El periodista y conductor de programas de Fox News, Tucker Carlson, es una de las voces más equilibradas en el mundo convulsionado del actual periodismo americano. La semana pasada, Carlson se fue a Budapest para comprobar por sí mismo si eran ciertas las maledicencias de la prensa parcializada de los Estados Unidos contra Hungría y su primer ministro. Allí entrevistó por varias horas al Primer Ministro Viktor Orban y comprobó que los ataques de la prensa americana de izquierda eran totalmente falsos porque esa prensa tuerta se limita a mirar las cosas con el ojo izquierdo.
Comprobó, por ejemplo, que entre los casi 200 países en la faz de la Tierra hay uno cuyo líder se identifica públicamente como un conservador al estilo occidental. Un líder que no se abochorna de ser conservador, que no está interesado en la opinión de los líderes de otros países y que toma muy en serio su responsabilidad de promover y proteger los intereses de Hungría. Que Orban proclama con orgullo ser cristiano, nacionalista, populista y capitalista. Unas característica que además lo benefician en un país donde el 70 por ciento de sus habitantes se declaran católicos o cristianos.
Por otra parte, el Producto Interno Bruto de Hungría es menor al del estado de Nueva York. Cualquiera pensaría que los líderes de Washington no le prestan atención. Pero es todo lo contrario. Le prestan una atención obsesiva. A este tema volveré más adelante.
A mayor abundamiento, Hungría es un país encajado en el centro de Europa sin una salida al mar. No tiene marina ni armas nucleares. Su único contacto con el agua es el Río Danubio. El mismo que Johann Strauss inmortalizara con su vals del Danubio Azul. Y esta posición geográfica la ha hecho vulnerable a la rapacidad de los malvados que la han invadido y se la han repartido varias veces durante toda su historia.
Veamos. En 1526, los otomanos dividieron al país en tres parte. En 1848, fueron forzados a ser parte del Imperio Austro-Húngaro. En 1918, según se decidió en el Tratado de Versalles, Hungría perdió las dos terceras partes de su territorio. En 1941, en medio de la Segunda Guerra Mundial, Hungría sufrió enormes pérdidas, incluyendo la muerte de un millón de habitantes. En 1945 fueron incorporados por la fuerza en el Imperio Soviético, en el que permanecieron durante casi cinco décadas.
En 1956, los tanques soviéticos rodaron por las calles de Budapest para aplastar un levantamiento popular que exigía libertad. El saldo fue de 2,500 muertos y 200,000 exiliados ante la indiferencia de las democracias occidentales y de unos Estados Unidos enfrascados en una "guerra fría" con la Unión Soviética que no se atrevieron a "calentar" para salvar a Hungría. Quienes digan que los húngaros no han pagado con sangre su amor a la libertad es un fanático o un estúpido. Es más, esa soledad en la lucha quizás explique su nacionalismo de este momento.
Sin embargo, Viktor Orban es un hombre pragmático que sabe fomentar alianzas que beneficien a su país. Tal es el caso de la estrecha relación que mantuvo con el presidente americano Donald Trump. En el curso de una lujosa fiesta en Budapest para conmemorar la independencia de los Estados Unidos, Orban dijo que, con la llegada de Trump a la Casa Blanca, se habían desarrollado finalmente "valores comunes entre Hungría y los Estados Unidos."  Y agregó: "Ninguno de nosotros está dispuesto a aceptar la hipocresía de la política moderna que niega el hecho de que la cristiandad es la religión más perseguida sobre la faz de la Tierra."
Esa misma comunidad de principios lo ha llevado a ser un ardiente defensor del Dr. Oscar Elías Biscet y de su lucha por la libertad de Cuba. En una carta al Comité del Premio Nobel, el Primer Ministro Viktor Orban escribió: "El doctor Biscet es un hombre de coraje y de dignidad y les pido que consideren su lucha constante y sacrificada por la libertad y por los derechos humanos universales."
