana hará saltar cerrojos y candados en el refugio de nuestros nietos.

 

            Parece que los hombres, los varones, son incapaces de imprimir ese radical cambio de rumbo. ¿Serán capaces de hacerlo las mujeres? ¿O seguirán dormidas hasta que los gritos de hambre las hagan despertar?