Dicen que el papel escrito lo resiste todo, especialmente cuando éste aparece embadurnado por emolumentos millonarios puestos al abrigo del proteccionismo de instituciones respetables (aunque sometidas al discurso de un amo falsario y malévolo).

La desquiciada historiografía contemporánea española dominante del último medio siglo participa de semejante pulsión. Es como si los hechos de la Historia hubieran sido removidos y sacados de quicio, en un centrifugado acelerado hacia la quiebra del sentido, como previo paso hacia el borrado y la reescritura de la Historia (tal cual está en curso). Por eso es importante, hoy más que nunca, mantener templado el ánimo y ecuánime el juicio ante sucesos ocurridos nueve décadas atrás. 

         Otro hecho a tener en cuenta ante esta cuestión es la del contexto y la recepción, harto adversos: la España actual dista mucho de ser favorable a un debate histórico imparcial, ya no digamos estrictamente legal. En una nación cuyos sórdidos politicastros son recolectados entre la hez seudointelectual (casta inculta y embrutecida plegada a intereses alevosos), y en la que más del 90 % de la población civil tiene graves problemas de comprensión lectora, resulta muy desalentador pretender abrir algún debate público histórico-político (ya no digamos metapolítico) sobre nuestro pasado común reciente… 

Serán los historiadores del siglo XXII (si se les deja venir al mundo), indiferentes al sectarismo de los publicistas de antaño (¡calvos y yertos!), los que reordenarán las piezas violentadas de un puzle vuelto inextricable por obra y gracia del sectarismo más torticero. Pero no adelantemos un futuro ¿probable?, privados como estamos del don de clarividencia, aunque no haga falta ser adivino para comprender que, por mera cuestión de tiempo y como agua que torna al cauce, o cabra que tira al monte, la máquina roturadora del tiempo permitirá digerir a los españoles del siglo XXII la Guerra Civil/Cruzada Nacional del siglo XX… con la misma indiferencia con la que nuestros coetáneos miran las mal llamadas guerras “carlistas” del siglo XIX.

         Dicho esto, quería hoy poner la lupa sobre el significado del 18 de julio, pero no en términos de pasado, sino de presente y futuro. No haremos de este hito una lectura meramente política o económica, sino teológica, o mejor dicho, teológico-política, un poco a la manera de nuestro Donoso Cortés, o de un Carl Schmitt. 

         Como ya advertían los más atentos lectores de las generaciones anteriores, la génesis profunda del Alzamiento no se remonta a 1931, sino a la irrupción de un monstruo dieciochesco-decimonónico más devastador que el Leviatán: el liberalismo político y económico, implantado en embrión el año de 1789 con la inefable Revolución de París (o cuando el mandil pisoteó la Cruz). Todo el sustrato filosófico de la II República nace de semejante ideosofía, proclive a la deificación del hombre y a la negación de la realidad. 

         Actualmente, empero, las doctrinas políticas saben a poco en el concierto globalista que nos constriñe, sometiendo las voluntades humanas a sinergias inexorables mediatizadas por el Gran Capital (para el que todos los elementos del arco parlamentario, sean diestros, “de centro” o zurdos, laboran con asombrosa sumisión). Por eso, todo cuanto se dice, pergeña y escribe sobre el Alzamiento, implica también un desafío y un problema metafísico para nuestro presente inaprensible, y sobre todo para ese futuro de oscuros pronósticos –“leyes de memoria democrática” (sic) mediante– que nos espera a la vuelta de la esquina. 

La importancia de este debate reside en el hecho evidente de que su anormalidad no tiene equivalentes intelectivos con cualquier otro conflicto anteriormente vivido dentro de España. Y esto quiere decir al menos una cosa: que los enemigos seculares (y externos) de nuestra Nación tienen al fin en sus manos el timón de Ésta, por cuanto proceden del mismo modo que el enemigo internacional lo haría: es un desmontaje gradual, primero desde el espacio público (demolición de monumentos y estatuas, borrado de nombres de calles, etc.), y luego aplicando el barreno del adoctrinamiento en los espacios mentales de una colectividad muerta... 

