Es una ley inexorable de la madre naturaleza que todo fruto caiga de su rama cuando está maduro, pero el presidente de Venezuela, que se encuentra más bien pasado de sazón si no putrefacto, sigue aferrado con todas sus fuerzas armadas al ramaje de ese árbol edénico del bien y del mal del que penden todos los políticos y que les otorga el poder simultáneo de hacer el mal a su pueblo y hacerse el bien a sí mismos, a sus familiares y a sus amigos. Pero la razón de esa especial fortaleza de Maduro, que le hace resistir a toda clase de tormentas, huracanes, pandemias, algaradas y presiones norteamericanas, está en su especial composición bioquímica, pues es un fruto carnoso, oleaginoso y monospermo (de “esperma” y de “mono”) que se alimenta de una savia muy bruta que se forma en las plantas de sus pies gracias a la abundancia de hidrocarburos del subsuelo. El petróleo es, en definitiva, responsable de su exceso de tejido adiposo, pero al mismo tiempo, una vez destilado, produce en las manos de Maduro una sustancia pegajosa como el alquitrán que le permite agarrarse a los objetos con una fuerza de agarre o resistencia a la tracción de más de mil megapascales, lo que explica científicamente que se aferre a su sillón como un mejillón a una roca de la costa. Pero no cansaré a mis lectores con pesadas disertaciones acerca de botánica, zoología, física o bioquímica porque no es este el momento y porque además desconozco por completo los más elementales rudimentos de estas ciencias, que nada tienen que ver con la poética, en la que yo nado a contracorriente pero muy a gusto.

No. De ninguna manera. Y por ello tampoco hablaré del oro como el elemento químico con número atómico 79 sino como valor especulativo, el que le sirve a Maduro no para aliviar el hambre de un pueblo que rebusca en los cubos de basura el alimento de sus familias sino para entregárselo a sus protectores iraníes a cambio de que le ayuden a seguir en el poder unos cuantos años más, y con la excusa de reactivar su paralizado mercado petrolero, lo que no ocurrirá mientras siga empeñado en aplicar a sangre y fuego sobre su país una dictadura comunista y no cese hacia su régimen, por ello, la abierta hostilidad que le profesa Estados Unidos. ¿Conseguirá Trump devolver a Venezuela la normalidad institucional que permita la recomposición de su sistema productivo y el fin del bloqueo al que está sometida? Es imposible adivinarlo, pero lo que sí es fácil de profetizar es que Venezuela se quedará a corto plazo sin oro, sin petróleo y sin empresarios, que son los únicos capaces de crear la riqueza con la que prosperan los pueblos. Y, por el contrario, se verá cada vez más sometida al terror, al hambre, a la miseria y a la falta de libertad. Pero eso a los políticos comunistas ¿qué les importa mientras ellos vivan bien? ¿Acaso no viven ellos en grandes mansiones con jardín, piscina y garaje en las mejores zonas residenciales del país, y rodeados de un sistema de seguridad que les permite disfrutar de una tranquilidad que no conceden a sus pueblos?....Ahora bien; estoy hablando de Venezuela, y cualquier parecido que encuentren con la realidad española solo deben atribuirlo a mera coincidencia. Porque en ningún sitio he mencionado yo a Galapagar. Los amigos de Maduro en España no necesitan de su oro, difícil de transportar en maletas. Prefieren cobrar en dólares, que pasan más desapercibidos.

Y ahora llega el momento de dedicarle un poema a este sabrosón fruto tropical de regusto bananero con el que me despido hasta la próxima semana o hasta la próxima vida. Si desaparezco sepan que no ha sido un accidente ni un suicidio.

El duro Maduro

Es una cosa muy mala

lo que ocurre en Venezuela

pues Maduro es como Atila

que por donde pasa asola

y que a su pueblo estrangula.

La violencia le estimula

y al que protesta lo apiola;

y de este modo aniquila

a todo el que se rebela

enviándole una bala.

En el poder se apuntala

porque soborna y camela

con los dólares que apila

del petróleo que controla

al militar que le adula.

Así un tesoro acumula

mientras su pueblo hace cola

poniéndose en una fila

para llenar su cazuela

porque el hambre le acorrala.

Pero eso a él le resbala

y al son de una cantinela

se mueve como un gorila

que baila y se despendola

porque su vergüenza es nula.

Es bruto como una mula,

orondo como una bola

y por sus poros destila

su alma de sanguijuela

y el despotismo que exhala.