Para quien no conozca a mi primo Matías, debe saber que es una de esas personas a las que se suele definir como "personajes". Su principal característica es una abrumadora profusión de ideas excéntricas, y la manera escrupulosa e innegociable que tiene de llevarlas a la práctica. Hace poco tuve noticia de uno de sus peculiares procedimientos en este sentido. Me dijo que en su matrimonio utilizaba lo que él llama «método de decepción 9/10», y que no podía estar más feliz con los resultados que había obtenido.

Por supuesto que me interesó saber en qué consistía ese método, y aunque al principio se resistió a revelármelo, su reticencia no hizo más que aumentar mi interés y mi insistencia. Finalmente, tras recordarle los momentos felices que compartimos en nuestra infancia, y tras asegurarle que «primo» era una nomenclatura que no hacía justicia a los sentimientos que nos unían, logré enternecerle (lo que le sucede con mucha frecuencia) e hice comunicable su secreto.

Según me contó, la primera vez que puso en práctica el "método" fue un día en que él y su mujer (persona por la que estoy dispuesto a dar testimonio en un eventual proceso de beatificación) eran los anfitriones de una cena familiar. Su mujer se dio cuenta a última hora, cuando los supermercados estaban a punto de cerrar, de que le faltaban una docena de huevos para elaborar el postre. Encargó a mi primo Matías el recado, dándole las instrucciones básicas y universales que se precisan para que un marido le traiga a su mujer una docena de huevos. Matías salió y estaba tardando más de lo normal en regresar, por lo que su mujer ya se impacientaba. Finalmente apareció, y tenía la sonrisa satisfecha de quien acaba de cumplir su deber. Pero al extraer de la bolsa el contenido de la misma, y cuando su mujer esperaba ver aparecer algo con una forma más ovalada, lo que sacó fue un hermoso y fresco ramo de acelgas. Ella hurgó en la bolsa creyendo que la docena de huevos se encontraba en su interior, pero cuando vio que no había nada más, miró con ojos desorbitados a mi primo Matías, como una avestruz a la que despertaran con una trompeta.

A partir de ese día los hechos de esta índole se sucedieron. Una noche su mujer le pidió si podía hacer una tortilla para la cena, mientras ella se duchaba. Él pareció mostrarse receptivo, y de hecho su mujer lo vio entrar en la cocina y sacar una sartén, lo que a ella le pareció una buena señal. Media hora más tarde, cuando ella apareció ya duchada y en pijama en la cocina, se encontró sobre la sartén un castillo de naipes de unos siete pisos, y a mi primo totalmente concentrado mientras intentaba coronar la obra con una última carta.

Otro día su mujer le aconsejó sacar a pasear al perro. Ella le vio coger la correa, y deduciendo que mi primo había entendido el mandato, se dispuso a hacer otras tareas. Pero una de esas tareas, que era tender la ropa, la obligó a salir al balcón, y al mirar casualmente hacia la calle se le cayeron las pinzas y los calcetines que estaba a punto de sujetar con ellas: mi primo Matías se paseaba por la calle con la correa del perro, al cabo de la cual estaba atada... una zanahoria.

Por supuesto, la mujer de mi primo lo convenció para que visitara al mejor psiquiatra de la zona, porque quería un diagnóstico científico que confirmara el diagnóstico que ella misma había elaborado, y que constaba únicamente de tres palabras: «Chiflado de remate». El psiquiatra, sin embargo, no encontró en mi primo indicio alguno de problemas mentales.

A estas alturas de la narración yo todavía no había captado en qué consistía el «método de decepción 9/10»; sólo veía a un hombre que no hacía correctamente nada de lo que le mandaban, pero yo he conocido muchas personas así. Mi primo me sacó del error. «Esas personas —me dijo― no cometen los errores premeditadamente, como yo lo hago. Además, la cuestión radica, como casi siempre, en la proporción».      Entonces comprendí el extraño nombre del método. Se trataba de no hacer bien lo que le mandaban, sí, pero sólo y exactamente nueve de cada diez veces. Cada vez que hacía algo bien, le seguían nueve veces que lo hacía mal, y el ciclo volvía a empezar una y otra vez.

