Espeluznante y terrible. Convocados por el presidente del Gobierno -a juicio de expertos psiquiatras, “un psicópata peligroso”-, ayer, 16 de julio se representó un acto en recuerdo a las víctimas de la pandemia, al que dieron llamar “funeral” de Estado, presidido por el Rey y la troika europea representada en los presidentes del Consejo Europeo, de la Comisión y del Parlamento Europeo, el Alto Representante de UE y el director general de la Organización Mundial de la Salud. Junto a estos representantes del mundo laicista, el cardenal y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, en representación de todos sus miembros, don Carlos Osoro, acompañado del secretario, don Luis Arguello, al unísono con una representación de budistas, ortodoxos, musulmanes, judíos, testigos de Jehová y evangelistas. Para mí que sólo faltó la Iglesia de la Cienciología, que es una secta como tantos otras que se juntaron para la ocasión. 

¿Qué hacía allí nuestra jerarquía? ¿Qué pedían y a quién? ¿Cuántas víctimas de la pandemia eran budistas o musulmanes, pongamos por caso?

Acto eminentemente sincrético y sin valor cristiano, porque el mensaje del Señor no se puede separar del contexto de la fe. ¿Aciertan a comprender esto nuestros pastores? Más concretamente, ¿creen que Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado, Señor y Rey de la Historia?

Ni mucho menos nos ponemos solemnes ni pretendemos ser más papistas que el Papa, aunque para ser más papistas que Berglogio poco hay que saber. Lo que denunciamos es lo que aprendimos. A saber, que a través del ministerio apostólico, la Iglesia, comunidad congregada por el Hijo de Dios encarnado, vive la sucesión de los tiempos edificada y alimentada en la comunión con Cristo en el Espíritu Santo, a la que todos los hombres estamos llamados porque a través de ella y en ella experimentamos la salvación donada por el Padre, el Dios de Jesucristo.

No sé si todos los católicos españoles llegan a comprender el tremendo  destrozó que este acto produce al mundo católico, que ni es un acto cristiano ni es ecuménico. Siendo simplemente un acto circunscrito en la órbita de Berglogio, incapaz de comprender que la Iglesia católica, apostólica y romana, la Iglesia de Cristo, se debe sólo al Evangelio encomendado por el Señor Jesús a los suyos para que lo transmitieran. Porque la fraternidad cristiana nace de haber sido constituidos hijos de Dios Padre por el Espíritu Santo, que es la única Verdad, y la Tradición católica no está distante dos mil años después, sino que está realmente presente entre nosotros, porque es Cristo quien está, y nos da la Verdad que nos permite vivir y encontrar el camino hacia el futuro. 

Ahora bien, tampoco este comportamiento de nuestra jerarquía debe extrañarnos, porque también estamos advertido: “Salieron de entre nosotros –dice la primera carta de san Juan-; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros” (1 Jn 2, 19).  

Todo esto nos impulsa a orar por los sucesores de los Apóstoles, a fin de que la luz de la Verdad no se apague nunca en la Iglesia y en el mundo.