Hay una reivindicación de la progresía hispana harto curiosa: insisten con rotundidad en lo positivo que sería para nuestro país que una mujer ostentase la presidencia del Gobierno, al tiempo que son los más furiosos detractores con las mujeres que de verdad han ostentado liderazgos institucionales (con independencia de las simpatías o antipatías que generen ellas y sus partidos) y no simplemente por desempeñar el papel de mujeres florero. Por ejemplo, la relevancia política de Esperanza Aguirre, María Dolores de Cospedal, Cristina Cifuentes o Isabel Díaz Ayuso ha sido bastante superior a la de las mujeres portavoces de la izquierda, pero ello no les ha librado de ser el blanco por excelencia de sus rivales, los mismos que han llamado a feminizar la política y a luchar por la igualdad. Alguno podrá alegar que Irene Montero también ha recibido críticas e insultos muy intensos, pero en ese caso encontraremos mayor explicación en su papel de pareja sentimental de un político varón muy detestado (y los beneficios que dicha relación le reporta todavía) que respecto a lo que representa políticamente la ministra de Igualdad, hoy totalmente opacada en su sector ideológico por Yolanda Díaz y, hasta su braguetazo, claramente muy por detrás de otras como Teresa Rodríguez, la misma que no se cortó en reprocharle públicamente que si estaba donde está es por lo que todos sabemos.

Otra contradicción que se ven obligados a cabalgar nuestros progres autóctonos es que, al tiempo que insisten en lo importante que sería ver a una mujer por primera vez en la presidencia del Gobierno, no cesan de criticar a la heredera de la Jefatura de Estado. Aunque su papel actual sea simbólico y burocrático, la Jefatura de Estado encarnada por Felipe VI y que, en principio, debería recaer en su hija Leonor, se encuentra institucionalmente un peldaño por encima en autoridad de la presidencia del Gobierno. Si tanto demandan lo necesitada que está España de tener a mujeres en puestos clave de las instituciones, ¿por qué tanto rechazo a la nieta del rey emérito? No podemos decir que Leonor vaya a ser la primera mujer en ostentar la Jefatura de Estado en España, porque ahí estuvo su antepasada Isabel II en el siglo XIX, y con razón nadie ha cometido la torpeza de llamar a que España necesita una mujer en ese cargo, pero, si fueran consecuentes con su discurso de la importancia de tener a mujeres en el poder porque lo hacen todo mucho mejor que los hombres, lo lógico es que estuvieran entusiasmados con la primogénita de Felipe y Letizia.

Por cierto, Isabel II fue una mujer super empoderada y progresista (aplicando la terminología posmo): no sólo ocupaba el mayor cargo institucional de España en el siglo XIX, sino que sirvió de inspiración para eso que hoy llaman modelos alternativos de familia y de relaciones de pareja, ya que su marido no sentía ninguna atracción hacia ella (ni por ninguna mujer en general) y era harto sabido que los hijos del matrimonio eran de sus amantes. En resumen: a la hora de llevar a la práctica la abolición de la institución familiar tradicional, Irene Montero es una mera aficionada al lado de Isabel II, sobre todo si tenemos en cuenta que la reina Borbón no tenía ningún Netflix que le ayudase a promocionar su estilo de vida; si bien hay que reconocer, por otra parte, que entre las prioridades de la entonces reina de España no se encontraba que los demás españoles la tomasen como ejemplo en ese sentido. Con razón han señalado algunos intelectuales, como el escritor francés Michel Houellebecq, que la presunta revolución de Mayo del 68 (de la que tanto beben Irene Montero y los suyos) no supuso ninguna conquista popular, sino la extensión de la moral y hábitos de las clases acomodadas y de la burguesía al resto de la sociedad (eso sí, sin el dinero del que seguirían disfrutando mayormente los acomodados y poderosos).

No obstante, y dejando las anécdotas históricas a un lado, ¿no será que, al igual que ocurrió en los años republicanos, las únicas mujeres que quiere la izquierda son las que van a votar a sus partidos y a hacer bulto en sus eventos, es decir, mujeres florero dándoselas de modernas, independientes y comprometidas con el cambio? ¿Y no alberga acaso la izquierda sociológica un cierto machismo tóxico cuando la intensidad con la que ha atacado a las mujeres representantes de la derecha política es bastante superior al manifestado hacia sus homólogos masculinos? Hace años fue la difunta Carmen Chacón, hoy es la ministra Yolanda Díaz; da igual, el discurso se repite: España necesita una mujer en la presidencia del Gobierno. Habrá que darle toda la credibilidad que merezcan quienes un día están por la labor de ver investida a Hillary Clinton como presidenta de los Estados Unidos de América por su condición de mujer pero, bajo ninguna circunstancia, desean lo propio con Marine Le Pen en Francia. De momento, la elevada cuota femenina en el Gobierno sanchista está dejando para la Historia los contantes piques y encontronazos protagonizados por las mujeres de una y otra parte, antes por la reformilla laboral y ahora por el envío de armas a Ucrania; aunque parece que no está bien señalarlo, ya que contribuye a perpetuar aborrecibles estereotipos de género, como que la sororidad no existe y que entre las mujeres, al mínimo roce, no es extraño que lleguen a las manos.