Se vive, y no se aprende ni se comprende nada. Se pasa por la historia, pero ésta no pasa por nuestras vidas. Se vive y se muere, y todo es resultado de un simple proceso natural sin mayor diferencia al de las gallinas, cerdos o conejos. Disfrutar, y cuanto más mejor, es el lema del hombre animalizado del que nos habla San Pablo, incapaz de ver las cosas de arriba.

Bien sé que es pedante decir aquello, “ya os lo dije”, pero la cosa se veía venir. Por eso me sorprendió el terror que despertaron estos dos pájaros, los hoy ministros Pablo Manuel Iglesias y Alberto Carlos Garzón, en tanta gente de orden en España.

Me sorprendió, digo, porque era lo mismo de lo de antes: incultura o envidia, y ambición. Simple cuestión de tiempo que ambos volvieran al ser natural de los de antaño. El destrozó de España lo ha causado ese centro popular, desideologizado y amoral que es el Partido Popular, destrozo que hoy quiere resolver la enana Soraya.

Alberto Carlos Garzón (obsérvese que todos estos horteras tienen nombres compuestos al modo de telenovela sudamericana) es un tipo sin clase que se había casado de marquesito y que se moría por llevar corbata. Sería el primero de su genealogía, y aunque tuvo que contenerse algún tiempo, el suficiente para no darle vergüenza y que los demás no se rieran de él, lo ha conseguido, y hoy es la alegría incontenida de toda su familia, tal que los domingos organizan excursiones a Madrid para ver al pariente vestido de dependiente de SEPU (con todos mis respetos para los dependientes de los antiguos almacenes SEPU, que no para él). Sin formación debida, sin experiencia suficiente y vago hasta decir basta, aquí termina la historia de este hortera que vegetará sin dar ni palo al agua hasta la jubilación.

Pablo Manuel Iglesias (el otro hortera con nombre compuesto de telenovela) es otra cosa. Absolutamente inmoral, arrastrando un cuerpo miserable y con una boca llena de sarro, lo suyo es ir de intelectual. Pero como es el padre de los tres hijos de la Irene, para procurar el mayor bien a esos niños inocentes que no tienen culpa de nada, el chorbo de la Irene ha dado el salto al gradualismo, apostando por las elecciones en lugar de por la revolución. Descubriendo otra cosa no menos importante, la utilidad marginal, teoría económica antigua y perfectamente conocida según la cual el valor de los bienes de consumo es proporcional a su utilidad. Lo que le ha llevado a una ruptura con lo de antaño en provechó de una concepción del valor basada en la utilidad de las cosas. De esta forma, en consonancia con su evolución social, que ya desempeña un papel importante en su vida, se aleja del socialismo revolucionario y de la lucha de clases (envidia) en favor de un socialismo elitista de estilo felipista (ambición) que confía el poder a los funcionarios. Y esa evolución, aun a riesgo de verse arrastrado atado con una soga al cuello por los suyos, por más inmorales y estúpidos que sean, que lo son. No me cabe duda de que este mequetrefe terminará sus días en el staff de la ya toisonada Leonor Borbón Ortiz, al estilo de Felipe González que hoy está en el del Emérito. Por eso ahora el discurso de Pablo Manuel no es tanto la algarada y la colectivización como la captación de voluntades y la redistribución de los ingresos. Si nos fijamos, la misma evolución de Ramón Tamames.

Y este sainete en una Reino (España) de película… My Fair Lady, donde ella vendía cigarrillos por las calles de Méjico y él, el Príncipe de Asturias, viviendo toda su vida a los pechos de España y firme partidario de socializar la Monarquía, apostando por una joven proveniente del proletariado (abuelos: taxista y minero, padre técnico de sonido y madre auxiliar de clínica) a la que lograría hacer Reina, enseñándola a comportarse correctamente.

Una hermosa historia de amor que ha terminado con la integración de una familia, la familia Ortiz Rocasolano, en la causa monárquica, hasta el punto de que el papá de la Reina consorte que se cree el personaje que le ha hecho célebre, demanda a quienes sostienen su pasado republicano, socialista y ateo. Folletín que siempre encontrará la pluma mordaz que desenmascaré esta simulación, como otras (Alberto Boadella, Rosa Díez, Herman Tertsch, José Luis Corcuera, etc…). Al testigo incomodo de lo que en otro tiempo fueron.

Paradojas de España.