España es tierra de héroes y de santos, de épica y de grandes aventuras espirituales, con campeones del espíritu como Santo Domingo de Guzmán, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Juan de Ávila, San Juan de Dios, San Junípero Serra, San Ignacio de Loyola, San Josemaría Escrivá de Balaguer…

Una de las grandes gestas espirituales es la de la Orden Jerónima, española por los cuatro costados pues sólo se desarrolló en Castilla, Aragón y Portugal, en la España entera.

Hoy quedan algo más de una docena de monjes jerónimos en el hermosísimo Monasterio del Parral de Segovia, fieles al espíritu fundacional de Pedro Fernández de Pecha, pero entre los siglos XV y XIX fueron una de las más brillantes columnas de España con monasterios, entre otros muchos, como El Escorial, Guadalupe, Yuste, Nuestra Señora del Prado en Valladolid, San Miguel de los Reyes, en Valencia, Nuestra Señora de Guisando, en Ávila o San Bartolomé de Lupiana, la casa madre, en las cercanías de Guadalajara, una auténtica maravilla, semiderruida, en penoso estado de conservación, con un claustro renacentista que es una de las obras de arte más impresionantes –y desconocidas- de España.

En el siglo XIV, los monasterios españoles entraron en una grave crisis. Habían cedido la gestión de sus tierras a señores laicos que o terminaron apropiándose de ellas o contrajeron fuertes deudas, de modo que las abadías, ricas en patrimonio, se encontraron arruinadas y con dificultades para aceptar novicios.

Al tiempo, se produjo un proceso de intensa renovación espiritual a través de numerosos eremitas que se retiraban a las soledades a orar. Dos de esos anacoretas fueron Fernando Yáñez de Figueroa y Pedro Fernández de Pecha, nobles con altos cargos en la corte, de tesorero, en el caso del futuro fray Pedro de Guadalajara, que lo dejaron todo para dedicarse a la oración y al culto a Dios. Fray Pedro fue hombre de gran vida interior e intensas penitencias. Estos eremitas que se reunían para el culto y decían seguir el ejemplo de San Jerónimo, fueron uniendo inquietudes hasta conseguir la aprobación papal como nueva orden en 1373.

La expansión fue rápida. Los jerónimos mostraron ser muy buenos administradores, dando el paso de la agricultura a la ganadería, y sus edificios se cuentan entre los más bellos de la arquitectura española. Tan justa fama de probos y eficientes administradores adquirieron que, en los primeros compases de la conquista de América, tres jerónimos fueron nombrados virreyes, para asegurar la honradez de la gestión en el Nuevo Mundo.

Como gesto de humildad colectiva, la Orden Jerónima renunciaba a iniciar procesos de canonización de sus miembros. Otra característica es que los frailes tomaban a modo de apellido su lugar de origen. En la Orden Jerónima profesaron algunas de las cabezas más brillantes de España, como fray Hernando de Talavera, que fue confesor de Isabel la Católica, y fray Alonso de Oropesa, autor de un magnífico tratado en defensa de los conversos. Otro de los grandes fue fray José de Sigüenza, monje en El Escorial, e historiador de la Orden.

A la par que San Bartolomé de Lupiana, el fuego de devoción jerónima prendió en eremitas en los riscos de la costa levantina con el convento de San Jerónimo de La Plana de Jávea. No tuvieron suerte. La hoy turística costa levantina estaba casi desierta por el riesgo que representaba la piratería musulmana. En 1396 llegó una galeota de moros de Bujía que, teniendo noticia del convento, echó gente a tierra y lo saquearon llevándose cautivos nueve religiosos, entre ellos, el prior, Jaime Juan Ibáñez, y los maltrataron y pegaron exigiéndoles que dijesen donde tenían escondido el dinero y el tesoro, y como no tenían sino el del Cielo, el prior les dijo que el verdadero tesoro lo hallarían a través de la Fe en Nuestro Señor Jesucristo. Movidos los moros de rabiosa furia le dieron la muerte con la palma del martirio antes de embarcarse. El duque de Gandía pagó posteriormente el rescate y los monjes elevaron un nuevo convento en Gandía.

En lo que más ponía cuidado la Orden era en todo lo relacionado con la Eucaristía, con la solemnidad y el cuidado del culto divino, con la belleza y limpieza en los ornamentos, con la cadencia en los cantos. La limpieza de los altares y los templos se hizo proverbial en la Orden Jerónima. Como escribió fray José de Sigüenza, “en lo que es el culto eclesiástico, los cantos y loores de Dios, la policía y ornato de la Iglesia, la compostura del chorro, sagrarios, altares, misas, ninguna religión le ha igualado y a todas, sin agravio, ha excedido”. Una vida intensa de piedad con ocho horas diarias de coro, más otras para la oración mental y ejercicios particulares, “para esto es menester grande recogimiento, no sólo dentro del convento, sino dentro de la celda”. No es extraño que Felipe II los eligiera para El Escorial y el emperador Carlos para pasar sus últimos años, en Yuste.

Toda esta hermosa historia de buena administración, devoción, piedad, exquisitez litúrgica y belleza arquitectónica y artística –ahí están los retratos de jerónimos de Zurbarán– se vio truncada con el desastre nacional de la expropiación liberal de la desamortización de Mendizábal (1836), que los monjes conocen como la exclaustración, que conllevó el abandono de los monasterios y su deterioro irreversible en muchos casos, de lo que es buena muestra San Bartolomé de Lupiana, cuya visita recomiendo, que aún, a pocos kilómetros de Guadalajara, conserva un impresionante eco de la inmensa belleza espiritual y artística que albergó.