Esto, por cuanto atenta a la Historia de la Patria y a la continuidad de la misma en el horizonte espiritual de un pueblo, supone una aberración y una violación permanente del Estado de Derecho, pero también de la mera Soberanía territorial, que se ve maniatada y agredida por agentes disolventes indiferentes a la memoria de quienes hicieron la Guerra, apropiándose indebidamente de una franja temporal de la historia pasada cual dueños absolutos y absolutistas de ésta (nada que ver con el revisionismo histórico, ni con su antítesis, como es la apología del relato unidireccional); esta forma de totalitarismo político-mental es peor que la mera damnatio memoriae, pues sedimenta sobre el olvido propio de las nuevas generaciones el odio puro, formalizando inequívocamente una alianza demoníaca en pro de la mentira institucional y el sectarismo guerracivilista, credos vacíos inherentes a su contra-teología siniestra (con razón el gran teólogo católico perennialista Rama Coomaraswamy sostenía que la mera negación de una verdad es un pecado grave contra el Espíritu Santo). 

         Y luego está el componente ritual necrófilo explícito, que va mano a mano ante una perversa corrupción de los conceptos de memoria y reparación, arrogándose unos poderes que no les competen. Componente ritual necrófilo, insistimos, que es también ejercicio de sadismo contra la salud moral de un pueblo devenido masa, de puro inoperante se muestra con sus obligaciones civiles tras vejaciones sin término. Tomentos como ejemplo obvio la profanación de la tumba del General Franco, el pasado 24 de octubre de 2019, y recordemos el ritual masónico-luciferino puesto en marcha para proceder a la misma; nada de esto es gratuito ni casual: las principales fuerzas políticas y culturales de nuestro tiempo aparecen controladas por conspiradores de extraordinaria astucia y maldad, sometidos ellos mismos a estrictos reglamentos de corte luciferino. 

         Hasta hace no muchos años, la esencia del Alzamiento en pasado se amparaba en su inevitabilidad, su legitimidad y su real necesidad tras la sangrienta ilegitimidad previa, de pucherazos y de violencias propias de la II República, con la sucesiva y criminal explosión del “Terror Rojo” y con la puesta en marcha de un genocidio católico. 

En presente y por sobre todo en futuro, el significado del Alzamiento no es otro que el de la pervivencia de España como realidad histórica en el tiempo, esto es en concordancia y armonía con su Ser de Razón. Y aquí es donde la duda inquietante aflora, pues si los hechos de 1931 y 1934 llevaron a un 36, no se puede decir lo mismo de la España amordazada de 2022, monitoreada por oscurísimos testaferros al servicio de agendas discretas y ocultas, generalmente desconocidas del grueso de la estupidizada masa poblacional. 

         La deconstrucción del Alzamiento pone al descubierto la Conspiración Abierta de la Anti-España, su falsaria re-significación pública de hechos históricos sin apenas testigos presenciales vivos, y su significado último encriptado: dinámicas, como decimos, que van encaminadas finalmente a borrar una porción de la reciente Historia de España, sojuzgada precisamente por su entraña cristológica, por cuanto esta deconstrucción no más atenta contra la dimensión católica (lectura teológica) de la Cruzada.

Si los elementos nacionales del Alzamiento hubieran tenido otra motivación última, si el mandil hubiera prevalecido sobre la Cruz bajo la tutela del Hermano Terrible, el tratamiento infringido para con/contra los vencedores habría sido muy otro. Por eso el presente actual ofrece a la Anti-España –aparentemente capitaneada por el PSOE y sus socios separatistas– grandes posibilidades de cuajar el sueño enloquecido de la Bestia: porque aplastando la tesis legitimista del Alzamiento, dejan de aplastar la cabeza a la Serpiente, devolviendo a ésta su lugar preeminente en la agenda de los sinarcas. Estamos hablando naturalmente del Nuevo Orden Mundial instituido por la Sinarquía Esotérica en el “Nido de las Serpientes”, el cual lleva aparejada la destrucción definitiva de España y de la españolidad como Ser de Razón y motor evangelizador del Orbe, elementos capitales en el aplazamiento temporal de la victoria del Anticristo. 

El Alzamiento, hoy más que nunca, no es un hecho opinable del pasado que pueda alterarse como el ordenamiento de las piezas de un scalextric: comporta una realidad metafísica, multidimensional, de nuestro presente y de nuestro futuro inminente, un punto concéntrico, de encuentro y de bifurcaciones sin solución de continuidad. En el éxito o en la derrota de esta mixtificación perversísima, reposa el futuro de nuestra humillada nación, devenida hoy lastimosa piltrafa irrelevante en el escenario mundial.