Cabe ahora formularme la pregunta que no contesté a principio de este trabajo: ¿Por qué la izquierda lo ataca con tal ferocidad? Al rechazar abiertamente las consignas del neoliberalismo, Viktor Orban ha ofendido y enfuriado a la izquierda internacional. Entonces, ¿en qué cree Orban? Orban cree que las familias son más importantes que los bancos y que los países tienen fronteras. Por decir eso en voz alta, Orban ha sido vilificado. Organizaciones no-gubernamentales lo han calificado de fascista y de destructor de la democracia. El año pasado, el fantasma Joe Biden dijo que Orban era un dictador totalitario. El Washington oficial lo detesta de tal manera que los neo-conservadores dentro y alrededor del Departamento de Estado están apoyando a un antisemita que retará a Orban en las elecciones de abril del año que viene.
Otro hecho que ha enfurecido a sus vecinos europeos es el trato dado por Orban al millón de musulmanes que trataron de invadir el territorio de su país. Orban le dijo entonces al mundo que la emigración no era un derecho humano y obligó a los musulmanes a continuar hacia otros países europeos. Para Orban, Hungría no es sólo un pedazo de tierra, es "una nación, una comunidad, una familia, una historia, una tradición y un idioma." ¡Cuánta poesía y cuantos sentimientos hay concentrados en esta frase del Primer Ministro de Hungría! ¡Qué pena que no haya muchos gobernantes que se parezcan a él!
Visto desde otro ángulo, en un país de 10 millones de habitantes como Hungría, un millón de migrantes ilegales es equivalente a 33 millones en los Estados Unidos. Y a pesar de que su acción estaba justifica, esto ha convertido a Orban en la "oveja negra" de la Unión Europea. Una organización que no tiene escrúpulos en comprarle gas al asesino Vladimir Putin.
Aquí en los Estados Unidos, organizaciones como Freedom House, financiada en su totalidad con fondos del gobierno, han llegado al extremo de decir que Hungría es peor que Sudáfrica con respecto a las libertades civiles. Esa afirmación no es solamente equivocada, es alucinante. Veamos el contraste. Digamos, por ejemplo, que usted vive en una ciudad americana y se atreve a criticar al gobierno. Con seguridad será enmudecido por los aliados de Biden en el Valle del Silicio. Si se sigue portando mal tendrá que contratar un equipo de guardaespaldas para evitar ser víctima de los terroristas de las Vidas Negras Valen  (BLM)
Esto pasa a diario en los Estados Unidos pero no pasa en Hungría. Los políticos en Hungría no sufren consecuencias adversas cuando critican a los gobernantes. El mismo Orban conduce su propio automóvil y no necesita guardaespaldas. Con esto, creo que no tenemos que preguntarnos cuál de los dos países es más libre y más seguro.
Otra muestra de intolerancia la tenemos en la avalancha de ataques que ha recibido Tucker  por haber entrevistado a Orban. Una periodista de The Washington Post que Tucker se ha negado a identificar por su nombre le envió un twett donde decía que: "Hungría es el país donde hacen trampa en las elecciones, donde el 90 por ciento de la prensa apoya a un solo  partido y donde los políticos se enriquecen por medio del robo."  La ignorante no se dio cuenta de  que, en vez de Hungría, estaba describiendo con inusitada claridad a su propio país los Estados Unidos.
En última instancia, Orban considera que los políticos de izquierda como Biden no pueden concebir que una ideología nacionalista y conservadora sea capaz de tener éxito. "Esa es la razón por la cual nos critican", dijo Orban y añadió: "Pero nosotros somos la prueba irrefutable de que un país basado en valores tradicionales, en identidad nacional y en una tradición cristiana puede tener éxito y que −en algunos casos− es más exitoso que los países con gobiernos de izquierda."
Para este hombre la defensa de la soberanía nacional no obedece a razones de odio o xenofobia. Afirma que todo viene de Dios y de la naturaleza. "Todo comienza con nosotros", dijo y añadió: "Este es nuestro país, esta es nuestra población, este es nuestro idioma y esta es nuestra historia" Y yo concluyo, la historia que están escribiendo ellos mismos sin pedirle permiso a nadie.