Según me contó, el método no tuvo efectos favorables inmediatos, sobre todo porque no es halagador que tu mujer te mire como si llevaras una camisa de fuerza; pero poco a poco el empeño fue dando sus frutos, y según me cuenta, su mujer le ama ahora más que nunca, y cada vez (1/10) que hace algo bien, su mujer le prepara una tarta de manzana (mi primo es un apasionado de ese postre, de hecho una vez participó como jurado en un concurso nacional de tartas de manzana).

El lector puede encontrar un fallo en este método, deduciendo que si mi primo Matías hiciera siempre bien las cosas que le manda su mujer, obtendría cada vez una tarta de manzana. Eso mismo fue lo que pensé yo, y así se lo comuniqué a mi primo. Pero él me miró con compasión, como si no entendiera nada de la vida. Me dijo que había hecho «una incorrecta extrapolación matemática, sacando la naturaleza humana de la ecuación». Según él, el número total de tartas de manzana que obtendría por cada diez recados que realizara correctamente, sería sencillamente cero. «El método, mi querido primo, está totalmente estudiado y ha sido ratificado por la praxis. No puede alterarse la proporción, ni en más ni en menos, sin alterar su éxito, dando como resultado siempre la ausencia de tartas de manzana».

Toda esta historia de mi primo Matías me hizo recordar la conducta del actual Gobierno de España. Había paralelismos evidentes: errores sistemáticos, conducta extravagante, desprecio por la consecución de objetivos ajenos, ausencia de sentido del ridículo, etc. La gente se ha acostumbrado, como lo ha hecho la mujer de mi primo. ¿El pueblo pide solucionar la subida del precio de la luz? Pues el Gobierno pone en marcha una campaña para que comamos menos carne. ¿Se acerca un peligroso huracán? El Gobierno está muy preocupado en que no se le bautice con un nombre femenino. ¿Están en peligro las pensiones? El Gobierno aprueba la ley de eutanasia. ¿Aumenta la pobreza y el riesgo de exclusión? El Gobierno culpa a Franco. Al contrario de lo que se podría pensar, y como sucede en el caso de mi primo, este comportamiento ha resultado en beneficio del Gobierno. El pueblo se ha acostumbrado a que no cumpla sus promesas, a que no alcance sus objetivos, a que no acierte en las soluciones, a que no sea capaz de hacer lo que se le pide.

Por eso mismo, cuando acierta alguna vez, cuando cumple una promesa o hace cualquier cosa en la dirección lógica, la noticia cunde por todo el país, y la gente lo comenta como si hubiera pasado un cometa que no volverá a verse desde la Tierra hasta dentro de 378 años. Tiempo después todavía se recuerda como una efeméride, y como se hace alusión a un año concreto del pasado señalando algún hecho excepcional que ocurrió en su curso, como la victoria de la Selección Española de fútbol en el Mundial o la erupción de un volcán por mucho tiempo inactivo, así sale a relucir el evento en las conversaciones: «Fue aquel año, ¿no te acuerdas? Sí, hombre, cuando el PSOE casi hace lo que había dicho que haría»; o bien: «¿Que cuántos años tiene mi sobrino? A ver... Nació aquel año en que Podemos tuvo una buena idea, por lo tanto...» Y la gente ubica inmediatamente la fecha.

Reconozco que en el caso del Gobierno no me hacen gracia sus extravagancias, aunque puede deberse a que no me une ningún vínculo de consanguinidad con sus políticos. Sea como sea, lo cierto es que ahora he tomado una nueva perspectiva ante sus continuos errores y disparates, y cada vez que se equivoca no puedo evitar preguntármelo: ¿conocerá el Gobierno el método de mi primo Matías?