Fácil lo habrían tenido de haber sido honestos. Salvo honrosas excepciones, en la tumba política se revuelvan.
Antes del estrambótico y traicionero error de la moción de censura en Murcia y Madrid, Ciudadanos vino a ocupar un espacio ideológico que ha resultado tan hueco como ineficaz por la poca disposición de sus responsables a posicionarse con firmeza, permitiendo que sus afiliados y simpatizantes conocieran los objetivos en el panorama político, saltando de Cataluña al ambicioso proyecto nacional. Con origen en Cataluña quedaban claros los propósitos frente al nacionalismo catalanista, pero le vino grande la talla española para concretar mayores responsabilidades que no se han sabido afrontar por artificio de su crecimiento, el espejismo de una ambición destinada a desinflarse sin encontrar un lugar ideológico inamovible y por tanto fiable. 
Antes del encontronazo con la decencia por la artera maniobra de aliarse con el sanchismo, el auge y la caída de Ciudadanos se explicaba con un expediente de indeterminación, al albur del oportunismo, que desembocó en la falta de confianza de los electores hartos de incumplimientos programáticos y críticos con la tibieza de los líderes, cuyos cálculos erráticos exasperaron la paciencia de los desencantados con el bipartidismo. Las infructuosas intenciones de captar votos en lo liberal y la izquierda moderada conformaron un batiburrillo de decisiones erráticas que confirmaban la futurible desaparición de un partido cuya credibilidad se había perdido para siempre. Las sucesivas deserciones, como la de Juan Carlos Girauta, auguraban un vaciado de la coherencia política. Antes de la traición murciana, en las próximas elecciones nacionales se iba a demostrar el descalabro de un grupo que agotaría la legislatura con mayor calibre de contradicción, si cabe, que el mostrado hasta entonces con la obcecación en el error repetido y la incapacidad para asumir las equivocaciones y por tanto reaccionar para enmendarlas. 
Ahora han adelantado la extinción con las autonómicas de Madrid. El cataclismo en Cataluña agravaba más la indignidad de una formación que traicionó reiteradamente la lealtad de cuantos no volverían a apostar por un grupo caracterizado por la hipocresía donde, quizá con desacertada lealtad, militaban todavía políticos de raza como Toni Cantó. Entre otras cosas porque no es posible simpatizar lealmente con quienes han defraudado las expectativas, incluso en el triunfo, para luego sumirse en un fracaso proporcional al desprestigio ocasionado por la falta de entidad política y personal que Inés Arrimadas ha mostrado, con mayor causa de derrota que la que tuvo Albert Rivera cuando decidió retirarse de la liza política asumiendo sus equivocaciones. 
Y esto era antes del batacazo de Murcia y Madrid que las próximas elecciones de 4 de Mayo adelantarán la extinción de Ciudadanos. La  obcecación del fracaso definitivo gracias al fraude Inés Arrimadas que con bandazos de incongruencia se lo venía buscando y encontró la sepultura cuando más necesitada estaba de resurrección, así perdiera la decencia en el intento. Es el precio de una necedad por la ambición excesiva  de un espejismo que se aprovechó del descontento para caer más bajo, aliándose con los destructores de España. 
Arrimadas no dimitió con la debacle catalana, ni lo hace después de la pifia murciana. La sacarán a patadas. Con la reacción electoral en ciernes, Ciudadanos puede darse por muerto y enterrado. Fácil lo habrían tenido de haber sido honestos. Salvo honrosas excepciones, en la tumba política se revuelvan.